Groseras lecciones de violencia

Por Guillermo Jaim Etcheverry

El bochornoso episodio vivido con motivo de las declaraciones públicas del director técnico de la selección argentina de fútbol confirma que, tal vez, uno de los signos característicos de estos tiempos sea la pérdida de la conciencia de lo que cada uno de nosotros representa para los demás.

Así, por ejemplo, los padres y los maestros no estamos siempre dispuestos a hacer el esfuerzo que supone cumplir el rol que nos define como tales cuando elegimos ser los amigos, que no somos, de nuestros hijos o alumnos.Muchas veces los dirigentes políticos no toman plena conciencia de que las palabras que pronuncian y, sobre todo, la actitud y el tono en que lo hacen ejercen una poderosa influencia sobre la conducta de quienes los escuchan. Es evidente que los medios de comunicación han contribuido a desdibujar la distinción entre la esfera pública y la privada, así como a privilegiar la expresión espontánea de cualquier persona que se acerque a un micrófono o que enfrente una cámara de televisión, sin importar, en absoluto, el modo en que se exprese o se comporte.Estas reflexiones están motivadas en el insólito episodio comentado, que, por la naturaleza de la actividad a la que está vinculado, presenció el mundo entero. Esas declaraciones no fueron producto de un impulso, ya que se produjeron varios minutos después de concluido el partido mediante el que la selección argentina de fútbol obtuvo la bienvenida clasificación para participar en la competencia mundial de Sudáfrica. Usando expresiones que difícilmente puedan llegar a emplearse, ni siquiera en torno a la mesa familiar, y haciendo gala de una explosiva violencia reprimida, asistimos azorados a las más increíbles invectivas del director técnico contra quienes se han referido de modo crítico a su trabajo o al del equipo.

Más allá del hecho de que algunos de esos comentarios puedan haber sido injustificados, de que bajo el manto del periodismo se cubren no pocas personas sin capacidad ni formación para ejercer tan trascendente actividad, nuestra sociedad funciona sobre la base del reconocimiento de que el otro tiene el derecho a expresar su opinión. El uso de descalificativos denigrantes y vulgares, la afirmación de que se tendrá memoria de lo que alguien dijo, prenunciando alguna venganza, constituyen circunstancias alarmantes, sobre todo en la medida en que ese mensaje violento es amplificado hasta la saturación dentro de cada hogar.

De allí surge la preocupación por esa falta de conciencia del papel que a cada uno de nosotros le cabe en la sociedad. Aun si se experimenta resentimiento, aun si éste es genuino, la percepción del rol hace que no deba exhibirse en público. Hay instancias en las que las formas son el fondo. Que se lo muestre públicamente confirma que se ha perdido la concepción del límite, la percepción de la influencia que tiene la exposición de las personas ante millones de espectadores.

La intervención que comentamos, neutraliza la tarea de miles de padres y de maestros que en hogares y en aulas, cada día, tratan de hacer mejores a niños y jóvenes, intentan sacar a luz sus facetas más solidarias, corrigen con atención aquellos signos de violencia e intolerancia que advierten en sus conductas. También sugiere una peligrosa impunidad, al comprobar que esa actitud de soberbia y de grosería ha sido luego justificada por quienes están en una posición jerárquica que les permitiría sancionar a quien en ese momento representa a un país o, al menos, esbozar aluna crítica por la responsabilidad institucional que les cabe.

Asimismo, se afirma cada vez más una tendencia evidente en nuestra sociedad, y en la que ya resulta un lugar común insistir, que coloca en los demás la responsabilidad de lo que en cualquier ámbito nos sucede. Ahora se ha convertido al periodismo en el artífice de todos los males, aun de aquellos que vemos con nuestros propios ojos desarrollarse ante las cámaras de televisión.

Si, en el caso comentado, la actuación de un futbolista decepciona a millones de espectadores que lo ven moverse en directo, corresponde a los periodistas que confirman tan mal desempeño la responsabilidad de que la gente juzgue críticamente a ese deportista. Y ese ejemplo podría extenderse a muchas otras esferas de la actividad social.

Es preciso elogiar el que la furibunda y grotesca reacción comentada contrasta con los juicios que uno de los destacados deportistas que participaron en ese encuentro futbolístico expresó ante los periodistas, aún antes de abandonar el campo de juego. Las palabras del señor Juan Sebastián Verón constituyeron un ejemplo de sensatez y equilibrio, al señalar virtudes y defectos, al proponer una seria instancia de reflexión sobre lo hecho y lo que queda por hacer.

Seguramente la desbordada demostración de grosero revanchismo de la que fue testigo la audiencia planetaria quedará como una anécdota más, ya que nos vamos acostumbrando, insensiblemente, a que en nuestro país violento, más bien violentado, todo resulte posible.

Efectivamente, con la mayor impunidad se puede mostrar a los demás lo peor de uno mismo, se pueden exponer públicamente los más bajos sentimientos Para peor, la exhibición de lo vulgar que nos ahoga se transforma en un buen negocio. Sin ninguna duda, la avalancha de reiteraciones de este episodio a la que nos veremos sometidos en las próximas horas, hasta que no quede nadie sin haber participado de él, sumará mucho tiempo de la vida de muchas personas. Ese mismo tiempo que es nuestra más preciada propiedad y que se comercializa, sin que lo advirtamos, cada vez que volvemos a escuchar las expresiones destempladas que contribuirán, de manera casi inadvertida y sigilosa, a construir el interior grosero, violento y vulgar de chicos y grandes, responsable de un entorno social en el que cada día resultará más difícil vivir.

El autor es médico, científico y académico; fue rector de la UBA.

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