Un gobierno testimonial.

Por: Silvio Santamarina.

La palabra mágica utilizada para justificar las seudocandidaturas K también sirve para describir cómo funciona hoy la política nacional. Silvio Santamarina.

En los años del alfonsinismo –que acaban de recuperar cierto prestigio ochentoso muy vintage–, ya existían las candidaturas testimoniales, pero eran de sentido inverso a las de hoy. Por lo general, las encabezaban postulantes de la izquierda intelectual urbana, que parecían una buena opción tanto para universitarios nihilistas como para profesionales acomodados con cierta nostalgia revolucionaria, que por todo compromiso votaban una lista que no tenía chances de ganar, pero que expresaba el inconformismo con los grandes partidos de entonces. Ese voto testimonial de izquierda resultó estéril o incluso contraproducente como protesta contra la ineficacia socioeconómica del sistema dominante de partidos y entonces la modalidad perdió adeptos. Los pragmáticos años 90 trajeron el "voto útil", es decir, la elección de un candidato no por afinidad ideológica sino como una manera de incidir en una puja cerrada entre líderes respaldados por los sondeos de opinión como postulantes con probabilidades ciertas de coronar. La idea era votar al ganador, más allá de las convicciones personales. A fines de esa década, se puso de moda el "voto castigo", una variante electoral que ya anunciaba el "que se vayan todos" de 2001.

La catástrofe institucional con la que la Argentina recibió el siglo XXI generó las condiciones de un regreso algo bizarro de las candidaturas testimoniales. Por voluntad o por accidente, se multiplicaron los políticos que compitieron por mandatos nunca asumidos del todo. Sin ir más lejos, el propio Carlos Menem podría considerarse como un candidato presidencial testimonial, cuando se presentó en 2003 a una elección que todos los pronósticos serios d a b a n p o r perdida. El rechazo social mayoritario que acumulaba Menem le bloqueaba su regreso al poder; sin embargo, el ex presidente se presentó igual para dejar testimonio de que, a pesar de todo, seguía siendo el postulante con mayor intención de voto. Así fue: le ganó en primera vuelta al delfín duhaldista, Néstor Kirchner. Y para no reconocer la derrota que sufriría en la segunda vuelta, se bajó del balotaje, desoyendo el mandato de las urnas, que le habían dado la primera minoría.

Años más tarde, Cristina Fernández se reveló como el primer gran experimento testimonial al frente del Ejecutivo. A la vista de todos sus compatriotas, la esposa del Presidente hizo campaña y asumió el Gobierno en Balcarce 50, aunque nunca asumió el poder, que permaneció en manos de su marido. Al principio, como es costumbre, los kirchneristas culpaban a los medios por poner en duda la autonomía real de Cristina. Con el tiempo fueron aceptando la realidad, y hoy es habitual que un ministro o secretario de Estado hable en off the record del "Presidente", sin ponerse colorado por el supuesto furcio. También reconocen que, como "Néstor está en campaña", la gestión del Gobierno está "parada hasta el 28 de junio".

Un ex funcionario K que está desencantado con el período cristinista describe el clima entre sus compañeros del Ejecutivo como de "velorio anticipado", en referencia al proceso de despoder que aqueja al kirchnerismo. "Ojalá que esto pase rápido, para que el paciente pare de sufrir", ironiza, cuando habla de la cuenta regresiva electoral. El ex funcionario sigue reivindicando a Kirchner como un "animal de gestión", pero admite que "como político, Néstor es un animal a secas". Aunque marca claras diferencias con la crisis del gobierno de Fernando de la Rúa, percibe una dinámica "anárquica" en la gestión cotidiana que evoca el desgobierno de 2001. "Hoy falta el rol ordenador de Alberto (Fernández)", concluye. El ex jefe de Gabinete también debe resolver su situación testimonial al frente de un PJ porteño que cada vez lo obedece menos: incluso sus dirigentes más poderosos están repartiendo en estos días una encuesta que deshace cualquier aspiración electoral del albertismo en el distrito. El desafío albertiano es cómo no devenir en un diagnosticador testimonial, como una especie de Chacho Álvarez del kirchnerismo menguante.

Fuera del abanico oficialista, también padecen el síndrome del testimonio. Julio Cobos está entrampado entre la oposición radical y su cargo testimonial como vicepresidente de una gestión que no comparte, mientras diseña por estas horas un plan de emergencia para ser el garante de la gobernabilidad en caso de que el matrimonio presidencial defeccione luego del 28 de junio. Gabriela Michetti argumenta que su candidatura es distinta a las K, pero se postula a un cargo que seguramente abandonará antes de tiempo para ser la sucesora de Macri en 2011. Aníbal Ibarra pasó un papelón ante las cámaras de TV cuando lo saludaron unos vecinos testimoniales, que eran en realidad punteros ibarristas camuflados. Todo es ficción.

Por eso, oficialistas y opositores coinciden en diagnosticar una crisis del sistema de representación. Desde la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni planteó que "el presidencialismo está agotado". Los kirchneristas hablan ahora de que el 28 de junio buscan un "voto de confianza", expresión propia de las democracias parlamentarias europeas. Y el constitucionalista Félix Loñ disertó esta semana en la fundación duhaldista Movimiento Productivo Argentino sobre "Presidencialismo y parlamentarismo". ¿Cuánto cotizará una Constitución argentina en eBay.com?

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