Guantánamo.

Por Jorge Fontevecchia.

El discurso de Barack Obama el día de su asunción (ver Análisis...) despertó emociones incluso en la Argentina, el país –junto a Italia– más escéptico del mundo. Pero el escepticismo estructural también tiene una significativa cantidad de cultores en Estados Unidos.

Por eso, recurrentemente, Obama se refiere y desafía a los cínicos (para algunos, la variante patológica de los escépticos radicales) que no creen y hasta se burlan de su eslógan: “Sí, nosotros podemos”.

Para no creer hay una batería de argumentos, incluso académicos, empezando por la máxima de Sexto Empírico: “A cada proposición se le opone otra de igual validez”. Y los cinco caminos de la duda (los tropos de Agripa), enumerados por otro padre del escepticismo (y también del cínismo), Diógenes Laercio: “Disensión”, la incertidumbre de las reglas sociales y de las opiniones de los filósofos. “Progresión ad infinitum”, toda prueba requiere ser probada, y así hasta el infinito. “Relación”, todas las cosas cambian cuando las relaciones entre ellas cambian o cuando son observadas desde un punto de vista diferente. “Asunción”, la afirmación de la verdad es una mera hipótesis. “Circularidad”, la verdad afirmada supone un círculo vicioso.

Tanto entre quienes le creyeron a Obama como entre quienes no le creyeron, estuvo presente la ideología. No hay que olvidar que el escepticismo es una forma de creencia, porque el conocimiento es también una fe, y si no se supiera nada no se podría ser escéptico.

La mayor parte de los que no le creyeron a Obama en Estados Unidos son de derecha, el núcleo duro del Partido Republicano, quienes lo suponen un idealista inexperto en el mejor de los casos, o un populista ambicioso. En otros países, especialmente la Argentina, la mayoría de quienes no lo creyeron a Obama son de izquierda y suponen que Obama es apenas la máscara de un imperio que hoy necesita mostrar su mejor cara para que todo siga igual, en el mejor de los casos, o directamente creen que el cínico es Obama (los cínicos que así pensaran podrían estar proyectando).

Chesterton decía: “No hay cínicos, no hay materialistas. Todo hombre es un idealista, sólo que sucede con demasiada frecuencia que tiene un ideal equivocado”.

En lo que a mí respecta, deseo focalizarme en un punto muy sensible para la Argentina y sobre el cual las relaciones entre los dos países tienen muchos ejemplos recientes que permiten sacar conclusiones concretas (y empíricas). Me refiero al respeto por los derechos humanos, con el cual también se termina mostrando el respeto por las leyes. Comenzaré con la última dictadura militar, hasta llegar a Guantánamo.

El 6 de enero pasado, cuando se cumplieron 30 años de haber sido detenido clandestinamente en El Olimpo, rememoré junto al lector aquella experiencia. Poco más de nueves meses antes, el último 24 de marzo, le ahorré al lector compartir otra situación similar, porque el año pasado se cumplieron 25 años desde que fui puesto a disposición del Poder Ejecutivo, acusado de ser espía inglés meses después de terminada la Guerra de Malvinas. En ese episodio, pude comprobar en carne propia el verdadero respeto de Estados Unidos por los derechos humanos, y su relación con los distintos gobiernos.

Pero antes, para comprender lo que sucedió, es importante refrescar el contexto y poner los hechos en su dimensión histórica. En Argentina, la dictadura nace cuando en Estados Unidos gobernaba el Partido Republicano. Ya no estaba Richard Nixon, sino que su vice había asumido la presidencia, pero sí seguía al frente de la política exterior su célebre secretario de Estado, Henry Kissinger, autor intelectual del golpe que derrocó y asesinó a Salvador Allende en Chile, ideólogo del Plan Cóndor, promotor del sistema de represión ilegal que se aplicó en toda Latinoamérica, y de las dictaduras que lo ejecutaron.

