Golpe de la timba

Por Alfredo Zaiat

Hasta ayer Argentina carecía de mercado de capitales. Hoy la furia de banqueros que pierden el negocio de lucrar con el dinero previsional de los trabajadores censura el fin de las AFJP porque destruye lo que antes no existía.

Hasta ayer la plaza bursátil era un reducto insignificante, con cada vez menos empresas cotizantes e inútil como canal para conseguir financiamiento. Hoy la ira de corredores de la Bolsa que se quedan sin comisiones por compraventas de acciones y bonos por parte de las AFJP critica el proyecto de eliminar esas compañías porque derrumba una plaza que antes era irrelevante.

Hasta ayer las AFJP dieron muestra de desinterés para financiar al sector privado en proyectos que permitieran el crecimiento económico. Hoy la secta de economistas de la city que come de la mano del poder financiero expresa su indignación por la clausura de la etapa de capitalización individual porque elimina una fuente de crédito al sector privado que era débil.

La hipocresía y el interés mezquino de una amenazante trama del poder económico se exponen en toda su dimensión en el golpe de la timba que se traduce en arrastrar al subsuelo las cotizaciones de acciones y títulos públicos. No llega a ser un golpe de mercado porque ni por volumen de negocio, por cantidad de papeles transados y por inversores y operadores involucrados alcanza a merecer esa categoría. Lo que no tiene que hacer el Gobierno es escuchar a quienes le recomiendan salir a comprar bonos para ponerle un piso a esa caída. Esos fondos sólo servirían para facilitar la fuga de especuladores que correrían con ese dinero a comprar dólares y, por lo tanto, extender, en ese caso sí, la inestabilidad al sensible mercado cambiario. Aquellos que transitan el recinto bursátil saben que son comunes las operaciones para “marcar” precios al alza o a la baja por motivos diversos y en general por intereses especulativos. Esas maniobras se revelan en el volumen de negocios, y en las dos últimas ruedas no hubo un crecimiento de ese indicador. Esto muestra que más que intercambios desesperados de compradores y vendedores se verificaron transacciones para “marcar” cotizaciones bien deprimidas para desestabilizar el proyecto que pone fin a las AFJP. Los fantasmas que se instalan con la caída de acciones y bonos se conjuran pensando que se trata del poder financiero, que ese derrumbe no afecta la vida cotidiana de la gente más allá de los afiliados afectados por el síndrome de Estocolmo y que, salvo que la campaña de desinformación vuelva a triunfar, los protagonistas de este golpe timbero no tienen el aura de pobres pequeños productores agropecuarios.

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