El fin de la gripe

Por Rodrigo Fresán

UNO

Inevitable pensar –en el principio de lo que sea– acerca de cómo irá a acabar todo. Tenemos perfectamente claro cómo y cuándo y dónde comenzamos; pero las coordenadas del final son, siempre, un misterio.

Hay un solo principio, pero muchos finales posibles. Y es esa incertidumbre la que, pienso, nos ayuda a seguir leyendo y escribiendo la novela de nuestras vidas. Saber de antemano los horrores que nos aguardan o los placeres que nos esperan nos convertirían en personajes y no en personas. De ahí que siempre haya sentido una gran curiosidad –y algo de envidia y algo de miedo– por toda esa gente que, cortesía de su íntima fe o de alguna empresa administradora del sentimiento religioso (léase: iglesias y templos) parece tener todo solucionado porque, no importan las desgracias e injusticias de este lado, todo será corregido para siempre en ese paradisíaco final feliz.

Dicho esto, el otro día –en una misma mañana– me crucé con esos dos únicos autobuses de Barcelona que se han hecho eco de esa campaña londinense y atea cuyo slogan es “Probablemente, Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”. Yo ya había leído sobre el asunto en El País: “La campaña nació en Londres de la pluma de la columnista Ariane Sherine, de The Guardian, después de que una web cristiana amenazara a los ateos con ‘pasar la eternidad en el infierno y ardiendo en un lago de fuego’”. Sherine meditó “vengarse” con los anuncios en los célebres autobuses de dos pisos y pidió donaciones de unas cinco libras. Richard Dawkings, científico británico, prometió contribuir con el mismo dinero de los simpatizantes de la campaña hasta un límite de 8 mil euros. Pero la respuesta reventó todas las expectativas porque se recaudaron más de 100 mil. Pronto, la campaña se extendió por toda Inglaterra.

Al arzobispado catalán la cuestión no le causó ninguna gracia y ya hay otros autobuses que contraatacan con un “Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo”. Pero yo vi a esos dos únicos autobuses en una sola mañana y me pregunto si no será eso un pequeño milagro. En cualquier caso, me subí a uno de ellos...

DOS

... y cuando me bajé yo era otro. Estaba transfigurado. Yo, estigmatizado, temblaba en un maelstrom de mocos y fiebre, hablaba en lenguas más resecas que muertas y, sí, la gripe de Barcelona. La epidemia. Las propagandas televisivas de perfumes navideños han sido suplantadas por las de antigripales, desbordando ese lenguaje técnico-críptico que es, también, el idioma de los detergentes, yogures y shampoos. Anoté varios nombres, contemplé en los diarios varios diagramas de bacilos (aunque se sabe que la gripe es esa enfermedad que con remedios se pasa en siete días y sin remedios en una semana) y, afuera, las masas se arrojaban, estornudando, sobre las rebajas que, ya se sabe, no tendrán la insana euforia consumista de los buenos tiempos. Se vendió mucho guante y mucha bufanda, parece. La gente, ahora, intenta hacer que sus deseos coincidan con lo que se necesita. A veces lo consigue. Bajan los precios, sube el número de gente sin trabajo (más de 3 millones, la más alta en la historia de España), aumenta la cifra de muertes en Gaza (historia cuya conclusión se desconoce) y me puse a leer en la edición ibérica de Vanity Fair una entrevista al inmune José María Aznar donde –luego de asegurar que la victoria de Obama era “un exotismo histórico, un previsible desastre económico”– concluía: “Es más fácil llegar al poder que dejarlo”. Así que lo del principio, lo del final.

TRES

Con fiebre no se puede leer, pero sí releer. El ejercicio tiene su gracia. Es como viajar a un país en el que ya se estuvo y descubrir que no había estado del todo. Releo Great Expectations (esa triste novela de título falsa e irónicamente esperanzador para la que Dickens escribió dos finales, uno terrible y uno menos terrible) y una antología, Otro final, donde varios escritores locales proponen the ends alternativos a clásicos del cine. Pienso, inevitablemente, en cuáles hubiera vuelto a filmar yo. ¿El planeta de los simios con todos los monos –mientras Heston aúlla de rodillas frente a las ruinas de la siempre rompible Estatua de la Libertad–, quitándose las máscaras y gritando: “¡Sorpresa! Era un chiste”. ¿Qué bello es vivir con una nevada que no cesa y aísla para siempre a Bedford Falls y se extiende a otros estudios y otras películas hasta impedir la salida, por mal tiempo, de ese último avión de Casablanca? Quién sabe, qué importa. Lo que sí importa es que –¿milagro?– justo entonces se puso a nevar como hacía mucho que no nevaba por estos lados.

CUATRO

Y por aquí nevó hasta alcanzar el nivel postal enviada por el Dr. Zhivago. En Madrid, en cambio, la cosa fue más parecida a The Shining. Gente aislada, carreteras cerradas, personas prisioneras de sus coches y –sumando presión a los conflictos de controladores aéreos y pilotos de la nunca del todo bien maldecida Iberia– el aeropuerto de Barajas convertido en trémulo castillo de naipes e involuntario hotel de cientos de viajeros que sabían cuándo debía haber comenzado su travesía pero, de pronto, ni idea de cuándo llegarían a su destino y así el departure cancelado convertido en un indeseado arrival en trance. A continuación, enseguida, todos comenzaron a culparse entre sí. La culpa era del PSOE, del PP, de los encargados del pronóstico meteorológico que subestimaron el volumen y potencia de esas nubes tan negras. Después apareció Zapatero diciendo que “la crisis no tiene solución militar”, y me puse a temblar aterrorizado pero, enseguida, comprendí que Zapatero se refería a lo de Gaza y no a la crisis climática o económica. Luego me enteré de que la Vía Láctea gira mucho más rápido de lo que se creía, por lo que tiene muchas más probabilidades de chocar con otra galaxia. Y, para terminar, mostraron las fotos de copos de nieve obtenidas con una nueva lente telemicroscópica o algo así. Y una vez más, la maravilla y el regalo de pensar –emocionados, moqueando, cursis– que si existe algo así en la Naturaleza desde el principio de los tiempos tal vez, todavía, seamos dignos de un final feliz. Mientras tanto, a gozar de la vida.

Eso sí: una vez que sepa cómo y cuándo termina esta gripe.

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