Pero un año después del golpe militar, en Estados Unidos todo había cambiado. Un desconocido y joven político del interior de esa nación –de Georgia–, Jimmy Carter, a quien pocos le asignaban posibilidades de triunfo, en enero de 1977 se convirtió en presidente por efecto del mismo escándalo que hizo renunciar a Nixon: Watergate. Hay varios paralelismos entre Nixon y Bush, pero sería prematuro establecerlos entre Carter y O-bama, aunque existan algunas similitudes de origen.

Tras el profundo desprestigio que Nixon había generado respecto de la imagen mundial de Estados Unidos, Carter decidió caracterizar su presidencia como defensora de la justicia y los derechos humanos. En su mensaje de cambio, se mostró sensible a las aspiraciones de los países de Tercer Mundo y redujo la competencia militar con la ex Unión Soviética, focalizando su beligerancia con ella también en el punto de los derechos humanos. Por eso, no fue casual que Cuba y la ex Unión Soviética fueran aliadas de la dictadura militar argentina en las votaciones de las Naciones Unidas sobre derechos humanos.

A la Argentina, Carter envió un embajador de origen mexicano, Raúl Castro, que parecía hasta demasiado latino para el gusto porteño, y tanto desde las Naciones Unidas como desde la Organización de Estados Americanos comenzó a presionar a los militares argentinos con los derechos humanos: fue por una misión de la OEA a este país en 1979 que la dictadura desmanteló el último centro clandestino de detención, El Olimpo.

Al principio, los militares argentinos de aquella época –cuya capacidad para leer la realidad mundial era nula, como lo demostró después la Guerra de Las Malvinas– no alcanzaban a comprender si Estados Unidos defendía el respeto de los derechos humanos sólo declamatoriamente, o si Carter estaba realmente convencido de lo que hacía. En cualquiera de los casos, se lamentaban de haber “llegado” mucho más tarde que Pinochet y haber podido “gozar” de sólo un año de Henry Kissinger.

La revista que yo dirigía por ese entonces, La Semana, además de pequeña era poco relevante y yo, como periodista, un novato desconocido. Pero tras mi detención y posterior liberación, justo en el clima del cierre de El Olimpo y la llegada de la misión de la OEA a la Argentina, la embajada de Estados Unidos en nuestro país reparó en que existía un periodista con el que podría convenirle tomar algún contacto y decidió premiarme con una beca de la Secretaría de Cultura de la Cancillería norteamericana (Unsica) justo al año siguiente. El embajador de Estados Unidos, el mencionado Raúl Castro (homónimo del hermano de Fidel y actual presidente de Cuba), me citó dos veces por la beca, al partir y al regresar, en 1980. Por entonces, la sede diplomática norteamericana parecía un anexo de las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos.

Pero todo volvería a cambiar, y tan radicalmente como había sido la mudanza de Nixon-Kissinger a Carter. En enero de 1981, los republicanos vuelven a la presidencia de la mano del carismático Ronald Reagan y el péndulo de los derechos humanos es exactamente el opuesto. Los sandinistas habían tomado el poder en Nicaragua en 1979, Estados Unidos temía que nuevas Cubas se esparcieran por Centroamérica, y otra vez la doctrina de la seguridad nacional pudo más que el valor de las leyes y el respeto por los derechos humanos.

Este drástico cambio fue el que envalentonó nuevamente a los militares argentinos, quienes pasaron de ser criticados por sus técnicas represivas inhumanas a ser entrenadores de las mismas técnicas a los Contras de Nicaragua apoyados por los Estados Unidos para entorpecer al gobierno sandinista. O sea, un anticipo de lo que sería Guantánamo o Abu Ghraib en Irak y de lo que sería el affaire Irán-Contras durante la segunda presidencia de Reagan.

En 1982, Leopoldo Fortunato Galtieri creyó interpretar el “favor” que la dictadura argentina le hacía a Estados Unidos en Centroamérica como suficiente para justificar el apoyo o la no intervención norteamericana en la Guerra de Malvinas a favor de su aliado estratégico: Inglaterra.

