Un grito en medio del silencio

Por Héctor D´ Amico

Es difícil saber cuánto tiene en común una multitud convocada por el afecto y el respeto a un muerto ilustre. Sí se puede hablar, digamos, de espíritu de cuerpo, de alguna forma de instinto o sabiduría colectiva.

La que marchó ayer a todo lo ancho de la avenida Callao, desde el edificio del Congreso hasta el cementerio de la Recoleta, parecía abrigar un sentimiento ajeno y hasta contradictorio con la atmósfera de aflicción y desconcierto que rodea a todo cortejo fúnebre. Ese sentimiento generalizado era el de reivindicación. No sólo la reivindicación de un líder y de una impecable trayectoria que lo llevó a la Presidencia de la Nación, sino, sobre todo, de la concepción honesta con la que ejerció la política. Tratándose de la Argentina, esta coincidencia se parece bastante a un hecho excepcional.

En medio de la agitación de banderas, aplausos, gritos, lluvia de flores y del fervor con el que decenas de miles de personas acompañaron el último viaje de Raúl Alfonsín, hubo tiempo suficiente como para que muchos se hicieran interrogantes para los cuales nadie tiene hoy una respuesta.

¿Seremos capaces de proteger mañana la forma tolerante, constructiva y civilizada con la que hacía política en una sociedad tan empecinada en ignorar esa forma de vivir la política? ¿Qué es lo que quedará de su legado de no violencia y respeto por las instituciones después de esta hora de lágrimas, cuando cesen los elogios, los homenajes?

En un país siempre dispuesto a borrar con el bronce la obra de tantos de sus grandes hombres, en tropezar con la misma piedra, esas dudas asomaron ayer, una y otra vez, en las infinitas charlas de familias, amigos y militantes que marchaban hacia la Recoleta.

Los comentarios, por momentos, hacían pensar más en un acto de recuperación de identidad que en un cortejo. Hubo críticas por aquí y por allá al matrimonio Kirchner, naturalmente, pero muchas más al amplio catálogo de vicios pasados y presentes de la política argentina.

Se lo despidió a Alfonsín, para tomar sus palabras, con el fervor de un rezo laico. Con una demostración colectiva de tal magnitud que sorprendió a todos: a quienes lo votaron y a quienes nunca coincidieron con sus ideas, pero que dijeron presente como un reconocimiento hacia un hombre con el que se podía disentir y a la vez dialogar. Otro hecho de no poca excepcionalidad en el país.

Se lo despidió con respeto y con pasión, como si entre sus facultades estuviera todavía el poder enderezar el rumbo de algunas de las tantas cosas que no marchan bien en la República.

En estos días de duelo fue llamativa la insistencia con la que, en forma unánime, los oradores, los medios y la gente asociaron su apellido con la palabra "honradez", a tal punto que con el correr de las horas se parecían mucho a un apellido compuesto.

Cuando de un hombre de muchas cualidades se destaca una sola no se está hablando de él: se están describiendo el tiempo y la sociedad en los que le tocó vivir. La honradez de Alfonsín desnuda a no pocos políticos argentinos y a sus tácticas de alcanzar el poder, administrarlo y conservarlo como sea, con la ley o contra le ley.

De todo esto hablaba esa multitud que no estaba en los cálculos de nadie, ni siquiera en los del Gobierno. Festejaba a un político cabal como si fuera una extravagancia.

La conmoción de este 2 de abril fue, quizá, la última lección de Alfonsín.

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