Los golosos de Almagro

San Lorenzo resucitó con cuatro goles en media hora, hundió a Huracán y no se baja de la lucha por el título. "Vamos a ser campeones", avisó un dirigente.
Sanloré, Sanloré, Sanloré, ponga huevo que no ha pasado nada, lo dice tu hinchada, que está descontralada, San Lorenzo, tenemos que ganar". Al son de este ritmo, late el vestuario visitante de la Bombonera. Los corazones que lo habitan palpitan como hacía bastante tiempo no les sucedía. Son los motores de un plantel que hasta ayer a las 17 tambaleaba, merced a ese 0-1 parcial que arrastraba desde el sábado, que, de ser la chapa final del clásico ante Huracán, iba a desencadenar una crisis en Boedo. Pero, nada menos que en el derby barrial, el Ciclón mostró los dientes. Con sencillez, sus futbolistas resumieron la faena con un simple "sabíamos lo que teníamos que hacer". Sin embargo, el 4-1 expuso mucho más que ese conocimiento de la misión de cada uno. Goleando, San Lorenzo recuperó el ánimo que parecía perdido tras la victoria que se la escapó a poco del final ante Newell's y después de la derrota en casa frente a Lanús. Por eso el desahogo de los futbolistas, incluso más altisonante que el de su público, más dispuesto a gozar de una paternidad abrumadora que a caer en la cuenta de que su equipo está con vida, cuando muchos lo habían descartado de la lucha por la obtención del Clausura. Los Golosos de Almagro no se bajan. La gloria no los empalaga...

La euforia desbordó todos los ámbitos sanlorencistas. Por eso, nada menos en La Boca, se oyó a Héctor Viesca, intendente del club y contundente declarante a nivel dirigencial, copar la parada en la transmisión radial de La Red, mandando un mensaje directo al puntero: "Díganle a Ischia que ahora vamos a ser campeones. Se acabaron los bonus track (sic) para Boca. Vamos a ser campeones". Esa la tónica general. No hay Cuervo que no vuele, por más que los números favorezcan a Riquelme y compañía. Y no es para menos. El sábado, a las 18, después de la suspensión, la golpeada moral azulgrana sólo se disimulaba gracias a la incesante lluvia. Para colmo, esa derrota parcial profundizó el malestar de los hinchas, que ya se habían expresado en masa durante y tras la caída con Lanús, en el Nuevo Gasómetro. Aquella noche, los jugadores fueron despedidos con rechifla e incluso casi se arma la gorda: Agustín Orión quiso salir de la zona de vestuarios para dirigirse hacia la platea para devolver gentilezas, pero fue frenado por Gonzalo Bergessio y Juan Carlos Menseguez. El horno no estaba para bollos. Así y todo, lejos de tratar de apaciguar los ánimos, el plantel le echó más leña al fuego, llamándose a silencio aunque la gente reclamara explicaciones. Sólo la voz de Miguel Angel Russo se hizo oír, levantándose 101 veces si se había caído en 100 oportunidades. El tenso clima generó rumores de enfrentamientos, de malestar entre el cuerpo técnico y sus dirigidos, pero, con el 4-1, la sangre no llegó al río, aunque si éste suena...

Como pregona el entrenador, los jugadores se hicieron fuertes en el aislamiento, desoyendo versiones sobre depuración del plantel, y se levantaron. Vaya si lo hicieron. Incluso en el mismo partido ante Huracán, que mostró una versión pálida en la primera parte y otra, arrasadora, en la segunda, con la irrupción del irreverente Cristian Chávez y cuatro goles. San Lorenzo sabe que la ventaja que le sacó Boca es importante, pero confía en que no sea definitoria. Para el caso, una frase de Nicolás Bianchi describe el subibaja de la situación: "Dimos todo porque no podíamos dejar pasar esta chance. Muchos no confiaban en nosotros, pero estamos ahí de nuevo, en la pelea". Claro que sí. Las últimas dos fechas del torneo encontrarán a San Lorenzo a dos puntos de Boca, compartiendo posición con Tigre, y esperando la visita de Independiente, el domingo, y el traslado al siempre difícil Diego Maradona de Argentinos, en el epílogo del Apertura. Pero para eso falta. Eso sí, en Boedo "no ha pasado nada".

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