La guerra del corte de boleta

Por Carlos Pagni

La advertencia recorrió todo el conurbano: "Más de 4% de corte de boleta es traición y el que traiciona tendrá que vérselas conmigo después del 28". ¿Quién si no Néstor Kirchner podía enviar este mensaje? Los destinatarios fueron los intendentes del Gran Buenos Aires. Los mensajeros, Daniel Scioli y Alberto Balestrini.

Kirchner tiene razón en preocuparse. La campaña bonaerense se organiza alrededor de un fenómeno central: la figura más relevante de esos comicios, el esposo de la Presidenta, es a la vez la más impopular. Esa elevada imagen negativa inspira dos movimientos. Uno, la fuga de votos desde la que se presenta como tercera fuerza hacia la segunda, desde Margarita Stolbizer hacia Francisco de Narváez. Esa corriente se alimenta con quienes prefieren que pierda Kirchner.

El otro efecto del elevado rechazo a la figura de Kirchner es que mucha gente apuesta por el Frente para la Victoria sólo en la escala local y eligiendo a otro candidato a diputado nacional. Esto sólo es posible cortando la boleta.

La primera amenaza está, en gran medida, fuera del control de Kirchner. Todo lo que él puede hacer para evitar una polarización con De Narváez es ignorar a este candidato y sobreexponer a Stolbizer. Es curioso, ha hecho todo lo contrario.

En cambio, el peligro de un gran corte de boletas puede acotarse. Las encuestas revelan que muchos prefieren votar a todos los candidatos del oficialismo menos a Kirchner. Pero para que ese deseo se vuelva real en la urna deben realizarse manualidades que, por lo común, son organizadas por la maquinaria que manejan los intendentes.

En Olivos saben de esto. En 2007, en varias comunas subordinadas al matrimonio presidencial, como La Matanza, Florencio Varela o Ituzaingó, De Narváez obtuvo un caudal inesperado de votos. Muchos creen que el Gobierno alentó la combinación Cristina Kirchner-De Narváez en detrimento de Daniel Scioli.

El temor de Kirchner a que los intendentes lo traicionen está fundado en indicios objetivos. En el conurbano casi no hay pintadas que lleven su nombre. Hasta Scioli, un dirigente cuyo altruismo llega al límite de la autodestrucción, prefirió aparecer solo en los carteles.

Hay jefes comunales, como publicó LA NACION el domingo, que implantaron figuras de su entorno en las listas de Unión Pro. Entre ellos están los insospechables -hasta ahora- Mario Ishii, Hugo Curto, Jorge Rossi, Jesús Cariglino y Alberto Descalzo.

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A Kirchner le debe de haber llegado un dato que circula por toda la provincia: alertados por su caída en las encuestas, hay intendentes que se disponen a repartir sus boletas asociadas a las de De Narváez. Basta asomarse a lo que sucede en un par de ciudades grandes de la provincia, donde predomina el voto de clase media. Es más: en una reunión de la conducción del PJ bonaerense, hace tres semanas, un asistente propuso que las papeletas estuvieran ya cortadas por categoría electoral en el cuarto oscuro, como debería ser para mayor calidad de la política. A ese inoportuno lo reprimieron en el acto. No porque su ocurrencia fuera mala, sino porque delataba demasiado el juego que se prepara.

El esposo de la Presidenta interpreta estas conductas como una traición de la que promete vengarse después del 28. Su amenaza, además de optimista respecto de su propio destino, es inquietante: la mayoría de los intendentes del conurbano gastó en la campaña todos los recursos disponibles hasta fin de año.

Sin embargo, la lógica política por la cual Kirchner reclama lealtad de los pragmáticos caudillejos peronistas es demasiado débil. Ellos no sólo quieren conservar la mayoría en sus pequeños parlamentos locales. También aspiran a indicar a los distintos candidatos a presidente y a gobernador de 2011 que siguen siendo sujetos a los que vale la pena apostar.

Para Kirchner la eventual "traición" del conurbano compromete cuestiones que van más allá del resultado del 28. Aun cuando gane esas elecciones, el santacruceño necesitará demostrar que, entre su candidatura y las de sus hasta ahora fieles vasallos, no hay una distancia muy marcada. El aspira, previa reposición del Fondo del Conurbano, a postularse como gobernador de la provincia. Necesita que los intendentes lo sigan viendo como una figura ante la que corresponde bajar la cabeza. Esa pretensión podría recibir su primer golpe si de las urnas salieran números que demostraran que Kirchner es un lastre para cualquier oferta electoral.

No sólo los caudillos municipales cavilan sobre este problema. Quien más afectado se vería es Scioli. Una candidatura presidencial que tenga que llevar a la rastra a un Kirchner devaluado tal vez no supere la ecuación del ballottage. El santacruceño sabe de lo que habla cuando amenaza con hacer tronar el escarmiento: un gigantesco corte de boleta en 2009 empieza a aparecer como la inconfesable solución para demasiados dirigentes que hoy siguen en su entorno, pero pensando en 2011.

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