El Gobierno halló una Rocca en el camino.

Tras las heridas que dejaron los episodios Skanska y Sidor, el grupo de la familia Rocca protagonizó otros hechos que complicaron el intento del Gobierno por mantener bajo control los rebotes de la crisis mundial. Qué busca Techint.
Los distintos hechos político-económicos que se sucedieron en las últimas semanas, teniendo como protagonista central a Techint, obligan a revisar la posible relación entre ellos y a intentar sacar algunas conclusiones. Techint viene de protagonizar dos episodios políticos en los últimos dos años que tensaron su relación con los gobiernos kirchneristas, justo en el fin de mandato de Néstor Kirchner (2007, año electoral) e inicio del de Cristina Fernández (2008). El primero fue el escándalo Skanska, que el ministro de Planificación, Julio De Vido, sigue adjudicando a “un hecho de corrupción entre privados” (TGN, del grupo Techint, y la citada empresa sueca), y que, sin embargo, les costó el puesto a dos funcionarios del Gobierno (Fulvio Madaro, del Enargas, y Néstor Ulloa, de Nación Fideicomiso). El segundo fue por las rispideces que generó la decisión del gobierno de Venezuela de nacionalizar Sidor, empresa siderúrgica del grupo. Los Rocca reclamaron una firme intervención del gobierno argentino y apenas lograron una gestión telefónica para que Hugo Chávez recibiera a las autoridades de la empresa.

En las últimas semanas, cuando la crisis internacional empezó a demostrar sus más firmes intenciones de desembarcar en estas costas, las empresas del grupo ítalo-argentino protagonizaron otros dos hechos para el análisis. La declaración en cesación de pagos de TGN, la concesionaria de la principal red troncal de transporte de gas del país, y casi inmediatamente el anuncio de la suspensión de un plan de inversiones por 1200 millones de dólares de parte de Siderar, acompañado de la suspensión de 2300 trabajadores. Las condiciones objetivas del mercado (caída de la damanda mundial) le sirvieron de argumento a Siderar, pero en el caso de TGN no aparecen en las cuentas de la transportadora números ni evaluaciones demasiado claras como para explicar el camino adoptado, según comprobó el interventor de la empresa en las primeras horas de trabajo. La decisión de TGN, comunicada el martes 23 de diciembre a la Bolsa, había logrado generar de inmediato una sensación de inestabilidad e incertidumbre que convocaba a esperar que otras empresas siguieran el mismo camino.

Si todos éstos no fueran eventos aislados –de hecho, no lo son– sino parte de una política empresaria, habría que preguntarse qué busca Techint con esta presión pública. Algunas pistas pueden encontrarse en la declaración de TGN al anunciar a la Bolsa la cesación de pagos, donde alude a una inadecuada retribución tarifaria, y en algunos dichos de Paolo Rocca en distintas ceremonias o encuentros empresarios de los últimos meses, en los que indirectamente aludió a la necesidad de un dólar alto para fortalecer la posición de la industria argentina ante la crisis.

La posición de Techint no es nueva. Los argumentos se adaptan a las circunstancias, pero la devaluación violenta (no la paulatina y administrada, como la política cambiaria actual) ha sido siempre un socio importante en la evolución y el crecimiento del grupo. Uno de los más destacados estudiosos del proceso de concentración industrial y centralización del capital entre los ’70 y los ’90, Eduardo Basualdo, señala en sus trabajos cómo, en plena crisis de la convertibilidad entre 2000 y 2001, frente a los grupos más ligados al capital financiero que propugnaban la dolarización como salida, Techint y otros grupos industriales concentrados resistían exigiendo una megadevaluación que iniciara “un proceso virtuoso de sustitución de importaciones”. Fueron estos sectores los que se impusieron junto al derrumbe del modelo de la convertibilidad. Y fueron, lógicamente, sus primeros y mayores beneficiarios.

