Hecho en Tandil.

La ciudad bonaerense es cuna de cuatro de los 100 primeros tenistas del mundo: Del Potro, Mónaco, Machi González y Junqueira; los secretos de una escuela que forma talentos desde la década del 80.
"Es raro, no. Llamativo, demasiado extraordinario para lo que es Tandil. Gente de otros países me pregunta y piensa que es un barrio de la Capital. Esto es algo de años, que empezó con Pérez Roldán, siguió con Zabaleta, ahora con nosotros. Siempre lo hablamos con los chicos. Lo principal para esto que se vive es la base que nos inculcaron, el profesionalismo, la humildad, el sacrificio. Llegábamos a los entrenamientos con cero grado. Una pelota se iba a la calle y nos matábamos por ir a buscarla. Ya de chiquitos teníamos el objetivo común de ser profesionales. Y estar juntos en Düsseldorf es impresionante. Es una alegría enorme."

Valía la pena dejar hablar a Juan Mónaco, el muchacho que, con 25 años (52° del ranking), forma parte del fenómeno tandilense: sólo esta ciudad y Moscú (Marat Safin, Dmitry Tursunov, Igor Andreev y Mikhail Youzhny) cuentan con cuatro tenistas entre los 100 mejores del mundo. Y lo interesante es que la búsqueda puede hacerse más precisa en esta ciudad tranquila, rodeada de sierras y aire puro, que todavía no llega a los 110.000 habitantes (la capital rusa tiene 12.700.000): el Club Independiente, que queda en la avenida Avellaneda -como no podía ser de otra manera-, es el lugar exacto de donde surgieron también Juan Martín del Potro (5°), Máximo González (77°) y Diego Junqueira (79°), los otros tres que completan el cuadrado mágico.

Hay muchas evidencias de que el fenómeno no es pasajero. Estos mismos cuatro tenistas también estuvieron entre los 100 primeros en dos semanas de agosto del año pasado. Tandil tiene magia y no sólo por la recuperada piedra movediza. Al ser Del Potro el mejor argentino del ranking de la ATP, tuvo el derecho de elegir a sus compañeros para la Copa del Mundo de Düsseldorf, que son Pico Mónaco y Machi González. "Tandil contra el resto del mundo", dice un futbolero Mónaco, y González agrega, con ilusión: "Lo soñábamos hacía rato. Todos amigos, jugando por Argentina. Con Pico íbamos juntos al colegio. ¿Y sabés lo que va a ser si ganamos?".

¿Por qué salen tantos buenos tenistas de aquí? La respuesta está en la escuela que en Independiente conducen ahora Marcelo Gómez y su socio, Mario Bravo, herederos de una dinastía que nació en la década del ochenta con Raúl Pérez Roldán a la cabeza, pero que incluso tiene un origen anterior. El método empieza con el maestro de Pérez Roldán, nada menos que Felipe Locícero, aquel que le marcara el camino en Mar del Plata al mejor tenista argentino de todos los tiempos, Guillermo Vilas.

Sus enseñanzas germinaron en Pérez Roldán, que armó la escuela en la década del ochenta y, a partir de allí, dio la primera señal con chicos como sus propios hijos, Guillermo y Mariana, y Franco Davin, de Pehuajó, pero que formaba parte del equipo y que ahora es el coach de Del Potro. Esa escuela que un día Pérez Roldán dejó para volver a Mar del Plata renació de la mano del Negro Gómez, el Mago, como le llama Mónaco, que fue alumno de Pérez Roldán como jugador y también como profesor. Gómez, nacido en Río Cuarto, rearmó la escuela de cero.

La mística fue creándose y varios jugadores empezaron a pasar por ahí, como Gustavo Luza, Roberto Azar y Gastón Etlis, entre otros. Con 20 años, Gómez se transformó en el coach de un Mariano Zabaleta que pintaba muy bien a los 14. El compromiso de los jugadores en el traspaso de las experiencias aportó mucho. Y llegó la generación de la que Del Potro es el último y más brillante eslabón. "El Negro fue muy importante para todos nosotros. A mí me enseñó todo desde chiquito. Es una gran persona, un maestro", cuenta Delpo si le preguntan por Gómez.

De Tandil salieron también buenos entrenadores, como Daniel Panajotti, que se fue hace unos años a vivir a Italia y fue coach de Francesca Schiavone. En los 80, el profesor Juan Carlos Menchón fue de los primeros en el país en armar un sistema de preparación física específico para el tenis, escuela que sigue hoy su hijo, Ignacio. Nacho trabajó con Del Potro, y padre e hijo siguen aún con Mónaco. El que sigue esos pasos en el club hoy es Germán Groppa.

"Hay una mística, el método que todos mamamos: el sacrificio, la humildad, poner todo en la cancha. Claro que hay cuestiones técnicas y a eso le fui agregando cosas mías. No es casualidad que Juan Martín sea el mejor de todos. Siempre tuvo un talento tremendo, pero yo también tenía mucha más experiencia. Y lo bueno es que salieron jugadores diversos: tenés un Del Potro, supertalentoso, que combinó sus habilidades con un gran sacrificio, y un Junqueira, que con poco talento, sin un buen físico, hizo todo a fuerza de voluntad", cuenta Gómez, en la confitería que está en la entrada del club, mientras mira un poco más allá, pasando por encima de la pileta, donde sus chicos, provenientes de varios rincones del país y América del Sur, se entrenan en las canchas de polvo de ladrillo.

"Hay una combinación de factores para tener éxito: trabajo, esfuerzo, que Tandil es un pueblo chico, tener una historia... todo eso se suma y hace que el lugar sea ideal. Hoy llega un chico talentoso y sabemos lo que tenemos que hacer, porque ya lo hicimos antes", sigue contando Gómez, que resalta: " Delpo es uno de los profesionales que mejor trabaja. Y los chicos lo ven porque sigue viniendo al club cuando está en Tandil y tiene que hacer cancha . Eso es muy importante. Cada vez que los profesionales tienen tres días para entrenar vienen al club, pelotean con los chicos. Eso tiene mucho valor como experiencia".

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