Durante la guerra, a pesar de que la revista La Semana siguió la línea patriotera que caracterizó a todos los medios del país, llegó a publicar una nota que enloqueció a los militares. Escrita por el periodista veterano de Vietnam, mayor especialista en temas militares de Estados Unidos y Premio Pullitzer por develar los papeles secretos del Pentágono, Jack Anderson, la nota anticipaba –a los quince días de comenzada la guerra y mientras en Argentina todo era optimismo– que nuestro país perdería las Malvinas, en un largo informe con lujo de detalles sobre las muy modestas capacidades del Ejército, la impotencia absoluta de la Marina y la muy buena –pero sola, insuficiente– capacidad de la Fuerza Aérea.

Todo terminó siendo como lo anticipó Jack Anderson, pero especialmente el Ejército quedó con enorme rencor hacia La Semana y quien la dirigía: ya conté que me citó el temible ex general Camps en el Comando en Jefe para informarme que me fusilarían al terminar la guerra, por ser un idiota útil de los Estados Unidos y difundir su propaganda.

Tan maltrecha salió la dictadura de la guerra que ya no pudo fusilar a nadie, pero sí clausuraron La Semana pocos meses después. Como ya había sido anunciado el llamado a elecciones al año siguiente, la dictadura tampoco podía controlar a la mayoría de la Justicia, como sí lo había hecho hasta antes de la Guerra de Malvinas, y la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en un fallo sorpresivo, dispuso que La Semana se reabriera, considerando inconstitucional su clausura.

Irritados, los militares de este tramo final de la dictadura decidieron acatar el fallo de la Corte Suprema, pero para compensar –poco después– ordenaron mi detención bajo el cargo de haber sido espía inglés durante la Guerra de Malvinas, por aquella nota escrita por un periodista norteamericano.

Y aquí vuelvo a tener un testimonio directo de Estados Unidos y su política de defensa de los derechos humanos. Cuando la dictadura ordenó mi detención, yo me asilé en la Embajada de Venezuela en la Argentina. Pero antes de esto, intenté asilarme en la embajada de Estados Unidos, porque mi único destino era Nueva York, el lugar donde Editorial Perfil tenía una oficina permanente con corresponsales argentinos, y podía seguir trabajando desde el exterior.

La respuesta de los funcionarios norteamericanos devela la cultura diplomática con la que Estados Unidos llevó adelante sus relaciones internacionales durante las últimas décadas, la que, aun con ánimo bondoso, mínimamente se puede calificar de hipócrita y –al decir de Barack Obama– también cínica.

Respondieron que no querían tener conflictos con el gobierno argentino, por lo que recomendaban que me asilara en la embajada de cualquier otro país. Pero una vez obtenido el salvoconducto y ya fuera de la Argentina, Estados Unidos no tenía problemas de concederme el estatus de perseguido político y la visa como refugiado. Recuerdo que esa madrugada, en la que deambulaba buscando una embajada que me recibiese, llamé a Washington a Jack Anderson, quien tampoco podía creer la respuesta del Departamento de Estado de su propio país.

Era un pequeña muestra de la política norteamericana bajo las administraciones Nixon-Kissinger y Reagan: declamar una cosa y hacer otra, respetar normas y leyes dentro de Estados Unidos promoviendo su trasgresión fronteras afuera. Bush avanzó un escalón, porque pasó a aplicar (y no ya a promover su aplicación por terceros) prácticas ilegales dentro de territorios que, si bien quedaban en el extranjero, estaban bajo administración norteamericana. Guantánamo es una ESMA apenas un poco maquillada. Lo mismo Abu Ghraib, en Irak.

Al igual que Jimmy Carter tras el oprobio de Nixon y su Watergate, para reparar los daños institucionales que deja Bush, a Obama no le queda otra alternativa que enviar señales éticas al mundo. Tampoco hay que simplificar –como hacía Galtieri– la lectura de los mensajes norteamericanos. En el área latinoamericana del Departamento de Estado, Obama confirmó a prácticamente todos los funcionarios de Bush. De la misma forma que en 1977 Carter recibió en la Casa Blanca a Augusto Pinochet para que fuera garante del Tratado entre los Estados Unidos y Panamá sobre el Canal, Obama sorprenderá con gestos y alianzas que contrapesen su política general.

