El Gobierno, la Embajada y el caso Kraft: tres siempre son demasiado

Por: Julio Blanck

El conflicto planteado en Kraft se encamina, de modo aparentemente inexorable, hacia un horizonte de más crispación, más exasperación social por la repetición y extensión de cortes de calles y autopistas y, quizás, más violencia.

La empresa, con respaldo de la Embajada de los Estados Unidos, decidió marcar un límite y no piensa reincorporar a ninguno de los delegados despedidos. Dice tener sustento jurídico suficiente para afirmarse en esa decisión donde y cuanto sea necesario.

Los grupos políticos de la izquierda extraparlamentaria, que conducen desde adentro y apoyan desde afuera el conflicto, ven la oportunidad de pasar a un escalón más alto en su política tradicional de agitación y choque. Esa épica está en su propia naturaleza, aunque al final siempre tengan más epopeyas para contar que construcción política para avanzar.

El gremio de la alimentación, siguiendo la costumbre histórica del sindicalismo peronista, maquilla apenas su voluntad de acompañar un desarrollo de los hechos que termine expulsando de su universo a esos activistas, por los que siente una irreductible enemistad de ideas y métodos.

La Presidenta expresó su deseo de que termine la seguidilla de piquetes, que aumentan el malhumor de una sociedad ya bastante irritada y sin referencias sólidas en su dirigencia: ni la oficialista, ni la opositora. Pero la expresión de deseos, aún proviniendo de la Presidenta, no pasa de esa categoría loable pero inocua. Ningún funcionario recibió en estas horas ninguna directiva puntual referida a cómo traducir en hechos la palabra presidencial.

"Vamos a tratar de mantener siempre la mayor cantidad de carriles abiertos", explicó ayer una pieza clave del Gobierno a Clarín, refiriéndose a la actitud frente a los cortes de calles y autopistas. "Pero no vamos a reprimir. Esta filosofía nos permitió pasar muchos reclamos sociales sin muertos ni heridos". Pregunta obligada: ¿cómo se explica entonces el desalojo violento de la planta de Kraft tomada, hace una semana? Respuesta oficial: "Cuando la Justicia ordena no tenés oportunidad de opinar".

Los delegados y activistas de Kraft fueron parte de la violencia que culminó con el desalojo y la represión policial. Pero, dato curioso, el episodio represivo casi no mereció comentario alguno de parte de la numerosa legión progresista que le hace coros a los Kirchner. Pasaron varios días hasta que alguna solitaria voz peronista hizo escuchar su cauteloso cuestionamiento, que en otro contexto hubiese sido instantáneo y de manual. Del centro hacia la izquierda, los que se dicen kirchneristas, los aliados que aún les quedan, optaron por la cavilación silenciosa.

Esa prudencia vergonzante quizás se vea forzada en algún momento. En la carga genética peronista está impresa la represión a la izquierda, aún a la izquierda que se dice peronista, o al peronismo que se dice de izquierda. Basta repasar la historia. Son enseñanzas prácticas de Juan Domingo Perón, y uno de los dos mejores alumnos de aquel maestro es Néstor Kirchner. El otro fue Carlos Menem.

Los empresarios ya hicieron saber su preocupación por esta tendencia de protesta que sale de los carriles orgánicos de la discusión con los gremios. Con los jefes sindicales, más allá de las palabras enardecidas y las fricciones inevitables, siempre al final hay un horizonte de acuerdo. Con estos actores, en cambio, el capítulo siguiente al conflicto es más conflicto.

Mientras tanto, el gobierno de Daniel Scioli, una vez más, trata de bascular entre las fuerzas en pugna. Es un ejercicio que se ha comprobado difícil y que da dudosos dividendos. Pero está en la naturaleza de Scioli.

En otro tenue gesto de diferenciación con el kirchnerismo, que dejó avanzar el conflicto siguiendo normas de procedimiento pero sin tomar iniciativa política, funcionarios de la Provincia se comunicaron con la Embajada norteamericana para hacer saber su voluntad de encontrar una solución en Kraft. Hablaron con el agregado de negocios, Thomas Kelly, que estuvo al frente de la legación en los últimos cuatro meses, desde que terminó la misión de Anthony Wayne y hasta la reciente llegada de Vilma Socorro Martínez.

Después de aquella conversación, voceros de la Embajada dijeron que esperaban una solución consistente y duradera al conflicto, que involucra a la mayor empresa alimenticia de su país.

Kelly sigue ocupándose de cuestiones de urgencia cotidiana hasta que la nueva embajadora termine de conocer el terreno que deberá pisar en los próximos años. Pero la doctora Martínez está haciendo un entrenamiento acelerado y de extrema intensidad. La sonoridad que alcanzó su audiencia suspendida con Aníbal Fernández le habrá resultado una lección valiosa.

Según cuentan la historia en el Gobierno, Aníbal llamó a la embajadora para avisarle que si concretaban la entrevista protolocar que tenían acordada, cuando estuvieran ante la prensa iba a ser inevitable recibir preguntas sobre el caso Kraft. Era una situación que resultaría incómoda para ambos. La audiencia quedó entonces cancelada en espera de una ocasión mejor. En la Embajada coinciden con buena parte de este relato. Pero Washington pidió explicaciones sobre la noticia del cortocircuito con el jefe de Gabinete.

En algún ambiente diplomático había circulado la idea de que la embajadora Martínez, una luchadora por los derechos civiles, venía a Buenos Aires para una misión amigable y de bajo perfil, acorde al discreto grado de relevancia que la administración de Obama y el Departamento de Estado le dan a la relación con la Argentina de los Kirchner. En su primera aparición pública afirmó que iba a impulsar "relaciones más efectivas y cariñosas". No contaba con nuestra astucia.

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