Hacia una despersonalización de la autoridad

Punto de vista. Por Josefina Doz Costa - Licenciada en Sociologia.
Sería una irresponsabilidad arriesgar aquí, desde el punto de vista de la sociología, un perfil definido ante el que los ciudadanos se inclinarían para votar en las próximas elecciones. Conocer y evaluar las expectativas de las masas, y ajustar a ellas una imagen (discurso, comportamiento, gestos y hasta forma de vestir) en función de corresponder expectativas de liderazgo político-social con un modelo, es tarea propia de un trabajo de investigación profundo que suele desarrollarse en los equipos de campaña, de cara a un proceso eleccionario.

Sin embargo, tal vez resulte oportuno resumir, aún a riesgo de simplificar demasiado, algunas de las miradas fundamentales que guían los estudios de este tipo.

Por un lado, gran parte de los estudios dedicados al liderazgo evocan una imagen de masas no pensantes (o en disponibilidad) y un líder dotado de una voluntad poderosa que “manipulará” las voluntades de estas masas a su antojo. En contraposición, el funcionalismo considera al liderazgo como un rol (o una función social) que un grupo requiere para su funcionamiento, y que quedaría determinado por las expectativas de dicho grupo.

Así, estaríamos de un lado ante un ciudadano inocuo, vacío de contenido, de voluntad y de política; mientras que del otro lado se nos presenta a un ciudadano sumamente racional, cuyas expectativas se condicen directamente con las funciones sociales necesarias para el desarrollo armónico de una sociedad. Si bien estas caracterizaciones refieren a modelos analíticos estancos, que no son posibles de encontrar en estado puro en una sociedad real, tal vez sea oportuno reflexionar acerca de los modelos de liderazgo político que, como ciudadanos, nos hemos venido dando en los últimos tiempos y, consecuentemente, acerca del rol ciudadano en el que nos hemos venido ubicando.

La revolución democrática supone una despersonalización de la autoridad volviéndola inherente a un cargo y no a una persona. En la historia de América Latina, ha jugado un papel constante la aparición de líderes carismáticos. La historia nos enseña que en un contexto democrático estos liderazgos (generalmente personalistas) generan conflictos en el sistema de relaciones de poder, pues la peculiar relación entre el líder y las bases crea ciertas incongruencias entre esa forma de ejercer la política y los requisitos que emanan de la democracia liberal y de la división de poderes.

La reflexión sobre el posicionamiento como ciudadano frente a estas cuestiones al momento de elegir un representante le cabe a cada uno.

Sin embargo, podemos advertir que resulta crucial tener presente que uno de los mitos más arraigados en el imaginario colectivo de los argentinos es la idea de atribuir nuestra realidad política (y económica) a males inevitables y definitivos; idea que no puede soslayarse de las miradas más conservadoras, que señalan como roles fundamentales de un líder los de conservar el orden, preservar el sistema social de relaciones, evitar el conflicto y motivar a la aceptación del status quo.

Generalmente, los conocimientos y las experiencias analizadas por los científicos sociales sobre el tema líder-liderazgo se basan en el estudio de comportamientos de grupos pequeños, de modo que sus conclusiones tampoco pueden, simplemente, extrapolarse al liderazgo de masas.

Comentá la nota