¡A la gran siete!

River se inspiró en apenas siete minutos, presentó otra capacidad anímica, dio vuelta el partido y tapó los errores que habían aparecido al comienzo. Eso, hoy, se festeja así...
En siete minutos River pudo lo que apenas había logrado en una ocasión en las 13 fechas previas del torneo: dar vuelta un resultado. En esa brevedad recuperó unas cuantas cosas más. Principalmente, la autoestima, la tranquilidad, la efectividad, los puntos. En fin, todo lo que emergió luego de que Astrada lograra rescatar de las profundidades unas dispares reservas anímicas que esconde este plantel avezado a tardes y noches diferentes a la de ayer.

Lo que tuvo River fue músculo e imaginación para transformar la realidad. Del remanido calvario presentado en forma de cabezazo por parte de Gigliotti se pasó al festival que mostraron los petisos en la ráfaga del segundo tiempo. De sufrir nuevamente todas, pero todas, las dudas crónicas que entrega el fondo se terminó celebrando una genialidad de Gallardo, otra de Buonanotte y cierta caricia al alma de Villalva. Y de pensar que éste puede ser el inicio de algo nuevo no debe dejar de consignarse que también con Atlético se vio mucho de lo viejo.

Es imprudente sobreestimar el triunfo y las conclusiones que éste ha dejado.En los 83 minutos ajenos a ese período decisivo, River expresó las dos caras posibles de su repertorio. Una ha sido sin la pelota, el ombligo del fútbol para un equipo que no sobresale por defender bien. Los de Chiche Sosa -que no tiene un pelo de zonzo, sobre todo después del tratamiento capilar- le abrieron la cancha, le buscaron con Pereyra y Gigliotti el agujero en la zona Orban-Sánchez, le achicaron los espacios hacia adelante, obligaron a salir en forma desprolija y al error forzado. De contraataque pudieron cerrar el partido. No dispusieron de la resistencia física, de la capacidad táctica -se metieron muy atrás y marcaron en línea- ni de los recursos técnicos que luego sí aparecieron en River cuando el equipo comenzó a jugar el segundo partido. Es decir, el de la pelota.

Los retoques que Astrada incluyó en el vestuario fueron sustanciales para explicar el porqué y el cómo de la victoria. Un River estático, sin cambio de ritmo más allá de ciertos espasmos de Buonanotte, se escalonó mejor en la cancha cuando Roberto Pereyra hizo más ancho el campo por un lado y Galmarini por el otro. Cuando Gallardo se arropó de lanzador y le quedó el arco de frente. Cuando Rosales empezó a picar al vacío como lo debería hacer el ariete de área que hoy no existe. Cuando el Enano dejó en claro que su inminente ausencia será un pesar para el futuro. Y cuando llegó el primero, el segundo y el desahogo.

Lo curioso, o no tanto, es que aún no está claro a qué juega River. Sigue cambiando de sistema (ayer estrenó un 4-2-2-2 y mutó por un 4-1-3-2), de estrategia para buscar los partidos y de estados emocionales. El orden, el equilibrio y la noción cabal de equipo quedan pendientes para las próximas funciones. Con lo que hay y con lo que hubo recientemente, se conforma con un lapsus de la gran siete.

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