El Gobierno parece metido en un pozo

Por: Eduardo van der Kooy.

Los sucesivos errores de los Kirchner fogonearon esta crisis. Como escape, el matrimonio cubre esos errores denunciando un gigantesco boicot. La oposición aprieta pero no define. Redrado se terminará yendo con un capital impensado. La confianza externa sigue en baja.

Gastar el tiempo denunciando conspiraciones que no existen o convirtiendo hasta las sombras en enemigos políticos no parece sólo un error de Cristina y Néstor Kirchner: es también un gesto inútil, ilustrativo quizá del extravío que padece en este tiempo su Gobierno.

La política kirchnerista ha ingresado en un curso caótico e impensado. Los Kirchner tuvieron un fin de año destemplado cuando la oposición hizo valer con demora en el Congreso los resultados de las elecciones de junio. Ese mazazo político abrió grietas en el peronismo e incidió en el ánimo de la tropa oficial.

El matrimonio presidencial amagó con una tregua que sus propias decisiones quebraron. Habían diseñado una estrategia para esterilizar al Congreso, por lo menos hasta marzo, y eludir los inevitables sobresaltos que le auguran su minoría en Diputados y la virtual paridad en el Senado. Dos decretos, el de la creación del Fondo del Bicentenario para manotear US$ 6.569 millones de reservas y el de la todavía frustrada remoción de Martín Redrado como titular del Banco Central, devolvieron a los Kirchner al peor de los mundos.

Esos mundos hostiles son varios. El Congreso, con preeminencia opositora, se ha convertido en una sorpresiva referencia política del verano. La fatiga parlamentaria del kirchnerismo es evidente, más allá de las simulaciones de los jefes de sus bloques, Agustín Rossi y Miguel Pichetto. Las discordias en el Gabinete circulan como un terremoto reprimido, aunque los dedos apuntan, casi con unanimidad, a la figura de Amado Boudou. Se sindica al ministro de Economía como el responsable del desaguisado en que quedó sumido el Gobierno por su afán de hallarle una salida de emergencia, con el Fondo del Bicentenario, a los números de la macroeconomía que el mundo otea con desconfianza. Boudou es responsable, sin dudas, aunque no sería el único.

Pero las críticas se derraman sobre él. Aníbal Fernández se cansó de estar solo en el centro de la escena tratando de capear, con su estilo rústico, el vendaval político que detonaron los sucesivos errores del Gobierno. Boudou debió calzarse también el traje de fogonero que no la cae nada bien.

Los Kirchner venían últimamente de refriega en refriega con la Justicia, sobre todo con la Corte Suprema. Han obrado con la jueza María José Sarmiento, que congeló el desplazamiento de Redrado y cuestionó el uso de reservas para el pago de la deuda, como elefantes dentro de un bazar.

Añadieron una buena e innecesaria cuota de nuevos enemigos en el Poder Judicial. Los Kirchner generaron esta convulsión de dimensiones colosales en la búsqueda de confianza externa para lograr financiamiento y hacer más llevadero un año complejo. Algo no funciona bien en el olfato o en los cálculos de la pareja: están logrando hasta ahora resultados exactamente inversos a los que dicen perseguir. Si en la Argentina no se comprenden sus conductas y estrategias políticas, en el mundo muchísimo menos. No sólo lo indican los comentarios de la prensa de naciones poderosas: cosas parecidas han podido recogerse, incluso, en modestos medios de Centroamérica.

Kirchner se había cuidado en su época, cuando saldó la deuda con el FMI, de establecer una división jurídica y política entre el Banco Central y el Estado. De allí que su DNU de aquel momento fue acompañado por un proyecto de ley que avalaron ambas Cámara del Congreso. El Estado le entregó además bonos de garantía al Central.

Ahora no existió tal proyecto -tampoco las garantías- porque el kirchnerismo carece de las mayorías parlamentarias necesarias y siempre es reacio a cualquier negociación. El DNU que lanzó la Presidenta borró además con desaprensión aquel límite entre el Estado y el Banco Central. El juez neoyorkino, Thomas Griesa, que acciona a pedido de los "fondos buitre", se valió de ese decreto y de varios equívocos de Aníbal Fernández ("La que toma las decisiones es la Presidenta, no el presidente del Banco Central", proclamó) para embargar una tajada de reservas argentinas en el exterior. El posterior levantamiento de ese embargo apenas serviría de consuelo: el daño internacional fue hecho y el Gobierno deberá remontar una cuesta empinada para que el nuevo canje de la deuda que ha propuesto pueda resultar satisfactorio.

Boudou fue desde que llegó al Gobierno un entusiasta impulsor del regreso de la Argentina a los mercados financieros del mundo. Ese entusiasmo burbujeante lo dejó varias veces pedaleando en el aire -la negociación con el Club de París- por la renuencia de los Kirchner. Pero el diseño político y jurídico de los decretos que abrieron la crisis reconoció otros autores. El matrimonio, desde ya. También Carlos Zanini.

