El Gobierno echó a Capaccioli y un hombre de Moyano va en su lugar

El funcionario se tuvo que ir por el escándalo del aporte de dinero de droguerías para la campaña electoral de Cristina.

Lo reemplazará Juan Rinaldi, vinculado al jefe de la CGT . El camionero avanza así sobre el control de las obras sociales.

Por: Leonardo Mindez

Fue un final anunciado. Peleado con su superior directa, Graciela Ocaña, y sospechado de manejos oscuros con algunas droguerías, ayer fue echado del Gobierno Héctor Capaccioli. Era mucho más que el superintendente de Servicios de Salud. Gracias a su amistad con el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, había sido el recaudador de las campañas kirchneristas de 2003 a la fecha. Quizá por eso, se sostuvo en el cargo más de la cuenta, a pesar de que su situación no daba para más hace semanas.

Lo remplazará Juan Rinaldi, que se había ganado la confianza de Ocaña como titular de la Administración de Programas Especiales, la oficina que se encarga de la compra de los medicamentos y tratamientos más caros de las obras sociales. Ahora, tendrá el control total de esas entidades. En el mapa político, Rinaldi es un hombre de Hugo Moyano (de hecho, trabajó en el estudio de Héctor Recalde, el abogado de la CGT). Una nueva señal que fortalece la alianza entre el Gobierno y la central sindical.

Ocaña y Capaccioli venían lanzándose acusaciones cruzadas por los negocios que había realizado en el área de Salud Sebastían Forza, uno de los asesinados en el triple crimen de General Rodríguez, que destapó el turbio negocio de la efedrina (ver página 5).

A Capaccioli le tocaba el asunto por dos lados: Forza habría hecho negocios millonarios en el Hospital Francés, intervenido por José Luis Salvatierra, un hombre de su confianza. Y además, había donado 200 mil pesos a la campaña presidencial de Cristina Kirchner.

Ocaña denunció a Salvatierra ante la Justicia y, en medio de la pulseada, logró el respaldo de la Presidenta que nombró en la superintendencia a cuatro gerentes para que reporten directamente a Ocaña. Una operación de pinzas contra Capaccioli, que se resistía al mando de la ministra.

El superintendente no parecía darse por aludido. Hasta que la semana pasada, Ocaña redobló sus disparos públicos contra su rebelde subordinado. Dijo que había que "transparentar" y "terminar con los quioscos dentro de la Superintendencia de Salud". Y, por si hacía falta algo más, agregó que "en la salud también hay muchos yabranes".

El fin de semana, Sergio Massa se reunió con la ministra para buscarle una salida al conflicto que minaba el área de Salud. Ocaña, que también fue aupada por Alberto, ya es mujer de confianza de la Presidenta y parece firme en su puesto. Había, entonces, una sola opción.

Según contaron a Clarín dos altas fuentes oficiales, el jefe de Gabinete llamó en la noche del martes a Ocaña para anticiparle la jugada. Ayer por la mañana, Massa citó al superintendente a su despacho. Capaccioli, que en los últimos días iba poco y nada por su oficina, llegó vestido de sport a las 14 a la Casa Rosada. En una reunión breve, Massa le dijo que la situación no daba para más y le pidió la renuncia.

Alguien echó a rodar la versión de que era una avanzada contra los últimos hombres de Alberto Fernández en el Gobierno y que era inminente la salida de la secretaria de Ambiente, Romina Picolotti, y del subsecretario de Relaciones Institucionales de la Jefatura de Gabinete, Claudio Ferreño.

Desde el Gobierno desmintieron ambas versiones. Picolotti está firme y hoy viaja a Río de Janeiro para una reunión con sus pares del Mercosur. Y Ferreño solicitó un cambio de área, pero aún está en estudio.

Pareció parte de un intento de Capaccioli por darle algo de épica a su salida del Gobierno y disimular la caída. Desde su entorno filtraron que le habían ofrecido una secretaría en el Ministerio de Trabajo o la Embajada en Portugal. Pero en la Casa Rosada se rieron de esas versiones.

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