El Gran Cuñado "es un arma terrible".

Lo dijo Sanguinetti, ex presidente de Uruguay Sanguinetti criticó el daño a las instituciones.
La polémica sobre los efectos de los sketches de "Gran Cuñado" no sólo se expandieron por todo el escenario político argentino, sino que traspasaron ya las fronteras nacionales. En una columna de opinión publicada en la edición del sábado pasado del diario español El País, el ex presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti instó a reflexionar sobre el degaste que pueden ocasionar en las instituciones y en la confianza ciudadana los programas en que se ridiculiza a los dirigentes políticos.

Con tono crítico hacia las particularidades de la Argentina, a la que describe como "esa sorprendente nación en que convivieron los Borges y Bioy Casares con la siniestra Triple A, así como hoy respiran el mismo aire un líder organizador a destajo de piquetes callejeros con artistas excelsos como el bailarín Julio Bocca", Sanguinetti elogia las características técnicas y artísticas de las imitaciones del programa de Marcelo Tinelli. Pero se pregunta "si no hay límite, si no hay una frágil frontera en que la crítica se desborda para llegar a ser agravio institucional".

Para dar cuenta de la importancia del asunto planteado, sostiene que la imitación que en ese mismo programa fue "determinante" para la salida del poder de Fernando de la Rúa, a quien Sanguinetti define como "una buena persona". Tras recordar que la caricatura había estampado a De la Rúa como "un hombre vacilante, distraído, casi tonto, que siempre equivocaba la puerta de salida", el ex presidente uruguayo concluye que este tipo de imitaciones "se trata de un arma terrible, como ya lo decía Maquiavelo en sus consejos al príncipe, que podía ser amado o temido, pero nunca ridiculizado".

Sanguinetti, que cuenta que en Uruguay el programa se sigue como si fuera propio, se detiene en la tentación de los ciudadanos de votar, como sucede en el programa "Gran Cuñado", para eliminar a los dirigentes políticos, mejor dicho, a sus caricaturas. "Esa especie de morbosa inclinación a denostar, a defenestrar ?reflexiona?, a poder responderle a alguien notorio con una bolilla negra, es particularmente seductora para el grisáceo televidente común, ese ser anónimo que en ese instante mágico de votar se siente protagonista."

El propio ex presidente dijo que aún no hay respuesta para el interrogante sobre el límite en que la crítica resulta peligrosa para la democracia y que, "en la duda, siempre ha de preferirse la libertad". Pero insiste, a lo largo de su artículo, en el mismo interrogante: "¿Hasta qué punto la ridiculización de los titulares desgasta a la institución? Una república en zapatillas, sorprendida en ropas menores, ¿preserva su esencia?".

Y concluye que cuando Jefferson redactó los principios de libertad que estampó en la Constitución de Estados Unidos, "nadie imaginaba que la imagen, la sola imagen, podía llegar a sustituir a la palabra escrita, y mucho menos en el debate político, entablado en un juego de emociones, risas, ridículos, en que la razón es la gran ausente".

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