Gobierno omnipresente, Estado ausente

Por Silvio Santamarina.

Los últimos episodios del intervencionismo oficialista sugieren que el estatismo K es en realidad una pantalla para justificar la personalización de los recursos públicos y privados en beneficio del proyecto kirchnerista, en detrimento del rol contenedor, arbitral y benefactor que debería ejercer un Estado presuntamente solidario, nacional y popular.

Esta semana hubo una chance para la reconciliación nacional. Y todo gracias al Gobierno, que le ha tendido una mano cariñosa a su viejo adversario, Carlos Saúl Menem, aquel que derrotó a Néstor Kirchner en primera vuelta pero tuvo que renunciar a la segunda porque más del 70% de los argentinos lo rechazaban. Ahora que Kirchner padece el mismo nivel de desaprobación popular en las encuestas que Menem, el jefe de Gabinete recordó su "simpatía" y "afecto" por el caudillo riojano. Las malas lenguas rumorearon que el gesto de amistad política era, en realidad, un manotazo K para sumar votos a favor de su ley de medios, teniendo en cuenta que el menemismo se quedó con la sangre en el ojo por lo que considera una traición de Clarín que incluso habría empujado al ex presidente hasta la prisión. Esa coincidencia con el kirchnerismo y la común aspiración de armar multimedios afines para reemplazar al del "gran diario argentino" alentaron las suspicacias. Pero no. Menem ya emitió un comunicado en el cual aclara que, aunque sostiene la necesidad de cambiar la ley de radiodifusión y de terminar con los monopolios, no apoya el proyecto de ley oficial. Para colmo, luego del papelón internacional por la burda razia impositiva protagonizada por cientos de inspectores de la AFIP que coparon algunos medios de comunicación de manera sincronizada, a Cristina se le ocurrió diferenciarse de la ley mordaza de la era menemista proponiendo la eliminación del delito de calumnias e injurias, un insistente ruego de los intelectuales progresistas que bancan –o son bancados por– la Casa Rosada. Una pena: Menem y Kirchner tienen suficientes puntos de semejanza como para formar equipo, sin contar a Scioli y otros paralelismos obvios que ya fueron enumerados por los críticos de ambos.

Hay un punto de encuentro entre el menemismo y el kirchnerismo que suele soslayarse: el Estado ausente con un gobierno omnipresente. Por un malentendido ideológico, se supone que Néstor está del lado del Estado y Menem del bando achicador del Estado. Pero los últimos episodios del intervencionismo oficialista sugieren que el estatismo K es, en realidad, una pantalla para justificar la personalización –o la apropiación– de los recursos públicos y privados en beneficio del proyecto de poder kirchnerista, en detrimento del rol contenedor, arbitral y benefactor que debería ejercer un Estado presuntamente solidario, nacional y popular.

Un ejemplo de esta paradoja –Gobierno activo, Estado pasivo– se puso de manifiesto en las últimas horas, precisamente con el affaire AFIP vs. Medios. Primero, el jefe de los recaudadores, Ricardo Echegaray, salió a aclarar que nunca dio la orden de desembarcar en Clarín y otros focos enemigos. Luego, Aníbal Fernández apuntaló la versión, adjudicándole el episodio a una operación –habló de "pantomima"– pagada por adversarios que quisieron embarrar al Gobierno. Supongamos que esta versión inverosímil fuera cierta, ¿cómo se explica, entonces, que apenas comenzado el operativo, voceros de la AFIP defendieran ante la prensa la legitimidad del desembarco en Clarín, tal como reveló Crítica de la Argentina en su nota de tapa de ayer? O el autor de la "pantomima" fue el gobierno de Néstor, o la burocracia de la AFIP está fuera de control. En cualquiera de los casos, estamos padeciendo un Estado ausente y desautorizado, copado por mafiosos desconocidos, o por una facción kirchnerista que desde el Gobierno hace lo que quiere con los recursos públicos.

Sobran casos de un Estado que falla en las misiones aventureras en las que lo metió el gobierno kirchnerista. La deriva en la que se encuentra la autopartista rosarina Mahle, luego de las caóticas negociaciones conducidas por emisarios del Ejecutivo, son una muestra de la dudosa confiabilidad K para pilotear crisis empresariales. Tampoco el kirchnerismo está dejando bien parado al Estado en la administración de Aerolíneas Argentinas. La propia intervención K lo admite en un comunicado al personal de la línea aérea emitido esta semana para disculparse por el atraso en la efectivización del pago de salarios: "Como es de público conocimiento, la demora en esta notificación se encontró motivada en la crítica situación por la que atraviesa la compañía, por la cual la gerencia general ha tenido que realizar importantes esfuerzos para que se nos libere la partida presupuestaria correspondiente. Esta extrema situación de crisis financiera debe ser un motivo de preocupación para todos, por lo cual se pide redoblar los esfuerzos y las medidas de austeridad pertinentes a efectos de tratar de evitar situaciones similares".

Hay otras variantes geográficas de este esquema kirchnerista de "Gobierno omnipresente con Estado ausente". Es el caso de la provincia de Santa Cruz, donde el control férreo de la dinámica provincial por parte del matrimonio Kirchner haría suponer que el orden está garantizado. Todo lo contrario. Un caso explosivo: la empresa minera Hochschild. La firma tiene bloqueadas sus operaciones por un conflicto externo de los camioneros enviados por Hugo Moyano –el mayor socio K– con los gremios mineros. La historia es la de siempre: los moyanistas bancan por la fuerza su teoría de que "todo lo que rueda es del gremio camionero", por lo que pretenden anexar a los trabajadores mineros que manejan camiones dentro de la mina para transportar minerales, herramientas y químicos. Las medidas de fuerza incluyen tapar la salida de la minera con camiones de la gente a favor de Moyano, o ingresos intempestivos, al estilo de los sabuesos de la AFIP que Kirchner y Echegaray nunca mandaron a Clarín. Uno de los riesgos que se corre con estas acciones es que, en medio de los forcejeos gremiales, algún camionero choque sin querer un depósito de explosivos –típicos de cualquier mina– y que la avanzada sindical termine en un Cromañón patagónico a cielo abierto. Los dueños de Hochschild Mining lograron plantearle esta preocupación a un alto funcionario del Ejecutivo de la Nación, quien les dio a entender su impotencia y la de las autoridades provinciales para encarrilar a un aliado pingüino del calibre de Moyano, especialmente en una zona liberada como Santa Cruz: "Si fuera por mí, a esa provincia la recortaría del mapa", se desahogó en privado el funcionario. Otra vez: Gobierno gigante, Estado enano. Néstor lo hizo.

Por eso no es de extrañar que, hace un par de semanas, en una de las reuniones secretas de empresarios con Julio Cobos, el representante de una multinacional le haya preguntado al vicepresidente si era momento de invertir y que la respuesta haya sido: "Todavía no, espere."

Por eso, tampoco debería sorprender la escena bizarra del jueves 4 en un club de Belgrano, donde se presentó el nuevo Alfa Romeo: durante el evento, de sorpresa, apareció Carlos Menem, y buena parte de la concurrencia se le fue encima para saludarlo con honores presidenciales, como si se hubiera desactivado el tabú que lo tachaba de políticamente incorrecto y mufa. ¿Habrá sido el "clima destituyente" que denuncian los ideólogos oficialistas? ¿O será el efecto igualador generado por el cinismo desencantado que está intoxicando a la democracia argentina? En todo caso, Néstor lo hizo.

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