La guitarra y el arpa

Por Rafael Saralegui.

El nuevo arresto de Luis Alberto "El Gordo" Valor reviste características simbólicas que muestran el triste y solitario final de quien fuera el ladrón más célebre de las últimas décadas, acreedor de una bien merecida fama ganada a fuerza de robos y fugas espectaculares.

El nuevo arresto de Luis Alberto "El Gordo" Valor reviste características simbólicas que muestran el triste y solitario final de quien fuera el ladrón más célebre de las últimas décadas, acreedor de una bien merecida fama ganada a fuerza de robos y fugas espectaculares. Entiéndase el uso preciso del adjetivo: eran hechos delictivos que se consumían como si fueran un espectáculo. Botines millonarios que se lograban después de golpes bien planificados en los que no se ahorraba el uso de munición de grueso calibre. Pan caliente para los gerentes de noticieros, que hoy se conforman con cubrir horas de aire con una toma de rehenes en una farmacia protagonizada por un nene armado con un cuchillo de cocina. Es lo que hay.

Del otro lado, había entonces un adversario temible: La Bonaerense, La Maldita, los patas negras, una generación de comisarios que salía en las revistas, daba notas en sus despachos redecorados con gusto dudoso y sin límites de gastos, solventados con presupuestos paralelos. Los "porongas" se hacían llamar, para hacer notar sin vueltas que la tenían bien larga, que eran los verdaderos jefes de la fuerza, más allá de quien estuviera en la cúpula y de la línea de más o menos mano dura que bajara desde el ala política al vaivén de lo que dictaban los medios. Comisarios millonarios que explicaban su fortuna, cuando alguien preguntaba, gracias a sus consortes. Esposas que no eran sólo simples amas de casa: todas tenían comercios o habían heredado lucrativas empresitas familiares.

Valor no era el capo de una banda. Los porongas, que se pudieron jactar de muchas cosas, pero nunca de tener un gran manejo del lenguaje, decían que era el líder de la Superbanda. Adviértase de nuevo el uso del adjetivo: era una banda "súper". No podía esperarse otra cosa en aquellos tiempos en que el menú preferido en la Quinta de Olivos era la pizza con champán. Se decía que la organización llegó a tener más de cien miembros, que no se conocían entre sí, separados en compartimentos estancos, para proteger a los que estaban arriba. Se aseguraba, también, que Valor había sido el heredero de un grupo liderado por Pedro Pablo "Tato" Ruiz, muerto en su ley, en un tiroteo con la policía en 1991. Y que el jefe original fue Carlos Soto, alias El Cabezón, muerto también en un enfrentamiento en 1986, en Don Torcuato.

La Superbanda jugaba en las grandes ligas: no robaba casas de familia ni a pequeños comerciantes. Para decirlo clarito: eran chorros pero no garcas. Se dedicaban a los camiones de caudales, a los bancos, se llevaban bolsas repletas de billetes. Había una suerte de mística, de audacia épica, fundada en la misma línea del razonamiento de Bertolt Brecht, quien postulaba que no había nada de malo en robar un banco sino que lo inmoral era fundarlo. Pese a lo dicho no vamos a tener la osadía de afirmar que esos ladrones se habían inspirado en el poeta alemán, aunque sí podemos sostener que había una comunión de ideales.

Tras haber sido arrestado por primera vez en 1975, Valor entró y salió decenas de veces de prisión. Una de ésas fue en marzo de 1992, cuando ya se lo acusaba de varios robos, y lo detuvo la policía de Entre Ríos, cuando paseaba en coche junto a su esposa por la ciudad de Gualeguaychú. Se entregó sin luchar: entonces no disparó ni un tiro. Pero no estuvo mucho tiempo preso. El 16 de septiembre de 1994 fue el protagonista de una recordada fuga, junto a cuatro internos, de la cárcel de Villa Devoto. Cruzaron los muros con una soga armada con sábanas. En el juicio oral se probó que para escapar habían contado con la ayuda de oficiales y jefes del Servicio Penitenciario Federal. A los tres días de la evasión, Valor quiso robar un camión de caudales en La Reja, pero todo terminó mal. Hubo un tiroteo en el que murieron dos ladrones y un policía. Fue detenido en 1995, por el comisario Mario "Chorizo" Rodríguez. Se dijo que la entrega había sido pactada. En el juicio por el asalto frustrado en La Reja, la fiscalía acusó a la Brigada de Investigaciones de La Matanza, a cargo de Rodríguez, de haber tendido una emboscada a Valor y a su grupo, de no haber hecho nada para evitar el tiroteo, que derivó en la muerte del oficial Claudio Calabrese.

La policía informa ahora que hay pruebas para vincular a Valor con una banda que robaba casas en countries y barrios privados. Y que lo estaban investigando desde el año pasado. Su arresto es de nuevo consumido como espectáculo, no como un hecho policial. No basta su simple detención tras una persecución a los tiros y a toda velocidad por la Panamericana. Se necesitan nuevos hechos delictivos para alimentar el mito que decae. Los gerentes de noticieros otra vez están felices.

En el auto que manejaba Valor, cuando fue detenido la semana pasada, se encontró una guitarra criolla, que había sido robada supuestamente en la casa de un fotógrafo en Benavídez. Al hombre también le robaron un DVD y un cheque. Valor está cerca de cumplir 56 años. Salió en libertad en diciembre de 2007. Nunca admitió públicamente su carrera en el mundo del hampa. Cuando lo interrogan sobre su ocupación, declara que es tornero de profesión. Tras su última caída, es probable que le esperen varios años tras las rejas. Como para decir que ahora está más cerca del arpa que de la guitarra.

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