Hacia el Perón de la madurez

Por Marcos Aguinis

El archipiélago justicialista, pese a su complejidad e interminables variaciones, siempre abreva en los gestos y la personalidad de su fundador, que forman un catálogo lleno de contradicciones, pero con ciertas constantes ineludibles.

La lectura y relectura de Juan Domingo, la obra póstuma de García Hamilton, nos brinda una fluida síntesis del hombre y la colorida trascendencia de su tarea. Quien regresó al país poco antes de fallecer, pudo manifestar de forma contundente su capacidad de aprendizaje. Pese a que aún Franco gobernaba España y no había terminado el ciclo de las dictaduras en América latina, él había optado por la democracia. Esa opción tenía tanta fuerza que, pese a sus oportunismos de ocasión ?vivar a Mao, por ejemplo- quería un retorno a la Constitución, la institucionalidad y la paz por sobre todas las cosas. Se suele graficar esa tendencia con el famoso abrazo que le dio a Balbín.

Había quedado atrás su veleidad narcisita, su tendencia a la confrontación, su desprecio por quienes no se sometían a su voluntad controladora. Se trataba de un contexto que había quedado atrás y que se había convertido en un error de enormes consecuencias. Si él hubiese avanzado en su programa de justicia social sin herir la democracia, habría devuelto la Argentina al ascenso económico y cultural que fue interrumpido por el golpe de 1930. Habría sido un héroe. Pero sucedió lo contrario, porque junto a sus méritos, hizo crecer la ponzoña de un odio fanático que sigue latiendo en el país y amenaza con abrir nuevos cráteres.

En su primera gestión había herido a la democracias de forma muy grave. La desesperación de muchos justicialistas por ocultar esas fallas no hacen sino mantenerlas activas, como microbios que al menor descuido vuelven a corroer la salud de la República. Es necesario recordarlas, tenerlas muy presentes y repetir la valiente confesión de Duhalde, en el sentido de que es preciso superar la etapa en que "el peronismo gobierna o no deja gobernar".

Sin rodeos hipócritas, René Balestra ?un socialista de ala y garra-, nos recuerda en su brillante libro El poder obcecado, todo lo que tuvo el primer peronismo de fascista en la "aniquilación de la libertad y la dignidad humana: la afiliación forzosa, la humillación del luto obligatorio, los textos escolares plagados de incondicionalidad. Fue un fenómeno nuevo en la Argentina, importado de Mussolini. Todo argentino no peronista se convirtió en esa época en un exiliado interior. La escuela primaria, la secundaria, la universidad, los bancos oficiales, Gas del Estado, Teléfono, Luz y Fuerza, Obras Sanitarias, Ferrocarriles, radios y la inmensa administración pública fueron territorios ajenos". Con la muerte de Eva Perón se llegó al grotesco de que las autoridades de todos los niveles educativos, de la primeria a la universidad, "tuviesen que concurrir a simulacros de velatorio con un ataúd y la foto de Eva para darle el pésame al jefe de la unidad básica, so pena de quedar cesantes".

Cuando Perón regresó en 1972, nada de eso ya le importaba. Es cierto que estaba débil y lo acosaba un Rasputín trastornado y algunos fascistas brutales que no podía sacarse de encima. Pero más aún lo acosaba una rebeldía juvenil que él mismo había alentado y no aceptaba, en ese momento, retornar a los aburridos carriles de la armonía institucional. Tampoco lo dejaban en paz los sindicatos, a quienes había convertido en una columna de su movimiento político, pero no les había dado el dinero. "El dinero se los dio el tonto de Onganía", manifestó con su ironía campechana; fue un nuevo grifo de la corrupción y de la extorsión instalado por una dictadura, que rige hasta el presente.

Al asumir como presidente el 12 de octubre de 1973, volvió a lucir el uniforme militar. En las elecciones lo habían apoyado todos los sectores de la sociedad, con la esperanza de que terminase con las estériles confrontaciones nacionales. En su discurso hizo expresa mención de los jóvenes, a quienes exhortó a trabajar y prepararse para el importante rol que les aguardaba. Tuvo el coraje de descalificar el regresivo mayo de 1968. Pero las fuerzas destructivas de una y otra fracción no lo entendieron. Le empezaron a arrojar asesinatos. Habló con Frondizi. Habló con Balbín. Habló con Alende. Buscaba el consenso como nunca antes en toda la vida. En una carta se quejó de López Rega: "Está enloquecido, me crea toda clase de problemas, pero así le irá". Pese a esta agudeza perceptiva, por razones aún inexplicables, no lo podía anular ni apartar. Fue creada la Triple A. Recibió en la puerta de su oficina, para un encuentro reservado, al general Vernon Walters, subdiretor de la CIA. Quería integrarse al mundo y había optado por Occidente. Mientras, estallaban huelgas, moría gente, aumentaba el caos. El Perón de la madurez se debilitaba, pese a que quería dar una imagen de fortaleza. Lo atendían los médicos Taiana y Cossio, quienes eran bloqueados y perturbados por las autoritarias magias del "Brujo". Se desmoronaba un líder llamado a mantenerse inmortal.

Pese a que su fin llevó a un agravamiento general de la Argentina y un estímulo para la última y más cruel experiencia dictatorial, queda viva la llama que no pudo erigir en un faro esplendoroso: su anhelo de fraternidad, de institucionalidad, de progreso genuino. Inclusive intentó formar un gobierno de auténtica Unidad Nacional con Ricardo Balbín, antes de que le impusieran la fórmula Perón-Perón. Este anhelo es tal vez la mejor alhaja de su herencia. La que muchos de sus discípulos tratan de pulir y transformar en un proyecto que suscite pasión.

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