El gobierno es el problema del Gobierno.

Por: Joaquín Morales Solá.

Un muro es siempre una metáfora de distancias e impotencias. Un inconcebible muro físico cayó en San Isidro. Otro muro, menos visible y más definitivo, se está levantando entre los dirigentes que gobiernan y la sociedad gobernada. Funcionarios que serán candidatos. Candidatos a legisladores que nunca serán legisladores. Puras maniobras de hombres y de estructuras, todos muy lejanos de las impaciencias colectivas.

Sólo un notable aislamiento puede explicar que el poder haya concebido a los candidatos como el problema y la solución de una elección virtualmente perdida. Eso puede suceder cuando la derrota le es anunciada a la oposición. El gobierno tiene, en cambio, políticas y gestión, que son las que la sociedad evalúa cuando usa las urnas.

El kirchnerismo planteó las elecciones de junio como un plebiscito, y esa palabra la han adoptado hasta los propios y pocos parroquianos de Olivos. Hugo Chávez ha sido, hay que reconocerlo, más claro y honesto. Siempre propuso un plebiscito en los términos de un plebiscito: sólo se lo gana con el 50 por ciento de los votos. Perdió una vez, cuando sacó el 48 por ciento de los sufragios y reconoció la derrota.

En cambio, la campaña kirchnerista se hará, según todo lo indica, con el discurso de un plebiscito. Discurso y campaña, nada más. ¿O en la noche del 28 de junio no volverá a ser lo que es, una simple elección de mitad de mandato? ¿Kirchner no se declarará vencedor, acaso, con sólo un 35 por ciento de los votos, si es que llegara a ese porcentaje? Plebiscito o elección. Cualquier cosa da lo mismo.

La última noción de institucionalidad ha quedado sepultada por una retórica de crisis, según la cual todo estaría permitido por la excepcionalidad de una dramática situación nacional e internacional. Un gobierno sin gobernabilidad es un peso muerto , se encrespó Daniel Scioli, después de empaparse en la tormenta de críticas que recibió. Scioli ratificó el viernes que será candidato a diputado.

Mucho menos lírico, Néstor Kirchner comprobó antes dos peligrosas situaciones prácticas. Una de ellas es que los intendentes del estratégico conurbano estaban colocando candidatos en las dos listas peronistas: la de Kirchner y la de De Narváez y Felipe Solá. La otra es que el nombre del ex presidente sólo arrastraba entre un 32 y un 35 por ciento de voluntades en el segundo cordón, donde habitan los bonaerenses más pobres. Hasta sus más cercanos encuestadores le habían advertido de que ahí, en el segundo y más poblado cordón, Kirchner debía alcanzar al 50 por ciento de los votos. Es la única manera de compensar una derrota limpia en el primer cordón y un fracaso estrepitoso en el interior bonaerense.

Otro bloque de votos tan importantes como el conurbano ya está perdido. Es el que integran los distritos de la Capital, Santa Fe y Córdoba. El congreso peronista de Santa Fe decidirá el próximo viernes su estrategia electoral. ¿Resultado? Aquí todo lo que huele a kirchnerismo espanta a la gente , dijo uno de sus principales dirigentes. El jefe político de ese peronismo, Carlos Reutemann, ya ha tomado distancias insalvables de Kirchner.

El peronismo de Córdoba se le sublevó a Kirchner con la elección de Eduardo Mondino, viejo antikirchnerista, como candidato a senador nacional. Mendoza ha caído en manos del adversario, y Entre Ríos vacila entre el peronismo gobernante y la oposición del radicalismo y la Coalición Cívica. En ese puñado de seis distritos vive el 75 por ciento del electorado argentino. ¿Qué es todo eso, sino la definición de una derrota?

