Un Gobierno lleno de ambivalencias.

Por Eduardo van der Kooy.

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca encantó a Cristina y a Néstor Kirchner. Pero el matrimonio desnuda falta de estrategia ante el nuevo tiempo. Algo parecido sucede con los problemas de política interna. El conflicto con el campo y Botnia parecen buenos ejemplos.

Cristina y Néstor Kirchner quedaron encantados con el discurso que Barack Obama pronunció el día de su asunción. No fueron para nada originales. El ex presidente se entusiasmó más de la cuenta: "Dijo muchas cosas que yo dije desde el 2003", aseguró con desmesura. El matrimonio presidencial y también algunos íntimos creen encontrar semejanzas entre el tremendo desafío que comienza a enfrentar el nuevo líder demócrata en Estados Unidos y el que le tocó a ellos cuando impensadamente llegaron a la Rosada. Quizás la única simetría posible entre ambas realidades tenga que ver con la existencia de una crisis. Pero ni los tiempos políticos ni las proporciones de esas crisis resultan comparables. Mucho menos, los caminos transitados por Kirchner y Obama para encaramarse en el poder. El ex presidente ganó en medio de una grave fragmentación partidaria que le permitió coronarse apenas con el 22% de los votos luego de la deserción de Carlos Menem para pelear el ballottage. Obama atravesó sin declinaciones, arrancando desde muy abajo, la primaria demócrata y se impuso en la elección general con un volumen de votos que luego multiplicó en términos de esperanza colectiva.

La debilidad inicial empujó a Kirchner a gobernar sin concesiones para construir autoridad. Es cierto que cuando concluyó esa construcción en el 2005, con el aval que le otorgaron las legislativas, continuó gobernando sin concesiones. Apuntalado por una formidable ilusión popular Obama acaba de prometer que una manera de combatir la crisis será recurriendo al diálogo antes que a la confrontación.

Algunos halcones kirchneristas -nadie sabe si el matrimonio también- se sumaron al coro de elogios aunque pusieron en duda si el mandatario estadounidense podrá cumplir, al final, lo que ahora pregona. Es una duda que siempre separa en la política universal a los dichos de los hechos. Pero en el caso de aquellos kirchneristas ocultaría otra intención: la de presentar a Obama como una víctima potencial de un sistema de poder inamovible en EE.UU. No habría tal cosa: el líder demócrata se siente parte de ese sistema al que cree perentorio remozar. Lo afirmó cuando triunfó en noviembre. No hubo la semana pasada destello más emblemático que su foto junto a los ex presidentes y la despedida que le brindó en su decadencia a George Bush.

La política exterior del Gobierno, sin embargo, estuvo en otra parte. Cristina anduvo por Cuba y Venezuela, que no constituyen referencias inocuas para Washington. Ni para los republicanos que se fueron de la Casa Blanca ni para los demócratas que la están estrenando. La travesía por La Habana terminó teniendo justificación por la reunión que la Presidenta mantuvo con Fidel Castro y por el progreso modesto para que la médica Hilda Molina pueda salir de Cuba y así visitar a su hijo y a sus nietos en Buenos Aires o en alguna otra ciudad de la región.

En verdad, se firmaron también una veintena de acuerdos comerciales, pero desde hace mucho tiempo las relaciones internacionales se manejan en la Argentina entre muros y silencios. Casi nunca se sabe con certeza para qué sale de viaje la Presidenta. Tampoco se conoce qué hacen la mayoría de los ministros, salvo que esas tareas integren los anuncios maratónicos a los que se acostumbró Cristina. También ella informó lo poco que se supo del contacto con Castro. Aseguró haberlo visto muy bien de salud. En ese encuentros fotógrafos del gobierno cubano tomaron fotos. Esas fotos -en medio de la ansiedad kirchnerista- conocieron la luz pública recién tres días después.

Hugo Chávez tuvo la deferencia de no hablar mal de Obama delante de Cristina como días antes lo había hecho en un mitín electoral. El líder de Caracas parece haberse puesto en ese campo a la izquierda de Fidel. Fidel resaltó las "nobles intenciones" del presidente demócrata. Aquella deferencia no fue casual: Venezuela está aislada en la región y el mundo y la caída del precio del petróleo le hizo perder el encanto que tenía. Sólo esa soledad explicaría la jarana de tres horas con que Chávez entretuvo a Cristina en una teleconferencia.

