Golpe de gracia a la identidad de los estadounidenses

Por: Oscar Raúl Cardoso.

Apenas el año pasado, en la celebración del centenario de la empresa, Rick Wagoner, por entonces principal autoridad ejecutiva de General Motors, aseguró en el discurso central de los festejos: "G. M. ha liderado la economía estadounidense durante los pasados cien años y está dispuesta a liderarla en los próximos cien".

Desde ayer, ese razonamiento se mostró en toda la dimensión de peligro que encierra. General Motors se presentó ante los tribunales solicitando la protección contra sus acreedores que ofrece el denominado "Capítulo 11" de la ley de quiebras del país. ¿Ese liderazgo al que aludió Rick Wagoner supone que los Estados Unidos seguirán a la empresa al mismo y hostil lugar?

En la historia de G. M,, un gigante corporativo, las acciones y dichos que emergieron de sus declaraciones públicas siempre tuvieron un sesgo de soberbia que pocos se atrevían a cuestionarle de modo abierto. Tanto era su poder económico y del otro.

En la década del 50, otro antiguo presidente de G. M. pronunció la sentencia: "Lo que es bueno para General Motors es bueno para el país" que, de modo inmediato, se incorporó al lenguaje cotidiano aunque el sujeto de la oración cambie.

Si la quiebra es buena para G. M. ¿es también buena para el país que vio nacer al complejo automotriz? No debe haber muchos ciudadanos estadounidenses que crean esto, aunque en otros puntos del planeta los profundos problemas del más rico de los países puedan constituir un espectáculo apreciado.

Es muy difícil decidir la dimensión del agujero negro que acaba de abrir con el sinceramiento del Capítulo 11, General Motors, tanto por su significado económico como por el golpe de maza que le aplica a la identidad estadounidense, aunque los problemas de la industria automotriz machaquen desde hace meses desde los titulares de los diarios. Y que termine impactando de modo más fuerte que la reciente quiebra de Chrysler, empresa que ayer recibió el visto bueno judicial para ser adquirida parcialmente por el grupo Fiat de Italia (puede comprar hasta el 35% de sus acciones, comenzando con un 20%).

General Motors es una empresa asociada a la cultura y a la ideología del ser estadounidense. Sus automóviles como el ostentoso Cadillac y el espacioso Pontiac se convierten, en especial a partir de finales de la Segunda Guerra mundial, en íconos del "sueño americano", hitos de la posición que Estados Unidos ocupaba en el mundo.

Los economistas aseguran que la industria automotriz -y en especial G. M.- fue la gran generadora de una nueva clase media próspera desde el final de la conflagración. Es otra historia social la que escribe hoy G. M. Juntas, Chrysler y G. M., han destruido unos 40.000 puestos de trabajo y cerrado no menos de 16 plantas de producción. En la reestructuración se espera que G.M. pueda cerrar hasta el 50% de sus concesiones, a la vez que le pasará el fondo de salud de su personal al sindicato de la industria que deberá financiar el 50% de su costo (20.000 millones de dólares). Es otra época muy diferente, cuando el poderío político de G. M. parecía enmarcado en granito. No sólo por la influencia de sus lobbistas en el Congreso, sino porque en algunos rubros competía con el Estado.

En los años 60, un entonces oscuro denunciante de la inseguridad del modelo Corvair, Ralph Nader, conoció la persecución a que lo sometían los agentes secretos ("detectives", aseguró la empresa al ser descubierta) con una meticulosidad que evocaba a la de J. Edgar Hoover en el FBI.

Nader se ha convertido en una figura conocida que se postula cada cuatro años para Presidente, un imposible. Y es muy difícil creer ya que lo que es bueno para G. M. sea bueno para alguien más.

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