El hambre y las ganas de comer.

Por: Silvio Santamarina.

Mientras los partidos opositores discuten candidaturas hacia adentro y pulsean verbalmente con la Casa Rosada por cuestiones institucionales, los medios, la Iglesia, las ONG y hasta sectores del sindicalismo recuperan un debate que pudo haber sido el leitmotiv de la campaña electoral. Pero no lo fue.

Cuando Miguel Ángel Pichetto habla de más, hay que prestar atención. El senador kirchnerista se pasó de sincero aquella noche de la 125, cuando en medio de la desesperación por los números que no cerraban le recordó a Julio Cobos los códigos mudos de la política real, esos que los legisladores no pronuncian desde sus bancas ante las cámaras de TV, salvo que estén al borde de un ataque de nervios. Esta semana, Pichetto volvió a nombrar el tema tabú: la gobernabilidad. En plena discusión con sus colegas opositores –y presionado por la obediencia desganada de los oficialistas–, el jefe de los senadores K les preguntó a sus interlocutores si los iban a dejar gobernar. La pregunta causó sorpresa, y hasta un poco de incomodidad, porque en realidad sonó como una advertencia, la misma que se ensayaba durante la campaña electoral, cuando el kirchnerismo se veía mal en las encuestas. Ante el panorama sombrío, el oficialismo agitaba el fantasma de la crisis institucional, vendiendo la amarga opción "yo o el caos". Ahora vuelve a hacerlo, en boca de Pichetto, aunque resulte muy discordante con la agenda dialoguista que administra la Presidenta en la Casa Rosada. ¿Cómo interpretar esa interferencia, ese ruido en el discurso K?

El aparente exabrupto del senador Pichetto tiene varias lecturas. Una de ellas es que se trata del blanqueo verbal de un rumor infundado que esta semana volvió a merodear como un fantasma por los pasillos del Congreso: los Kirchner evalúan escenarios de salida anticipada, si los síntomas de despoder se siguen acumulando. Como sucedió con el sorpresivo adelantamiento de las elecciones pergeñado por Néstor Kirchner, esta hipótesis de crisis institucional parece orientada a complicar los planes de los nuevos líderes de la oposición, que hoy manejan sus estrategias con la mirada puesta en 2011. Tanto Macri, Reutemann o Cobos no ven con simpatía la posibilidad de tener que decidirse ya mismo a pelear una elección presidencial anticipada. El espacio más complicado es el cobismo, que teme verse enfrentado a la obligación de heredar el poder en plena turbulencia económica y política. Por eso en el panradicalismo especulan con las opciones que hoy tiene disponible Cobos, entre las que se encuentra la posibilidad de renunciar pronto a su cargo de vice, para no tener que hacerse cargo de una eventual defección K. Incluso no se descarta que los rumores que volvieron a agitar las bambalinas del Parlamento no hayan surgido del kirchnerismo sino de los operadores más maquiavélicos del panradicalismo. Sea como fuere, Pichetto los recogió y los volvió casi explícitos durante las sesiones públicas.

Hay una lectura más sencilla. El paradigma de conducción hegemónica de la tropa K quedó desactualizado, y el certificado de decrepitud fue extendido durante los debates legislativos de esta semana. Durante las discusiones por los tarifazos, el kirchnerismo tuvo que rascar el fondo de la olla para sostener su postura con votos prestados, ante la reticencia de muchos peronistas que antes no se hacían rogar tanto. Tal fue el clima de incertidumbre, que se abrió la puerta a escenas poco habituales en el folklore K: funcionarios técnicos del área de Energía tuvieron que asistir al Congreso y aguantar un tiroteo de cuestionamientos que duró horas, para aplacar las dudas de aliados y hasta de soldados de la tropa oficial. Más allá de las cuestiones presupuestarias opinables, bancar un tarifazo feroz de los servicios a un mes de la derrota en las urnas no debe ser nada fácil para los capataces parlamentarios del matrimonio Kirchner. Y aunque el oficialismo logró pilotear por ahora la situación, el saldo que arrojó la crisis del gas en el Congreso fue la evidencia de que ya casi no quedan talibanes kirchneristas dispuestos a sostener medidas impopulares, y también quedó claro que en la trastienda legislativa crece un consenso entre oficialistas y opositores de que hay temas en los que tarde o temprano el Ejecutivo encontrará un límite infranqueable, parecido al que se topó cuando quiso aumentar las retenciones a las exportaciones del campo.

Sin embargo, la inquietante advertencia de Pichetto se parece más a una versión más descarnada y "nestorista" del llamado al diálogo del Gobierno hacia la oposición. Con su hábil convocatoria, el oficialismo logró reavivar tensiones internas de los frentes opositores, y retomar el protagonismo de la agenda mediática, dejando al resto de los partidos en una especie de limbo que le ha permitido ganar tiempo al kirchnerismo para digerir parcialmente los efectos del revés electoral sufrido. De hecho, si se lo mira de cerca, el fruto que ha sacado la oposición de su participación en las mesas K es más bien desabrido y nada jugoso. Por ejemplo, en la catarata de enroques y sacudidas oficiales en secretarías y ministerios, ningún cargo les ha sido ni siquiera ofrecido a figuras cercanas a la oposición; más bien, al contrario, el kirchnerismo parece estar usando estos cambios para atrincherarse con sus incondicionales o para tener cartas disponibles para renegociar acuerdos de lealtad con sus aliados de siempre. Es cierto que la oposición ya puso en la mira de sus pretensiones los diversos organismos de control de los recursos del Estado, muchos de ellos vinculados con el Congreso. Y aunque por ahora el oficialismo sigue haciendo valer su quórum propio, a medida que se acerque el gran recambio parlamentario de diciembre, esas riendas K se irán aflojando e incluso cortando. Esa presión, que ya se está haciendo sentir, es la que Pichetto busca neutralizar o al menos patear para adelante, lanzándoles a los no kirchneristas el falso dilema de optar entre el dialoguismo y el golpismo. Para zafar de esa trampa dialéctica, el abanico opositor busca rápidamente nuevos caballitos de batalla que le devuelvan el protagonismo mediático perdido. Pero mientras los ganadores de las elecciones del 28 de junio piensan en fórmulas gancheras de llamar la atención pública, en la sociedad civil estalla un tema que ya puso nervioso al Gobierno: el hambre. Mientras los partidos opositores discuten candidaturas hacia adentro y pulsean verbalmente con la Casa Rosada por cuestiones institucionales, los medios, la Iglesia, las ONG y hasta sectores del sindicalismo recuperan un debate que pudo haber sido el leitmotiv de la campaña electoral. Pero no lo fue, y ahora los políticos, oficialistas y opositores, reaccionan como suelen hacerlo en estos casos: se hacen los distraídos hasta que pase la ola, y si ven que la ola amenaza con revolcarlos, ahí empiezan a correr, antes de que sea demasiado tarde.

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