La guerra contra el campo como bandera

Por Joaquín Morales Solá

Néstor Kirchner ha decidido hacer campaña flameando la bandera de su combate contra el campo. Quizá se trata de una de las decisiones más irresponsables de los últimos seis años de administración kirchnerista, porque somete a una persecución implacable al sector más dinámico de la economía argentina en medio de una monumental crisis.

Resulta que no eran ciertas las versiones que hablaban de cierta moderación del ex presidente para tranquilizar el ya difícil escenario electoral que deberá atravesar. En rigor, demostró que no sabe hacer otra cosa que doblar siempre la apuesta.

El matrimonio presidencial nunca perdió la convicción de que su derrota del año pasado, cuando el Senado rechazó la resolución 125 sobre las retenciones a la soja y el girasol, fue una decisión elitista que correspondió sólo a la dirigencia política y económica del país. Según esa mirada, largamente explayada por el propio Kirchner en sus interminables mesas de café con sus conmilitones, la base de la pirámide social, la más pobre y peronista, de acuerdo con esa descripción, estaba mayoritariamente con el Gobierno y no con los productores rurales. Ninguna prueba respalda esa afirmación, pero el ex presidente nunca necesitó pruebas para hacer afirmaciones o para fijar estrategias.

La de ayer fue la reunión más inflexible, tensa e inútil que hubo en la nueva ronda de diálogo entre el Gobierno y los productores rurales. Ninguna modificación de las retenciones de los granos, ni siquiera la promesa de un lento análisis de la cuestión.

Los funcionarios mandaron a los dirigentes rurales al Congreso. "Es el camino que ustedes eligieron", los despacharon. Ninguna compensación a los productores afectados por la feroz sequía. "No hay plata", ningunearon. Ningún cambio a las decisiones restrictivas de las exportaciones de carne, imaginadas por Guillermo Moreno para arruinar la producción de carnes argentinas.

Nada sustancial fue concedido y ninguna esperanza fue encendida entre los pasmados líderes rurales.

"Nosotros no nos levantamos de la mesa, pero ellos se están levantando de a poco", concluyó uno de los cuatro máximos dirigentes agropecuarios luego del encuentro de ayer. Nadie, entre los protagonistas políticos y económicos argentinos, se explicaba en la víspera la excesiva aprobación de la ministra Débora Giorgi, una persona que tuvo prestigio en medios privados y que militó en el radicalismo, con una estrategia de ruptura que pone al país, otra vez, a un paso del abismo.

No habrá reunión entre el Gobierno y los dirigentes rurales el próximo martes, porque ese día será feriado. El martes fue el día que se fijó para las últimas reuniones. Pero ¿acaso no serán hábiles el lunes y el miércoles? ¿No vale la pena continuar con esas conversaciones, aunque hasta ahora hayan sido cada vez más inconducentes? Sólo hubo pretextos. Es necesario tiempo, dijeron los funcionarios, para resolver cuestiones técnicas sobre asuntos menores del reclamo rural.

Los dirigentes de las cuatro organizaciones agropecuarias se fueron ayer con la vaga sensación de que tal vez no haya otra reunión, con la percepción de que el Gobierno había roto sin romper. Paralelamente, desde el interior les comenzaban a llegar noticias de que los productores rasos habían salido a las rutas antes de que los convocaran. La situación se tornaba potencialmente explosiva.

Los líderes rurales no quieren ser ellos quienes tomen la decisión de romper el diálogo. Pero constataron que la dureza y la intransigencia son las únicas cosas que progresan en el oficialismo.

"Nos están empujando para echarnos del diálogo, pero haremos todo lo posible para que sean ellos quienes se vayan primero", señaló uno de los dirigentes rurales.

El problema que tienen consiste en que no saben si podrán cumplir con esa promesa o si, antes, las propias bases rurales no habrán tomado una decisión por su propia cuenta. ¿Volverán a sus casas, a sus chacras o a sus campos una vez que haya concluido la reunión de mañana de la Cámara de Diputados? Es difícil, sobre todo porque ningún líder rural tiene esperanza sobre la reunión parlamentaria.

Metido de bruces el Congreso en la disputa electoral anticipada, es improbable que la Cámara logre el quórum necesario para debatir una considerable reducción en las retenciones de los cereales. La propuesta lleva, además, la firma de los legisladores opositores. El ruralismo irá al Congreso o acampará al costado de las rutas durante la jornada de mañana. "Luego, vendrá el conflicto tal como se vivió el año pasado", presagió una fuente agropecuaria, escéptica sobre la posibilidad de que el problema del campo pueda debatirse en el Congreso.

¿Qué significará el conflicto tal como se vivió el año pasado? Dejemos la explicación en boca de un dirigente: "Significará paro de comercialización, asambleas en todo el país, presencia en la rutas y piquetes de los autoconvocados", dijo.

Los cuatro líderes agropecuarios se han convertido en el ala moderada del ruralismo. Vienen escuchando reiterados mensajes de broncas e impotencias desde la Argentina profunda. Los productores comunes y corrientes aseguran contar también con la adhesión de empleados del comercio y la industria del interior, que comienzan a percibir que el conflicto se está llevando sus fuentes de trabajo. Irán a las rutas con esas compañías.

Néstor Kirchner pedirá el voto de "los pobres" para enfrentar al "campo rico", según ha deslizado el ex presidente entre incondicionales. La fractura social volverá a estar a la vuelta de la esquina. ¿No fue eso acaso lo que ya hizo durante el conflicto del año último con sus escandalosos discursos en tribunas demasiado frecuentes? Entonces no le fue bien.

¿Quiere ahora que las cosas vayan mejor? Si la curva ascendente del combate con el campo siguiera escalando, como es previsible, la votación en el Senado por el adelantamiento de las elecciones coincidirá con un momento muy crispado del conflicto. ¿Cómo reaccionará la Cámara alta, impregnada por batallas más persistentes que las propias elecciones? En tal caso, Kirchner no sólo está enarbolando una bandera electoral; quizá también esté tratando de que el combate político se defina antes del 28 de junio.

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