En este siglo XXI, la gran demostración de verdadero respeto a los derechos humanos consistiría en reclamarle a China que los cumpla. Un boicot a China por no respetarlos le aportaría a Estados Unidos una solución a su déficit comercial, pero dejaría sin financiación su endeudamiento, salvo que Obama lograse –como hizo Clinton– acabar con el déficit fiscal.

Derechos humanos y energía es otro polo de tensión. Entre los grandes productores de energía se encuentran países poco respetuosos de los derechos humanos, como la Rusia de Putin o el Irán de Ahmadinejad.

Chávez es otro caso. El presidente de Venezuela expresó su “complacencia” por el cierre de Guantánamo en Cuba, a la que calificó de “prisión terrorista”. Pero no debería descartar que dentro de uno o dos años, dependiendo de cómo avance Obama en su política, de sus posibilidades de ser reelecto en 2011 y de cómo logre Estados Unidos ser menos dependiente del petróleo venezolano (Obama dijo en su discurso: “La manera en que usamos la energía refuerza a nuestro adversarios”), la defensa de los derechos humanos que pudiera promover Estados Unidos se termine dirigiendo en su contra.

El cierre de la prisión Gitmo de la base estadounidense de Guantánamo, como en su momento el desmantelamiento de los centros clandestinos de detención en Argentina, no dará por terminada esta historia. Al igual que la dictadura, Bush calificó de disparates los informes del Comité Internacional de la Cruz Roja sobre las torturas y atrocidades que se cometieron allí, y el Departamento de Estado norteamericano se defendió de cada acusación internacional diciendo que se trataba sólo de rumores. Ya sin Bush en la presidencia, los rumores serán progresivamente nuevos “papeles secretos del Pentágono” develados, como los que le valieron el Premio Pulitzer a Jack Anderson por la crueldad de parte de las fuerzas armadas en Vietnam.

En lo que respecta a la política general de asumir la ética como un componente determinante de la política exterior de Estados Unidos, quedará por verse si los cínicos y sus primos menos desprestigiados, los escépticos, tienen o no razón respecto de Obama y sus promesas. Y aun de comprobarse que Obama toma en serio el tema, quedará por ver si la sociedad norteamericana que hoy lo apoya continúe respaldándolo en el futuro y logre ser reelecto. Algo que Carter no pudo alcanzar y, por eso, su política de derechos humanos quedó en el cajón de los recuerdos, cuando, al revés, Reagan apeló al escudo antimisilístico y la Guerra de las Galaxias con que terminó doblegando a la ex Unión Soviética, siendo previamente reelecto.

Carter no tuvo suerte con la economía y Reagan sí, a pesar de que hoy se le eche la culpa por desregulaciones que habrían derivado en la actual crisis financiera mundial. La suerte de la política ética de Obama dependerá mucho de los resultados de su política económica, donde parece demostrar un pragmatismo ético elástico al defender como secretario del Tesoro a Timothy Geithner por no haber declarado correctamente sus impuestos. Un concepto básico del escepticismo es la posposición del juicio hasta tener más pruebas sobre la supuesta verdad. En el periodismo, usamos la misma técnica.

Análisis del discurso

Los grandes discursos siempre tienen un mensaje que trasciende la coyuntura y son aplicables aun fuera de la época en que fueron pronunciados. Desde “No preguntes que puede hacer tu país por tí, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”, de John Kennedy en su asunción en 1961, hasta “Tengo el corazón y el estómago de un rey”, de la reina Isabel I de Inglaterra en Tilbury, frente a sus tropas, en 1588, camino a la guerra, y pasando por “A lo único que debemos tenerle miedo es al miedo mismo”, de Franklin D. Roosvelt en 1933, “Sólo tengo para ofrecer sangre, sudor y lágrimas”, de Winston Churchill en 1940, “Yo tengo un sueño”, de Martín Luther King en 1963, o “No se puede odiar las raíces del árbol y no odiar al árbol”, de Malcolm X en 1965.

