Un gobierno sin estrategia

Por Carlos Pagni

No cambió el modo en que los Kirchner han venido abordando el conflicto social. Ha sucedido algo más importante: apareció el conflicto social. La represión ordenada ayer para disolver la toma de la planta de Kraft es la respuesta del Gobierno a un activismo político-sindical que acaba de irrumpir en la escena con la pretensión de perdurar.

La ocupación de Kraft llevaba 37 días. El martes, veinte organizaciones sociales se coordinaron para obturar durante cuatro horas los accesos a la ciudad de Buenos Aires. Anteayer, a las siete de la mañana, un grupo comando de la Unión de Trabajadores Desocupados tomó una planta procesadora de gas de Panamerican Energy, cercana a Tartagal, en Salta, e incendió dos automóviles dentro de ella. Una experiencia piloto. El lunes pasado estuvo a punto de suspenderse el suministro de gas de Neuquén al resto del país por una acción de los petroleros privados de esa provincia.

El ciclo Kirchner no había tenido que lidiar, hasta ahora, con movimientos de este tipo. El corte de los asambleístas de Gualeguaychú lo pagaba el ingrato de Tabaré Vázquez. Y las movilizaciones de chacareros eran "piquetes de la abundancia".

Sin embargo, había que esperar un recalentamiento social. La inflación acumulada de los últimos tres años fue, según cálculos conservadores, del 55%. Entiéndase: los ciudadanos que viven de la asistencia social tuvieron un recorte del 55% en sus ingresos. La desocupación hoy está en el 14%. La pobreza, en más del 30%, cualquiera que fuere la fuente a la que se recurra. La Argentina está en recesión: la venta de acero en el mercado local se redujo a la mitad en un año, y el consumo de gasoil -acaso el mejor indicador del nivel de actividad- cayó el 9%, comparado con 2008, año en que el campo estuvo paralizado varios meses.

A estos indicadores hay que agregar la crisis fiscal que atraviesa la administración en todos sus niveles. En muchos municipios bonaerenses ya no se entregan bolsas de comida. Apenas se pagan los sueldos, escalonados. La provincia está quebrada, mientras Daniel Scioli habla de candidaturas y trata de evitar que Néstor Kirchner lo reemplace por Alberto Balestrini (en cualquier momento, Scioli se pone el sombrero texano de Zelaya).

Este paisaje socioeconómico encuentra a los líderes piqueteros convertidos en funcionarios. El segmento más sumergido de la sociedad carece de representación en la política y aquel que se proponía contenerlo, gracias al subsidio estatal, acaba de caer en las elecciones, derrotado por un empresario sin partido. Kirchner aparece, para los desamparados, como una solución cada día más borrosa.

El panorama parece hecho a la medida de los afiebrados documentos que circulan por las organizaciones de ultraizquierda, diagnósticos que suelen detectar situaciones prerrevolucionarias hasta en los embotellamientos de tránsito. Esas corrientes confirman en los diarios todas sus presunciones: la degradación social hace juego con un ministro de Economía ansioso por acordar con el maldito FMI.

Los Kirchner miran este nuevo mundo azorados. Se habían preparado para llegar al 2011 repitiendo el mantra de la distribución del ingreso y rivalizando con la "derecha". Es decir, con Duhalde, Macri, De Narváez, Reutemann o Cobos. Pero no se entrenaron para un conflicto con la izquierda.

Las tomas de fábricas y los cortes de rutas los sorprenden sin estrategias ni discurso, consternados. Una angustia comprensible. En el bazar de la política se pueden encontrar los más variados objetos. Menos, una receta "progre" para reprimir.

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