Un Gobierno que pierde las chavetas

Por: Eduardo van der Kooy

Crece el ambiente de intimidación política. Los Kirchner están obsesionados con la prensa como lo estuvieron con el campo. El megaoperativo de la AFIP en Clarín formó parte de aquella obsesión. Pero nadie se hizo cargo en el Gobierno. La oposición intenta agruparse.

Muchos legisladores del oficialismo viven atemorizados. Cuando deben hablar de algún tema sensible prefieren hacerlo en forma personal o a través de un teléfono fijo. Desconfían de los celulares, a juicio de ellos -y de muchos ciudadanos- perforados por los sistemas de inteligencia. Hay legisladores, incluso, que reciben todas las semanas mensajes intimidantes en nombre de Néstor Kirchner. Nunca logran saber si son sólo obra de los mismos mensajeros o, de verdad, remitidos desde Olivos.

Uno de esos legisladores hizo revisar días pasados su despacho del Congreso. Hasta ordenó que fueran descolgados todos los cuadros. ¿Por qué razón semejante paranoia? Porque un día atendió su celular y escuchó, textual, una conversación suya con un dirigente opositor que 48 horas antes había transcurrido en la oficina. Más senadores y diputados de los que se confiesan están en estos días trabajando en un clima desagradable, de aprensión.

Los Kirchner están ahora mismo obsesionados con el periodismo. Quizás con la misma intensidad que durante un año y medio le dispensaron al campo. El ex presidente parece, en ese sentido, más perseguido que Cristina. Trata de averiguar a través de su portavoz, Alfredo Scoccimarro, la rutina de agenda de cada ministro. Suele enojarse si descubre alguna audiencia a un hombre de medios de comunicación. Impartió órdenes estrictas de que no haya contactos con determinados periodistas, en especial de Clarín.

Los ministros que se animan a hablar con la prensa ya no agendan esas reuniones. Y las concretan afuera de sus lugares de trabajo. En general, distantes del microcentro porteño. Aquellas directivas del ex presidente tienden a acentuar un rasgo característico del Gobierno de los Kirchner: el encierro, el aislamiento.

Ese estado, a lo mejor, ayudaría a explicar el operativo que la AFIP practicó la semana pasada en Clarín. Un operativo que tuvo de todo: un inconfundible espíritu intimidatorio, pero también un procedimiento grotesco, capaz de empequeñecer algunas de las recordadas escenas que en su carrera filmaron Dino Risi o el célebre napolitano Totó.

Entre la comedia y la tragedia suele distar muchas veces apenas un paso. La impresión final que quedó es la de una administración de Estado que se asomaría a la descomposición. ¿Cómo se explica, si no, que el responsable de la AFIP, Ricardo Echegaray haya asegurado en una carta pública que ni dio la orden ni estaba al tanto de esa actuación?

¿Cómo pudo ser que casi 200 empleados participaran del operativo sin su consentimiento? Pueden haber ocurrido dos cosas: o Echegaray retrocedió no bien se percató de la desmesura y la mala repercusión pública, o carece del control debido sobre el organismo que comanda. En cualquier caso, se tendría que haber ido.

Echegaray se manifiesta siempre un hombre fiel al matrimonio Kirchner, pero recalca que su vínculo cotidiano de gestión es con la Presidenta. "Sólo ella me da órdenes", repite. No hay constancia de que Cristina haya dado, en ese aspecto, ninguna instrucción.

¿Quién pudo haberla dado, entonces? La tesis de un supuesto boicot contra el Gobierno esbozada por Aníbal Fernández suena risible. Hace bastante que el jefe de Gabinete pone su rostro adusto y su bigote boscoso para decir cosas poco serias.

La AFIP es un organismo de más de 22 mil empleados cuyos estamentos clave fueron progresivamente ocupados por burócratas kirchneristas. Esa mayoría disciplinada, que se sepa, responde a Echegaray. Un proceso que el ahora titular de la AFIP inició desde la Aduana en los tiempos de Alberto Abad y que constituyó uno de los motivos que dispararon su alejamiento.

Es cierto que Echegaray mantiene una pelea interna con Guillermo Moreno, a quien le aconsejó varias veces que renuncie. Pero la influencia del secretario de Comercio en la AFIP es muy relativa. La envergadura del procedimiento en Clarín, similar al que se realiza en comercios de un barrio entero o en la actividad pesquera en Mar del Plata, no pudo realizarse sin una orden política de mucho peso. O esa orden la dio Echegaray, más allá de su desmentida, o la dio a sus espaldas Kirchner.

