Un "golden boy" de alto perfil y aspiraciones políticas

En la City le siguen diciendo "golden boy", como se bautizó en los 90 a los jóvenes que egresaban de universidades norteamericanas con posgrados en Finanzas para llenarse de plata en Wall Sreet o volver a sus países con aura de sabios. Aunque de "boy" (muchacho) le queda poco –cumplió los 48 en septiembre–, Martín Redrado nunca dejó de mantener una relación estrecha con los banqueros y financistas más influyentes del microcentro. Hasta quienes ayer le recomendaron que renuncie "para preservar la estabilidad del sistema" le estarán siempre agradecidos, porque convenció a Néstor Kirchner de no cobrar impuestos a la renta financiera ni reformar la ley de bancos heredada de la dictadura.
Celoso guardián del poder que empezó a construir a los veintipico, cuando regresó de Harvard, Redrado pasó por casi todos los puestos apetecibles a los que puede aspirar un economista en el Estado argentino. Menos el de ministro, cargo al que ahora sólo podrá acceder cuando termine la era K. En todos mantuvo un perfil alto, siempre obsesionado por su imagen y por cuidar sus contactos en el hermético mundillo de la banca internacional.

En el primer tramo del menemismo, cuando las multinacionales se alzaban con el control accionario de las empresas estatales gracias a las privatizaciones, condujo la estratégica Comisión Nacional de Valores (CNV), el ente encargado de controlar el mercado bursátil. Dejó el puesto en 1994, enfrentado con el entonces ministro Domingo Cavallo, quien ya veía en él una figura que amenazaba con eclipsarlo. Peleó su continuidad durante un par de días, hasta que negoció su salida. La Fundación Capital fue su búnker privado y refugio en el ocaso de los 90. Eduardo Duhalde lo convocó más tarde como jefe de los negociadores comerciales de la Cancillería, virtual número dos del Palacio San Martín. Pero cumplió su sueño en Reconquista 266, adonde llegó como presidente en septiembre de 2004.

De allí se llevará el mérito de haber sido el banquero central más duradero desde el primero que ocupó su silla, Ernesto Bosch, entre 1935 y 1945. Ahí también atesora –tal vez por pocos días más– sus fotos con Alan Greenspan, el mítico ex titular de la Reserva Federal estadounidense. El ídolo de todo "golden boy" que se precie de serlo

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