El secretario Legal y Técnico fue casi siempre un funcionario riguroso. Tuvo protagonismo cuando Kirchner resolvió cancelar la deuda con el FMI. Cuidó de resguardar aquella división entre el Estado y el Central y participó de las reuniones para convencer a un Redrado también, por entonces, remiso a la utilización de las reservas. Zanini acaba de derrumbar su propia obra.

Cristina involucró a los fondos buitre en un hipotético boicot en el cual metió también a Julio Cobos, a la oposición, a Redrado, a la Justicia y a los medios de comunicación. Los fondos buitre son lo que han sido siempre. Usufructuadores de las crisis o las decadencias en países, por lo general, con graves deficiencias económicas, institucionales y políticas. Esos fondos buitre eran hace pocas semanas llamados amablemente por los Kirchner "bonistas" o "holdouts". Tampoco pareciera trascendente discernir si esos fondos -como parangonó Cristina- se asemejan a las ratas. A esos buitres o a esas ratas sólo han vuelto a alimentarlos los errores del Gobierno.

Los Kirchner teatralizan aquellas supuestas amenazas conspirativas, aunque esa actuación los distrae o los aleja del problema sustancial que trasunta la crisis: la ausencia de una solución cercana.

El matrimonio exploró un sendero pero se replegó aterrado. ¿Qué sendero? La alternativa de que el DNU con el cual se pretendió remover a Redrado del Banco Central recibiera la bendición del Congreso. La ley de los DNU tiene una particularidad que, en algún momento, la oposición y hasta el peronismo disidente quisiera discutir: basta con la aprobación de una Cámara para que sigan vigentes. Para rechazarlos hace falta la concordancia de Diputados y el Senado.

A mitad de semana los Kirchner congregaron en Olivos a los principales legisladores del oficialismo. Eduardo Fellner desestimó que la Cámara de Diputados pudiera ser una pista de ensayo porque el oficialismo está en clara minoría. Los análisis rumbearon, entonces, hacia el Senado. Pichetto pensó en otra apuesta riesgosa como en su momento fue la resolución 125, que terminó muy mal para los Kirchner. Y tiró sobre la mesa un dato decisivo: la actitud del peronista pampeano Carlos Verna, que se ha solidarizado con la oposición en este conflicto con el Banco Central. Tampoco en el Senado el Gobierno la tiene sencilla.

Ese debate concluyó cuando Kirchner impuso una opinión terminante: "Abrir el juego al Congreso sería lesionar la autoridad de Cristina", afirmó. Su esposa estuvo de acuerdo y la opinión de ambos fue apuntalada por Zanini. El secretario Legal y Técnico opina poco, pero lo hace siempre para sostener los criterios de sus jefes. Ese trío ha quedado como residual de un sistema de decisiones un poquito más amplio que, en otros tiempos, supo conocer el kirchnerismo. Hay funcionarios que entran y salen de ese núcleo, como Boudou o Aníbal Fernández. Pero Zanini permanece.

Aquel criterio del ex presidente fue el que cerró también las hendijas que habían intentado abrir kirchneristas y radicales. Pichetto y Nicolás Fernández oyeron la propuesta de canjear el sillón de Redrado por un llamado a sesiones del Congreso para discutir el decreto del Fondo del Bicentenario: "Imposible. Néstor y Cristina nunca aceptarían eso", replicaron. La crisis sigue sin salida.

La oposición tampoco logra encontrarla, más allá de las incomodidades que le provoca a los Kirchner. La oposición flamea ante la primera brisa. Elisa Carrió acusó a los radicales de querer pactar con el Gobierno. "Nosotros no hacemos política en la playa. Hay una crisis y buscamos formas de superarla. La primera condición que ponemos es discutir el DNU para la utilización de la reservas", explica el jefe radical, Ernesto Sanz.

Los peronistas disidentes están cerca de Carrió. "No es momento para negociar la cabeza de Redrado. Sería una pésima señal para la Justicia", opina Graciela Camaño.

Las críticas de Carrió también envolvieron a Cobos. Los Kirchner han prometido hacerle la vida imposible al vicepresidente. Creen que, como sucedió con la 125, su mano está también detrás de Redrado. Cobos demandó la solidaridad radical por el embate kirchnerista. Los radicales dicen que ese embate servirá para probar la verdadera piel de candidato que tiene el vicepresidente. Su rostro, más que sus palabras, trasunta que no se siente a gusto en medio de tamañas turbulencias.

Los Kirchner esperan que el ímpetu opositor se vaya consumiendo en el caldo de sus propias disidencias. Y juegan sus recursos postreros, políticos y materiales, a que alguna instancia superior de la Justicia autorice la disponibilidad de las reservas, tumbe a Redrado, y les permita salir de la fosa que ellos mismos se cavaron.

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