El Gobierno pulsea con el campo aunque le teme al "efecto Brasil"

Por: Eduardo van der Kooy

Todo resulta absolutamente previsible en la prolongada y tediosa confrontación entre Cristina y Néstor Kirchner y los dirigentes del campo. El Gobierno anunció la emergencia agropecuaria un día antes del encuentro de la Mesa de Enlace con el secretario de Agricultura, Carlos Cheppi. Después de la reunión de ayer la Mesa de Enlace comunicó que las medidas oficiales son "totalmente insuficientes" debido a la gravedad de una crisis alimentada también por una sequía implacable.

Entre tanto desacuerdo se podría llegar a una coincidencia. La Argentina está condenada a vivir, al menos durante este año, con la vieja pelea entre uno y otro bando.

Los Kirchner suponen que la dirigencia agraria forma parte sin disimulos del arco opositor. La oposición intentará golpear al oficialismo en las legislativas de octubre. Los dirigentes del campo, sean de la Sociedad Rural o de la Federación Agraria, están persuadidos de que ningún cambio político de fondo será posible si no varía la relación de fuerzas políticas entre el oficialismo y la oposición. Como el matrimonio presidencial, también apuntan a octubre.

La estrategia kirchnerista asoma, por el momento, más pulida. El Gobierno bajó algunos decibeles los tonos de discusión con el campo que, el año pasado, le valieron mareas de antipatía popular. Aunque siempre alguna liebre se suelta: el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, afirmó que el campo debería estar de "festejo" por la emergencia agropecuaria. Los instó también a volver a trabajar a sus campos. El cuidado habitual de Cheppi, de Sergio Massa o de Débora Giorgi, la ministro de la Producción, pareció enterrada en un santiamén.

El Gobierno viene metiendo desde hace rato una cuña en la Mesa de Enlace. Una de las decisiones de la emergencia resultó, en ese sentido, transparente. La resolución que suspende las llamadas cartas de porte significarán un duro golpe político y económico para la Federación Agraria. Representan, más o menos, el 40% de su presupuesto. Pero podrán significar, a la vez, un alivio para las restantes entidades. De hecho, sólo la FAA salió a cuestionar, en forma puntual, esa medida. Las demás se arroparon en las críticas generales que mereció la declaración de la emergencia.

Basta con repasar dos nombres para comprender la lógica oficial. Eduardo Buzzi fue en otro tiempo un socio del Gobierno: ahora navega entre el peronismo disidente y sectores de la centro-izquierda. Alfredo De Angeli fue un activo promotor de los cortes de ruta del año pasado. Un dirigente que, también, fue envuelto por cierta aureola de popularidad y que anda en tratos discretos con la coalición que comanda Elisa Carrió.

En ese mismo espacio político no están todavía ni la Sociedad Rural ni CRA. Es la ventaja objetiva de la cual dispone aún el Gobierno. Pero no existen dudas de que en octubre ambas entidades, desde un sitio diferente a la FAA, también buscarán debilitar la posición kirchnerista.

La Mesa de Enlace tiene ahora acotada su estrategia como no la tuvo cuando despuntó este conflicto. Buzzi y De Angeli, en especial, insisten en que pasando el verano volverían las protestas en las rutas y, tal vez, hasta los cortes. Pero la mirada pública no sería tan complaciente.

Las crisis internacional y doméstica han provocado una retracción social. Una conducta similar a la que se observa en otros rincones del mundo. Hay una tendencia natural a querer evitar las peleas y las agitaciones porque nadie tiene certeza -ni la dirigencia, ni los expertos económicos-- sobre hasta qué profundidad progresará la crisis. Los despidos masivos son moneda corriente en grandes corporaciones europeas. Las noticias sobre la economía de los Estados Unidos siguen siendo malas. Retrocede el consumo. Cae el valor de las viviendas. Sólo la esperanza política que desató la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca amortigua tanto infortunio.

El Gobierno de Cristina no se fija tanto en lo que sucede con los números de Washington como en las novedades cotidianas de Brasil. Los Kirchner se jactaron siempre de que la distancia de la Argentina con los mercados internacionales era el mejor escudo para protegerse de la crisis. Cierto. Tanto como que los avatares económicos y laborales en Brasil determinarán el sufrimiento en nuestro país.

"Estamos frente a un trimestre preocupante", declaró Lula. La fuga de capitales no cesa en Brasil y la inyección monetaria del Gobierno (50 mil millones de dólares) no alcanza para quitarle freno a la economía.

Ayer mismo la Secretaría de Comercio Exterior impuso fuertes restricciones al 60% de los productos que ingresan al país. La balanza comercial está en un tobogán.

El gobierno kirchnerista mira a la industria automotriz del vecino. Y no se alegra. La producción automotriz en Brasil registra el retroceso más importante en 13 años. Una caída que oscila en el 34%.

La Argentina también tiene un descenso importante en la venta y producción de vehículos. La Asociación de Fábricas de Automóviles la ubica en el 35%. El parque automotriz dispone todavía de un stock que, con viento a favor, podría ser liquidado recién en marzo o abril.

Pero los vientos no soplan favorables. El plan de los autos económicos promovido por Cristina no arranca. Hay mucha cautela en los compradores porque, aún más baratos, significan una erogación fuerte en tiempo de estrecheces e incógnitas.

La retracción del mercado interno brasileño tampoco ayuda. Buena parte de la producción local se exporta a aquel país. Cifras privadas indican que sólo en diciembre se habrían perdido en Brasil unos 700 mil puestos de trabajo.

La suerte de los Kirchner parece entonces más atada a Brasil que a la vieja camorra con el campo.

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