El Gobierno es un tigre de papel

El Gobierno es un tigre de papel
La crisis del Banco Central desnudó al extremo la debilidad política del Gobierno, disfrazada de voluntad arrolladora. La imagen patética de un jefe de Gabinete lamentándose por los canales de televisión de su imposibilidad de encontrar a una jueza de instrucción, es la metáfora perfecta del síndrome del despoder que hoy desvela a los Kirchner.
El otrora arrollador kirchnerismo es ya un tigre de papel, o si se quiere, un gatito acorralado, muy enojado y capaz todavía de lanzar algún zarpazo peligroso. Pero un gatito al fin. Nada queda de aquel felino temible que con sólo levantar la mirada paralizaba a propios y extraños. Hoy hasta un sofisticado yuppie de la City como Martín Redrado, se les anima al cuerpo a cuerpo y los pone contra las cuerdas.

La crisis del Central vino a imprimir en blanco sobre negro la carencia que afecta por estas horas a la administración Kirchner: la ausencia absoluta de una política, de unos operadores, de unas tácticas y hasta de una disposición mental, para enfrentar la hora del declive.

Como una caricatura de lo que alguna vez fue, el kirchnerismo saca pecho y lanza decretos, sin darse cuenta que pedalea en el aire. No es que el Gobierno esté acabado, pero es evidente que llegó el tiempo de pedir permiso, por favor, y siempre agradecer. De escuchar. Nada más. Y por lo visto, no saben hacerlo.

Ya son demasiadas las hojitas que se mueven en la Justicia, el Congreso, los Medios, el Empresariado, con un viento que no es el que soplan los pulmones de la Casa Rosada. Mandonear es fácil, simplifica, pero a la vez embrutece. Y este ya no parece ser un tiempo para brutos. O dicho de otra manera, la prepotencia -en el nuevo entorno político- lo único que logra es exponer la propia debilidad.

Es una enorme muestra de autoridad echar a un presidente del Banco Central por decreto. Si se logra echarlo. Pero este fresco de Gobierno acorralado por un puñados de radicales pícaros y una jueza de primera instancia, no le hace bien a la dignidad presidencial. Hay que tener el aplomo de aceptar que en determinado momento los botones dejan de funcionar, el café llega frío y las ordenes se demoran. Es la primera señal de que llegó la hora de volver a hacer amigos, de sonreír, de restañar en la medida de lo posible, las ofensas cometidas.

El kirchnerismo no parece estar en condiciones de enrollar con prolijidad la bandera. Y lo triste es que su ánimo combativo, lejos de augurarle final épico, un ingreso homérico en la historia al estilo de Salvador Allende resistiendo con casco y ametralladora en mano, le puede deparar un sainete degradante y progresivo como las imágenes de las últimas 24 horas.

Es que aquí estamos ante una banda de pícaros que se sirven de las últimas cuotas de poder y favores que puede ofrecer un matrimonio desorientado. No hay épica, ni gloria, ni pelea política de cierto nivel.

Lo que se ve es a una Presidenta acalorada, bajo el sol abrasador del Conurbano, quitándose el pelo de la cara, sonriendo forzada entre abrazos y besos de ocasión -siempre detrás de un alambrado cuidadosamente dispuesto-, atropellando los micrófonos, para ensayar una airada respuesta a su vicepresidente, que desde el aplomo de su despacho del Senado elige entrevistas y respuestas, convoca a sesiones y sonríe, bajo el zumbido zen del aire acondicionado. No la cuidan a la Presidenta.

Es tan evidente la precariedad del poder, como la dificultad del kirchnerismo para acomodar la visión al nuevo entorno. El jefe de Gabinete se quejaba frustrado por la imposibilidad de dar con el paradero de la jueza Sarmiento. "La estamos buscando con un patrullero", alardeó, creyendo acaso que la afirmación ratificaba su condición de toro en rodeo propio y torazo en el ajeno. Cuesta imaginar un símbolo más acabado de ausencia de poder.

Corrosión de la autoridad que se extiende y agrava. En el Central Miguel Pesce y Sergio Chodos enfrentaron el motín de los trabajadores de la institución, que se negaron a ejecutar la transferencia de las reservas al Tesoro. Mientras en la calle, militantes kirchneristas marchaban contra Redrado y pintaban frentes de edificios históricos. Demasiado claro: gritos para tapar la incapacidad de hacer cumplir una orden.

Desprolijidades, trazo grueso y manchones, como el "anuncio" de la asunción de Mario Blejer, eternizado en el bochorno de una serie de semidesmentidas diarias. Impericia política hasta para garantizar algo tan simple como el ofrecimiento de un cargo.

Desorden que se intuye en un Gobierno que tuvo más reuniones de gabinete en las últimas 48 horas, que en sus seis años en el poder. Este repliegue sobre los ministros, esta necesidad de explicar, de buscar solidaridades entre hombres que hasta hace días nomás no merecían otro trato que el de empleados, es otro síntoma de la nueva realidad.

Así las cosas, todo indica que no hay política de comunicación, ni política, ni fondos, para enfrentar la etapa adversa que ya comenzó. Distintos economistas estiman que hará falta más que el fondo del bicentenario para cubrir el déficit fiscal de este año. Que se entienda bien, para "cubrir" el déficit. No para la obra pública que prometió el viceministro de Economía Roberto Felletti, que con conmovedora sinceridad reconoció que las reservas del Tesoro son para afrontar los gastos del Gobierno. "Son para incentivar la demanda", explicó en un alarde de keynesianismo al uso nostro.

En el Palacio de Hacienda le dicen a gobernadores e intendentes que "en marzo" arrancan fuerte las obras prometidas. Néstor Kirchner volvió a patear para ese mes la distribución de la pauta oficial que le había acercado su vocero Alfredo Scocimarro. Luego de repasar uno por uno a los beneficiados por la generosidad oficial, postergó su implementación.

El problema es evidente. Se terminó la plata. Todavía no se nota del todo, pero ya sucedió. Al menos para sostener el actual crecimiento del gasto al 30 por ciento. Entonces, es bastante obvio que la consigna de la hora es "Reservas o Muerte". El problema es que ya no tienen los batallones alineados, los generales brillantes y los coroneles eficientes, que en otra época opacaban el sol.

Lo que hay es bronca, frustración y desconcierto. Y más grave, lo que falta es un nuevo libretista, ahora que la trama cambió. Repetición de viejos tics que sólo augura nuevos dolores. Seguramente además del Central, en el futuro intenten avanzar sobre el control directo del Banco Nación y el Bapro. La fantasía del apoderamiento de los Tesoros, remix decadente de Horacio Massacesi, imagen cabal de una administración que perdió el rumbo.

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