La historia de Techint está estrechamente ligada a la orientación de cada etapa de la economía argentina prácticamente a lo largo de los últimos cincuenta años. De los más recientes, se puede decir que protagonizó uno de sus más fuertes períodos de expansión entre 1976 y 1980 (plena dictadura militar), siendo protagonista y beneficiario principal del proceso de “desestructuración y reconversión productiva” que sufrió la industria en esa etapa. En el sector siderúrgico, el fenómeno de concentración tuvo como principales referentes a Techint y Acindar, esta última de la familia Acevedo pero con participación del ministro de Economía de entonces, José Alfredo Martínez de Hoz. Techint, en esa etapa, sumó a sus dos plantas siderúrgicas (Dálmine Siderca y Propulsora Siderúrgica), nuevas empresas petroleras (de esa época es Tecpetrol), de servicios de telecomunicaciones (Patsa), mineras (Tecminera), metalúrgicas (Metanac) y constructoras (Ingeniería Tauro, Mudar y Nuclear). Muchas de ellas estarían vinculadas con las contrataciones de obra pública de la época. La historia argentina registra pocos ejemplos, si hay algún otro, de expansión más significativa de una empresa en tan pocos años.

Los ’80 no detienen su avance, pero es en los ’90 cuando se consolida con el beneficio de la privatización de Somisa, de la que se apropió primero bajo el nombre de Aceros Paraná y luego convirtió en Siderar. El control de la etapa de producción de semielaborados (chapa), acompañando el control que ya ejercía en el mercado de productos no planos (alambrón, barras de acero) la colocó en una situación holgadamente ventajosa en el mercado local. Pero, al mismo tiempo, como el histórico desequilibrio entre la insuficiente producción de acero como insumo para productos no planos se había resuelto de la peor forma (desaparición de la mayor parte de industrias laminadoras), el grupo Techint se quedó con el manejo de una generosa porción de excedentes exportables, en un mercado mundial fuertemente demandante y con precios en alza. Desde entonces, el tipo de cambio pasó a ocupar un rol central de los negocios del grupo.

Si los años de plomo de la dictadura habían sido los de más notable expansión interna del grupo, la segunda mitad de los ’90 y la primera de la actual representaron el período de mayor crecimiento productivo interno y de expansión externa. Los índices de producción señalan que, entre 1993 y 2005, la producción de hierro primario creció 110 por ciento, la de acero crudo 87,5 por ciento, laminados en caliente planos el 103, no planos el 73 y laminados en frío 66 por ciento. De esos totales para la industria (fuente: Centro de Industriales Siderúrgicos), a las empresas de Techint les corresponde la mayor parte en algunos rubros y la totalidad en otros.

El proceso de concentración local, señaló Paolo Rocca poco tiempo atrás, está agotado, repartido entre Techint y el grupo indio Arcelor Mittal, que se quedó con Acindar. En la región y el mundo, en cambio, queda mucho por hacer. Y Techint lo hizo: unificó negocios con sus capitales en Italia (Dálmine) para conformar Ternium, consorcio bajo el cual controla Hydril y Maverick Tube en Estados Unidos, Hylsamex en México, Siderca (tubos sin costura) y Siderar (laminados planos) en Argentina, y controlaba hasta el año pasado Sidor en Venezuela. Tiene rivales demasiado grandes en Brasil, aunque participa en negocios de países andinos a través de sus filiales argentina y mexicana.

En la historia de Techint, la crisis actual es un acontecimiento que enfrentará sin apartarse de sus objetivos de largo plazo. Para ello, entiende que un dólar suficientemente retributivo en Argentina es la variable más conveniente. Sus últimos pasos parecen orientados a forzar al Gobierno a seguir ese camino. El grupo tuvo buenos vínculos con ministros anteriores del kirchnerismo, los mantiene con otros del actual elenco en el gabinete. Pero no tiene control ni una incidencia determinante sobre la política oficial. Lo que no sale por lobby se consigue ejerciendo presión, podría interpretarse como la norma de algunos grupos económicos tan poderosos que, a veces, se confunde quién fija las condiciones en la relación entre empresa y Gobierno. En Argentina, siempre ha sido una cuestión políticamente conflictiva, aunque muchas veces el rol dominante le correspondió al poder económico. El gobierno actual no parece resignarse a ese determinismo histórico. Esta vez, se presenta como un terreno en disputa.

Comentá la nota