El Gobierno muestra capacidad para cometer errores y no aprender de ellos

Por Manuel Mora y Araujo

Rector de la Universidad Torcuato Di Tella

El Ejecutivo construyó la oposición que no tenía y carcomió las dos mayores ventajas competitivas de las que disfrutaba: alta popularidad y oposición atomizada y sin líderes

La política argentina se debate entre dos problemas de fondo. n Por un lado, la dirigencia política sigue una lógica para orientar sus acciones y decisiones que suele ser poco comprensible para la mayoría de la gente. n Por otro lado, ningún grupo político relevante transmite que posee las ideas básicas de un proyecto para el país que permita al ciudadano común identificarse con él.

La lógica de la acción política normalmente suele ser distinta para el sector que ejerce el gobierno, para los circunstanciales opositores que aspiran a llegar a ejercerlo y para quienes prefieren ser puro opositores. En la Argentina de hoy ninguno de esos tres grupos actúa de acuerdo con los cánones de esas supuestas lógicas. El Gobierno muestra una capacidad de cometer errores y no aprender de ellos que sorprende hasta al más benévolo de los observadores. Sus conductas son realmente incomprensibles. En dos años el Gobierno pocas veces alcanzó sus objetivos de política pública; en cambio, logró unificar a buena parte de la oposición, convirtió en actores relevantes a sectores sociales que no lo eran y proyectó al primer plano de la imagen pública a dirigentes que tenían un bajísimo perfil y carecían de peso propio. El Gobierno construyó la oposición que no tenía y carcomió, por sus propios errores no forzados, las dos mayores ventajas competitivas de las que disfrutaba: alta popularidad en la población y oposición atomizada y sin líderes. Logró hacerse impopular por propio designio e inventó a los líderes que no estaban.

Gran parte de la oposición está conformada por grupos políticos que se sienten más cómodos en el rol de opositores que integrando coaliciones gobernantes. ¿Qué deberían hacer esos grupos? Lo que se observa en el mundo es que, cuando tales grupos existen, tienden a uno de dos caminos: o bien son muy ideológicos o bien representan a sectores de intereses minoritarios y bien definidos. No así en la Argentina: con excepción de algunos grupos políticos de izquierda que –aunque locuaces y ruidosos– en el conjunto no alcanzan relevancia, los grupos políticos que cultivan el oposicionismo no dejan traslucir ni a quien representan ni cual paquete ideológico defienden. Tienden a oponerse a quienes gobiernan tanto como a quienes tienen alguna chance de llegar a ser gobierno. No ofrecen un proyecto de futuro atractivo para la ciudadanía.

La oposición que aspira a ser gobierno en general, en el mundo, define un programa alternativo, y prepara su artillería comunicacional para transmitirlo y defenderlo. En algunos países hasta hay un gabinete en la sombra. De tal manera, el ciudadano sabe qué puede esperar de un resultado electoral. Aquí no sucede eso. La oposición que se prepara para gobernar se maneja con notable sigilo, cultiva el hermetismo con respecto a su eventual programa de gobierno y en lo posible evita todo debate público sobre los grandes temas que preocupan a la sociedad.

Del mismo modo, el ciudadano no puede atribuir a ningún grupo político una imagen del país esperable. De hecho, hay tres Argentinas posibles, pero nadie sabe cual es la que busca cada sector político. Una Argentina posible es la que conocemos: va de coyuntura en coyuntura, salvando los escollos como puede –y cuando puede– y, tendencialmente, pierde posiciones en el mundo. Otra Argentina posible aspira a una estabilidad modesta, que le permite mantener las condiciones de vida de buena parte de la población pero no puede resolver ningún problema de fondo. La primera Argentina llevó al atraso y a la pobreza a gran parte de la sociedad; la segunda no está en condiciones de sacarla de ese estado. Hay una tercera Argentina, que a veces –pocas veces– es declamada en el discurso de algunos dirigentes: una sociedad pujante, innovadora, productiva, exigente consigo misma, que busca enfrentar y superar sus problemas y aspira a ser parte del mundo del siglo XXI.

Cualquiera de esos proyectos requiere un programa; ningún grupo político lo tiene. Es difícil que alguien proclame que busca como modelo la Argentina de la eterna coyuntura; pero lo cierto es que casi todo lo que se hace va en tal dirección. Por eso la Argentina como sociedad viene declinando desde hace sesenta años. La ciudadanía sigue esperando.

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