Un gobierno con plata pero más débil

El caso Redrado es impactante, en un comienzo de año arrollador. Pleno de dudas y vacilaciones institucionales, acumula rechazos por izquierda y por derecha contra el gobierno de Cristina. Las provincias, mayormente silenciosas, anhelan una tajada de los 6.500 millones de dólares de reservas. La firmeza sobreactuada del gobierno puede ser a la postre un boomerang.
El escenario político nacional reafirma la característica que se preveía para el año, tras el impactante caso Redrado: máxima y permanente tensión institucional entre los poderes del Estado, sospecha vitalicia de conjuras políticas a favor y en contra de los Kirchner.

Para el caso de provincias como Neuquén y Río Negro, solo puede esperarse un prudente silencio institucional algo cómplice con el poder central, o en todo caso, alguna declaración leve: de los 6.500 millones de dólares que el gobierno le manotearía a las reservas, algo caería para este lado aunque sea indirectamente, como por ejemplo, en el tema Chihuido.

Un año que comienza con semejante tormenta será, sin embargo, altamente imprevisible, más allá de que puede pronosticarse tensión, pelea, y –ojala no sea así- posible violencia. Los Kirchner pagarán el costo político de su demostración de "gobernabilidad", porque echar mano a los decretos cuando de por medio debería estar el Congreso es un camino de cornisa donde cualquiera puede desbarrancarse; pero la oposición puede equivocarse también si acentúa su rol quejoso sin resultados prácticos: el pueblo argentino desprecia a los llorones tanto como a los autoritarios.

La oposición, en esta coyuntura, es unánime pero no en los argumentos, sino en el objetivo. Se ve otra vez el fenómeno que suelen despertar los gobiernos que ya no se respetan: tanto la izquierda más revolucionaria como la derecha más conservadora se observan, desconfiados, en la misma vereda.

La izquierda no quiere que se usen reservas para pagar deuda pública (ya se sabe, a los usureros de la banca internacional no se les paga); el centro y la derecha no quiere que se usen reservas por decreto, y dice además que la plata irá a parar (como es probable) a obra pública y prebendas varias con fines electorales en un momento peligroso de desequilibrio en las cuentas públicas, por exceso de gastos.

Los argumentos institucionales son fuertes: es cierto que este gobierno de Cristina Fernández, en el afán de demostrarse a sí mismo peronista y resuelto, le pasa por arriba a las delicadas leyes de la República. No será la primera vez, ni la última.

Pero también es cierto que esta vez, este arrebato de ejecutividad, que vuelve a acentuar malamente una exagerada autoridad presidencial en Argentina, puede resultar un boomerang para el gobierno de Cristina Fernández.

Es que Martín Redrado puede quedar como el héroe de la película, el rebelde que (más vale tarde que nunca) se animó a enfrentar al poder omnipotente, una especie de Julio Cleto Cobos más fashion, del que por los menos algunos sectores de la oposición al oficialismo podrán sacar rédito.

Es decir, el gobierno tal vez logrará quedarse con los más de 6.500 millones de dólares de ese dudoso tarro que contiene los "ahorros" malversados de los argentinos. Tal vez pueda sostener sus alianzas con los gobernadores en función de asegurar dineros que de otra manera –dirá el gobierno- no hubiéramos tenido.

Pero, así como Cobos puso una bisagra, Redrado entreabrió ahora la puerta. Por esa hendija comenzarán a entrarle balas a un gobierno cada vez menos blindado, más inseguro, porque debe recurrir a la enormidad de los gestos ante que a los tranquilos caminos institucionales.

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