¿Por qué razón el desboque del ex presidente? Porque nada le molesta más todos los días que las malas noticias sobre su Gobierno. Sobre todo si las difunde Clarín. Y en esa obnubilación no alcanza a mensurar la repercusión de sus palabras y sus gestos. Muchos diputados oficialistas quedaron perplejos por el operativo fiscal en Clarín y su primera reacción no pareció acoplarse con los planes de los Kirchner.

Un grupo de aquellos legisladores estaba por firmar una declaración para que el diputado Francisco De Narváez se abstenga de participar en el debate sobre la ley para controlar a los medios. El diputado bonaerense es accionista del grupo América y se opone al proyecto. Los legisladores desistieron del propósito aunque con seguridad lo cumplirán cuando vuelva la marea de presiones desde Olivos.

Kirchner está encima de ese trámite. No quiere repetir la misma frustración de la resolución 125. Agustín Rossi, el jefe del bloque del PJ, fue autorizado a mostrarse concesivo para atraer a votantes potenciales: admitió discutir la incorporación de las empresas telefónicas al mundo de la televisión por cable (colocando un plazo de entre 3 y 5 años para hacerlo) y la conformación de la autoridad de aplicación de la norma que se vaya a sancionar.

El ex presidente confía que el proyecto sorteará Diputados sin que afecte en la médula el futuro control de los medios y la participación de los Kirchner en el armado de un nuevo grupo de comunicación. El camino será, tal vez, más pedregoso en el Senado. El problema no sólo consiste en la mayor paridad de votos que existe allí con la oposición. Es tanto el equilibrio que Kirchner no dudó en tender puentes con Carlos Menem. El temor para el matrimonio radica en el comportamiento que pueda caberle a Julio Cobos.

El vicepresidente se pronunció en contra del proyecto y a favor de un debate que no tenga apuros. Los Kirchner los tienen: desean la ley contra los medios antes de diciembre, cuando cambiará la composición del Congreso en sintonía con los resultados electorales del 28 de junio.

Cobos está volviendo a convertirse en una sombra espesa para los Kirchner. El ex presidente bramó cuando supo de su reunión del jueves con los opositores. Bramó más todavía no bien se enteró de que Carlos Reutemann y Felipe Solá habían intervenido en el tejido de la trama.

El vicepresidente fue prudente en sus palabras, como acostumbra serlo. Les dijo a Mauricio Macri, a De Narváez y a los dirigentes radicales que desearía que el proyecto se discuta en varias comisiones parlamentarias y en algunos foros que se realicen por el interior. Pero que no tiene intención de que el tratamiento de la ley contra los medios se dilate indefinidamente: se podría votar antes o después del recambio en el Congreso.

La jefatura del Senado kirchnerista prevé reclamarle a Cobos el derecho a elegir las Comisiones a las cuales será remitido el proyecto oficial. Podría hacerlo con una simple votación por mayoría en el recinto. Pero no podrían cercenarle al vicepresidente, en cambio, las facultades de las audiencias públicas. Allí está la encrucijada para los Kirchner.

La ley contra los medios debe aún recorrer un tramo en Diputados, pero Kirchner ya lanzó su embestida contra Cobos. Las voces obedientes de Aníbal Fernández, Rossi y Alberto Balestrini, el vicegobernador de Buenos Aires, se hicieron escuchar. Los apretones contra José Pampuro también: el ex presidente maquina algún ardid para que el vicepresidente del Senado administre en lugar de Cobos el trámite del proyecto oficial.

La oposición está dispuesta a no permitirlo. En esa oposición también está agazapada una parte del peronismo. La estrategia gira alrededor de Reutemann: con él dialogaron, por separado, Solá y De Narváez. La disidencia piensa en esta transición pero también en el tiempo político después de diciembre. "Hay que actuar codo a codo", coincidieron Solá y el senador santafecino.

¿Qué significaría? Que el PJ disidente debería comportarse en consonancia con los partidos de la oposición. Y que si el kirchnerismo siguiera ahora con su paso avasallante plantearían una batalla casi decisiva: que las presidencias de Diputados y el Senado pasen a manos de la mayoría, que será el arco opositor, en vez de dejárselas a la primera minoría, según reza la tradición.

Solá y Reutemann apuntaron también a un futuro no tan inminente. La necesidad de empezar a generar en el PJ alguna alternativa electoral. "Kirchner se va a llevar puesto a todo el peronismo y ganará Cobos", pronosticó Reutemann.

Al ex presidente le importa muy poco eso. Golpea y avanza: si sale la ley contra los medios iría por la estatización de algunas grandes empresas. En esa marcha va incubando enconos y resentimientos políticos, sin reparar que podrían volverse en su contra cuando el fin de la transición marque también, tal vez, el final de sus abusos.

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