Los grandes discursos no sólo capturan la verdad de una era, sino que pronuncian verdades eternas. Lo mismo vale para el discurso de Barack Obama el día de su asunción, independientemente de lo que luego pueda ser su gestión, porque –como bien recordó el ex rector de la Universidad de Buenos Aires, Guillermo Jaim Echeverri, en una estupenda columna– “los políticos hacen campaña con poesía, pero gobiernan en prosa”.

Sinfonía de palabras. Sí podemos analizar ahora la poesía con su valor universal y atemporal. Cuando Obama dijo: “Nuestra economía está gravemente debilitada como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar a la nación para una nueva era”, esto sería de perfecta aplicación a nuestro diciembre de 2001, cuando la Alianza abandonó el poder: ¿cuál fue el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar ala país para una nueva era que no sólo De la Rúa no hizo?

O cuando dijo: “Hemos elegido la esperanza sobre el temor, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia. Hoy hemos venido a proclamar el fin de las quejas mezquinas y las falsas promesas, de recriminaciones y los dogmas caducos que durante demasiado tiempo han estrangulado a nuestra política”. Al revés, se podría reflexionar que, al asumir, Néstor Kirchner eligió el temor, el conflicto y la discordia, además de las quejas mezquinas y las recriminaciones a sus predecesores. También es aplicable al mismo propósito el párrafo de Obama: “Seguimos siendo una nación joven, pero ha llegado el momento de dejar de lado los infantilismos”.

Cuando Obama dijo: “La grandeza nunca es un regalo; debe ganarse. Nuestro camino nunca ha sido de atajos o conformarse con menos”, esto lleva a preguntarnos sí no ha sido de atajos el camino que repetidamente eligimos en la Argentina. E igual referencia podría dársele al párrafo sobre los norteamericanos de las generaciones anteriores, que “veían a Estados Unidos más grande que la suma de sus ambiciones individuales, más grande que todas las diferencias de origen, riqueza o facción”. ¿No fue esa carencia, entre otras, la que nos condujo a los argentinos a la decadencia de las últimas generaciones?

Sobre la economía, Obama dijo: “Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos inventivas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado”. Eso mismo fue lo que permitió que la Argentina se recuperara de la crisis luego de 2002. Igual aplicación tiene la cita que Washington usó en la guerra de la Independencia para nuestro 2002: “Cuando nada, salvo la esperanza y la virtud, podía sobrevivir... el país, alarmado ante un peligro común, salió a su paso”. Sobre el mercado, Obama dijo: “Su poder para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival, pero esta crisis nos ha recordado que, sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse”. Y vale reflexionar si ante cada crisis la Argentina pierde su confianza en el mercado y “su capacidad, sin rival, para generar riqueza y expandir la libertad”.

Obama dijo: “Nuestro poder crece a través de su uso prudente”. ¿Perdieron los Kirchne gran parte de su poder en meses, por no usarlo con prudencia durante el conflicto con el campo? En un párrafo de su discurso, Obama dijo que trabajará “con viejos amigos y antiguos contrincantes”, y en otro “a aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y la represión de la disidencia, tienen que saber que están en el lado equivocado de la historia, pero les tenderemos la mano si están dispuestos a abrir el puño”. Esto es asimilable a poner un punto final.

Obama agradeció la colaboración de Bush durante la transición y tuvo gestos de afecto para él en la despedida, pero su discurso fue un repudio enérgico sobre la gestión de Bush. Kirchner hizo al revés: repudió enérgicamente a Menem en sus dichos y gestos, pero luego lo copió en varios aspectos de su gestión.

Prosa o poesía, esa es la cuestión.

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