Chávez se ha transformado en una carga antes que en un providencial salvavidas para el gobierno kirchnerista. Perdió con la crisis mundial buena parte de su capacidad de financista. Para la diplomacia argentina se hace difícil sostener en Washington viejos argumentos. ¿Cuáles? Que la cercanía del Gobierno, junto con Brasil, podría ser un dique de contención para los desbordes chavistas. Esos argumentos se derrumbaron: Chávez hará en febrero otro plebiscito para intentar obtener la reelección indefinida que perdió en la constituyente del año pasado.

El Gobierno pareciera improvisar en política exterior como lo hace en otras áreas. Desde noviembre sabía que Obama sería el nuevo habitante de la Casa Blanca. Pero aguardó sin un gesto novedoso su asunción. Celebró la temporaria continuidad de Tom Shannon en el Departamento de Estado. Fue el funcionario que actuó con denuedo para superar cada crisis en la relación bilateral. El viernes Florencio Randazzo recibió al embajador Anthony Wayne. El diplomático le había hecho señas a los Kirchner el día de la asunción de Obama.

Con Wayne el Gobierno cometió repetidos errores. Lo creyó cómplice del escándalo de la valija de Guido Antonini Wilson y fue de los que más bregó para que el conflicto se fuera diluyendo. Wayne esperaba una reunión con Sergio Massa, porque estaba habituado en su tiempo a dialogar con Alberto Fernández. Pero lo citó el ministro del Interior. Massa había cumplido su misión antes cuando pasó por la Argentina Lawrence Summers, un economista de Harvard que estuvo con Bill Clinton y acompaña ahora a Obama: almorzó con él en la Rosada.

Tal vez, después de los sobresaltos, la posible recomposición con Washington no pase tanto por los espasmos oficiales como por la conducción estratégica que en la región afiance Brasil. El protagonismo mundial brasileño ha pegado saltos enormes en los últimos años. Impactó ver a su canciller, Celso Amorín, interviniendo en una mediación entre Israel y el grupo palestino Hamas por la guerra en Gaza. Recorrió también Siria y Jordania

En el gabinete de Lula habita además uno de los hombres que más conoce a Obama. Es el ministro de Asuntos Estratégicos, Roberto Mangabeira. Su estrella podría brillar incluso más que la del propio Amorín. El kirchnerismo lo ve como buena noticia: Amorín es la cabeza de Itamaraty, siempre corcoveante en los vínculos con la Argentina.

Quizá se trate de un simple conformismo. O de la ilusión de que Brasil le ayude al gobierno kirchnerista a resolver un problema que no sabe encarar. Sucede con frecuencia. Mandatarios peronistas y otros que no lo son claman por medidas por el drama de la sequía. Ese drama le ofrece la oportunidad al Gobierno de abordar en forma conjunta el conflicto que arrastra con el campo desde el año pasado. Hay ministros que lo conversaron con Cristina. Pero Kirchner prefiere enviar a Guillermo Moreno a zonas afectadas, como una especie de comisario y mesías a la vez.

Algo similar ocurre con Botnia. Kirchner prohijó en silencio a los asambleístas de Gualeguaychú. Ahora encomendó a Sergio Uribarri, el gobernador de Entre Ríos, a dar la batalla. Sugestivamente el Gobierno dio curso también a informes técnicos que constatan la inexistencia de contaminación en las aguas del río Uruguay. ¿Por qué ahora? Porque amaneció el año electoral.

Kirchner juega con su postulación en Buenos Aires para confundir a la oposición. Pero la Capital no constituye para él ningún juego. Se trata de una pesadilla. Ha vuelto a pensar en Rafael Bielsa para evitar una hecatombe en el distrito. Tiene en mente también a Héctor Timerman, el actual embajador en Washington. Puede haber otro hombre, según su criterio, que se ocupe de Obama.

Ya no le rehuye a Alberto Fernández. Se reunió dos veces con el ex jefe de Gabinete en Olivos, la última el jueves a la noche. Hubo un solo testigo que los vio y que partió cuando empezaron a hablar. Kirchner está entonado con ese supuesto regreso y lo ventiló en una comida con funcionarios. Alberto Fernández está alegre de rehacer el vínculo personal con el ex presidente aunque presume que el horizonte político de ambos difícilmente vuelva a ser el mismo.

No podría serlo, por caso, con un gobierno que sigue dándole protagonismo sorprendente a Moreno. No podría serlo con un matrimonio que, de a poco, va tabicando todas las puertas políticas. Un lugar para el diálogo debería seguir existiendo, según el ex funcionario, por lo menos para Felipe Solá y Eduardo Duhalde.

La geografía peronista es muy generosa y Kirchner y Alberto Fernández se sienten pobladores de esa geografía. Pero ya no asoman entre ellos campos de algodón.

Comentá la nota