El hambre no tiene paciencia

Por: Diego Schurman.

El hambre no concilia con la paciencia. Un trabajo puede esperar meses. Un techo propio, años. Un amor, toda la vida. Pero el hambre es insurgente. Subleva. Es curioso cómo conservadores y pretendidos progresistas coinciden en castigar la asistencia delante de impacientes estómagos vacíos.

Las prácticas clientelares habrán colaborado a ese desprecio. Y seguramente también la sospecha de que la ayuda termine siendo la única acción frente a la pobreza. Pero la obligación del Estado es satisfacer las necesidades básicas de la población, actuar ante la urgencia. Contener a una franja cada vez más ancha de personas que no pueden torcer su derrotero hacia la marginación.

No hay forma de sortear la discusión sobre cómo implementar la asistencia. Pero sí, en todo caso, sobre su permanencia en el tiempo. Si la práctica se vuelve perenne habrá que preocuparse, porque será una prueba irrefutable del fracaso de una gestión. Si paralelamente se profundizan las políticas activas, que permitan la generación de empleo y la mejora del salario, habrá lugar para la esperanza.

Con resultado dispar, el Gobierno viene elaborando iniciativas para atacar la pobreza desde distintos frentes. Su caballito de batalla es un combo de planes sociales que apunta al desarrollo de las economías locales. Busca de esta manera el fortalecimiento de los espacios asociativos con la participación de las organizaciones comunitarias.

Es prematuro anticipar si al final de la gestión logrará su objetivo de garantizar un proceso de inclusión o se convertirá en otra muestra de mero asistencialismo. Pero como dijo el sacerdote Frei Betto, al explicar los objetivos del Programa Hambre Cero en Brasil, habrá una sencilla manera de comprobarlo: preguntarse si al desaparecer el proveedor de la ayuda la gente va para adelante o para atrás. O, dicho de otro modo, si recuperó o no la paciencia.

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