El Gobierno que ladra sin parar

Por: Osvaldo Pepe

El kirchnerismo apura por estas horas una reforma política a su medida, pero en la últimas semana se lo vio sofocado por la estampida de tensiones alimentadas por su propia vocación confrontativa. Repasemos. Viene de denunciar una presunta conjura desestabilizadora, se tentó con la prepotente redundancia de sus ataques a la prensa, y quedó en una encerrona por la abierta disputa del gremialismo peronista con la izquierda sindical

Apenas indicios del fantasma más temido en el universo K: la inexorable cuenta regresiva del recambio parlamentario que establecerá una nueva correlación de fuerzas en la escena política, más acorde al voto popular del 28 de junio.

Aun así, el Gobierno avanza a contramano de la extendida demanda social para atenuar la tensión en la escena pública, resaltada por la Iglesia en un comunicado. En ese marco, parece haber extraviado toda cordura política. Como en la fábula del escorpión y la rana, en la que aquél pica a su compañera de travesía en medio del río aun sabiendo que así se ahogarían los dos, el deslenguado piquetero oficialista Luis D'Elía, de yapa, descargó, con promesas de más, su difundida escatología verbal sobre figuras del espectáculo.

Ni a su peor enemigo se le habría ocurrido una idea mejor para sumarle más desgaste al kirchnerismo: la réplica política de Tinelli tuvo 22,9 de rating. Un alto funcionario del Gobierno, de inobjetable paladar K, suele definir en confianza a D'Elía: "Es un energúmeno cuya única tarea es estar al lado del teléfono esperando a que Néstor lo llame y le dé permiso para que salga a ladrar".

Es una metáfora perfecta. El Gobierno ladra todo el tiempo, pero no resuelve los problemas. Los crea. Y hasta se inventa enemigos inesperados, que terminan abofeteando a sus mayordomos y al dueño del palacio con dos millones y medio de televidentes como testigos.

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