El problema de Kirchner es que su última orden no está siendo obedecida. El gobernador salteño Juan Manuel Urtubey se hizo a un lado en el acto; el chaqueño Jorge Capitanich está pensando si acatará o no, y el sanjuanino José Luis Gioja se abrazó a las instituciones y al cumplimiento de su mandato. Todos ellos estaban al lado de Kirchner hasta hace pocos meses. Otros gobernadores, menos comprometidos con el kirchnerismo, ya han decidido la desobediencia. Quizá no haya habido "presiones", como asegura el Gobierno, pero dos de esos mandatarios confirmaron que fueron "invitados" a ser candidatos.

La peor novedad le vino a Kirchner desde el conurbano: Hugo Curto, interminable caudillo de Tres de Febrero, adelantó que él está ahí para ser intendente y no candidato. Curto es un antiguo dirigente sindical con importante influencia entre los barones del conurbano. Tres concejales de Curto ya están con De Narváez y Solá. Muchos podrían tomar el ejemplo de su indisciplina.

El problema no son los candidatos, sino el Gobierno. Nunca se hubiera necesitado presionar sobre las instituciones si una clara mayoría social estuviera de acuerdo con la administración. Es lo que no está sucediendo desde hace rato con el kirchnerismo.

Debe puntualizarse, de todos modos, que las instituciones son una responsabilidad de todos y no sólo de los que gobiernan. La reflexión viene a cuento por el choque verbal que hubo entre el ministro del Interior, Aníbal Fernández, y el vicepresidente Julio Cobos. Fernández llamó "sinvergüenza" a un gesto de Cobos, entre otros agravios. No es manera de tratar a un vicepresidente en una república en serio. Fernández debe respetarlo. Pero ¿puede Cobos liderar una oferta electoral opositora siendo el vicepresidente de la Nación? Una cosa es pertenecer a una corriente política y otra es liderarla. Cobos también está forzando sus propios límites institucionales.

El gobierno es el problema del Gobierno, en efecto. Los aumentos de las tarifas de servicios públicos, luz y gas, sobre todo, saquearán los bolsillos de los argentinos. ¿Por qué? Porque todos los argentinos deberán solventar las importaciones de gas por la falta de inversión local. Punto. Kirchner se negó siempre a ver ese conflicto inexorable.

Incluso el problema de las tarifas subsidiadas estuvo en el origen del conflicto entre el Gobierno y el campo. Hace más de un año, altos funcionarios de entonces le plantearon al matrimonio presidencial una dura opción frente a la necesidad de terminar la fiesta: o se acababan los subsidios al consumo de servicios públicos o el Estado debía aumentar sus ingresos. Hay que aumentar los ingresos , dictaminó Kirchner. Cúmplase, pero ¿de dónde saldría el dinero para ese aumento de la recaudación? Kirchner hurgó hasta que encontró la veta: sería la soja, entonces con muy buenos precios internacionales. Nunca volvió atrás.

Bienes argentinos han sido embargados en Francia. La Argentina tiene en default nominal, desde hace ocho años, unos 28.000 millones de dólares entre los holdouts y el Club de París, que podrían ser mucho menos. Si se le aplicara a los holdouts la quita de los bonistas que ingresaron en el canje en 2005, la cifra de 20.000 millones de dólares se achicaría a poco más de 4000 millones. La deuda caída con el Club de París, la que ya venció, es de unos 4500 millones de dólares, aunque el total es de cerca de 8000 millones. Una deuda de unos 8500 millones de dólares es manejable para la Argentina, pero nada se hizo en tantos años de desafíos al mundo y de aislamiento internacional.

El gobierno se distrae hasta de la plaga del dengue. Es conmovedora la soledad de la ministra de Salud, Graciela Ocaña, sometida al primer informe senatorial de un ministro del kirchnerismo, desprotegida por el kirchnerismo. No seré candidata en medio de una crisis sanitaria , adelantó Ocaña, tratando de escapar del muro entre la sociedad y el Gobierno.

El mejor nombre para plebiscitar el kirchnerismo es Kirchner. ¿Por qué ordenó incluir a gobernadores e intendentes? Tal vez para probar inciertas lealtades, aun a cambio de que la sociedad termine eligiendo a escondidos suplentes. Una democracia más devaluada aún es el precio de semejante salto al vacío.

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