El Gobierno, en el desierto, y la oposición, en el andén.

Por Mariano Grondona.

Para usar una imagen extraída del boxeo, todo parece indicar que el próximo 28 de junio la oposición le ganará al Gobierno "por puntos" cuando podría haberle ganado por knock out . Llevado por lo que la mayoría de los observadores califican como un estado de "desesperación", Kirchner ha ido reduciendo sus expectativas electorales al mínimo.

Después de intentar toda una gama de recursos irregulares que empezaron con el adelantamiento de las elecciones y remataron en las tristemente famosas candidaturas "testimoniales", aferrándose a la mejor imagen de Daniel Scioli hasta obligarlo a desautorizar a su propio hermano José por haberse pronunciado contra la operación que intentó el juez Faggionato Márquez en perjuicio del candidato De Narváez, Kirchner se ha visto reducido a concentrar sus esfuerzos en el Gran Buenos Aires porque está perdiendo en los grandes distritos electorales de Santa Fe, Córdoba, la ciudad de Buenos Aires y el interior de la provincia de Buenos Aires.

Esta desalentadora perspectiva no sería sin embargo dramática en cualquiera de las democracias "normales" de nuestro tiempo porque es frecuente que los gobiernos pierdan las elecciones intermedias. Lula, por ejemplo, está gobernando sin grandes dificultades pese a haber perdido la mayoría en el Congreso brasileño. Pero la desesperación que se le adjudica a Kirchner con vistas al 28 de junio no proviene de una situación "objetiva" como la que varios gobiernos democráticos comparten dentro y fuera de América latina, sino del sesgo "subjetivo" que el ex presidente le ha dado a esta campaña porque, aspirando como aspira a la utopía de controlarlo todo, la sola idea de compartir el poder y dialogar con la oposición le es casi intolerable.

En el desierto

Tarde o temprano, el ex presidente deberá enfrentarse con la necesidad de cambiar de estilo para adaptarse a las nuevas circunstancias que seguirán a su derrota "por puntos" del 28 de este mes. Aun así, ya sin Congreso, ¿seguirá apostando a "todo o nada" como lo ha hecho hasta ahora? Maquiavelo advierte que a un gobernante que ha tenido éxito con un estilo le resulta muy difícil sustituirlo por otro cuando la "fortuna", la situación, da como el viento un caprichoso giro. En el caso de que el gobernante se empecine en sostener el estilo que hasta ese momento, pero sólo hasta ese momento, le había dado frutos, se irá quedando solo. Esto es precisamente lo que le está pasando al aspirante a la suma del poder que teníamos hasta ahora. Como Kirchner es un gobernante fascinado por el corto plazo, es imposible adelantar lo que hará dentro de quince días. Lo que sí puede decirse es que tratará de estirar hasta donde le sea posible los rasgos de su atípica personalidad pese a que el riesgo de quedarse progresivamente solo, de habitar al fin un desolado desierto porque la sociedad lo está abandonando y el propio peronismo podría darle la espalda, aumenta con el correr del tiempo.

¡Qué dorada oportunidad se le ofrece entonces a la oposición! ¿La está aprovechando? ¿Están los líderes opositores a la altura de las circunstancias? Esta pregunta se vuelve urgente, inquietante, cuando comprobamos que en estos días tanto el peronismo federal de Romero y Puerta como el "trío" de Macri, Narváez y Solá, así como los referentes del amplio Acuerdo Cívico y Social que gira en torno de Carrió, Binner, Cobos y el propio Juez, sin olvidar por cierto al santafesino Reutemann y al cordobés Schiaretti, están formulando definiciones coincidentes con vistas a la labor del próximo Congreso "poskirchnerista".

Cada una de las agendas que preparan estas confluencias políticas tiene características que les son propias, pero lo que hay que destacar aquí es que en algunos puntos vitales como la eliminación de los "superpoderes" concedidos hasta ahora al Poder Ejecutivo en detrimento del Congreso, la restauración de una verdadera ley de presupuesto en reemplazo de la discrecionalidad fiscal, una profunda reforma del Consejo de la Magistratura que ha venido subyugando a los jueces, la redefinición de la coparticipación federal en nombre de las autonomías provinciales marginadas por el gobierno nacional y una ley reparadora de la producción agropecuaria diezmada por el kirchnerismo, así como la voluntad de atacar los escandalosos índices de pobreza que han vuelto a abrumarnos, brilla el acuerdo de todas las expresiones opositoras.

Estas ideas apuntan a una meta común: apurar el paso de un sistema político cuasi dictatorial como el que ahora tenemos a una auténtica república democrática . Cuando se comprueba el extraordinario alcance de esta coincidencia, empero, lo que llama la atención, lo que siembra la inquietud, es la siguiente pregunta: si coinciden en los principales temas que angustian a los argentinos, ¿cómo es que, dentro de un par de semanas, los opositores concurrirán divididos a las elecciones?

En el andén

A aquella pregunta sigue ésta otra: si los temas principales de la Argentina de hoy, lejos de alejarlos, acercan a los representantes de la oposición, ¿qué los divide? ¿Quizá las apetencias personales? Aclaremos de entrada que el hecho de que reine el espíritu competitivo entre los candidatos es normal en una democracia. Pero sólo lo es cuando ella también atraviesa circunstancias normales. ¿Lo son, acaso, las que hoy nos rodean?

Afirmarlo sería desconocer que el período poskirchnerista que está por comenzar será extraordinario por fundacional. Si estamos en vísperas de una etapa "fundacional" , lo que está por venir después de Kirchner no es simplemente un cambio de "gobierno" sino un cambio de "sistema", esto es, nada menos que algo comparable con lo que pasó entre nosotros con el Acuerdo de San Nicolás en 1852 o entre los españoles con los Pactos de la Moncloa de 1977. Pero se nos dirá que los protagonistas de esos momentos de inusual lucidez institucional que encarnaron entre nosotros Alberdi, Urquiza, Mitre y otros, y entre los españoles el rey Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Felipe González, Fraga Iribarne y otros, no están al alcance de los políticos argentinos "comunes" que competirán en nuestras próximas elecciones.

Pero quizás aquellos que acabamos de nombrar eran, después de todo, hombres comunes cuya única nota de excepción fue, que pese a ser personas "ordinarias", se dieron cuenta de que vivían un tiempo "extraordinario" y decidieron actuar en consecuencia. Lo más difícil para ellos fue, quizás, advertir que no vivían en la cotidianeidad sino en la historia. Esta es a lo mejor la convicción que aún les falta a nuestros protagionistas políticos, la convicción de que en lugar de seguir de a pie tendrán que subirse a un espléndido caballo que, una vez que se animen a montarlo, probará ser más manso de lo que temían.

La prueba más difícil que tendrán que afrontar nuestros políticos de hoy será, por ello, animarse a hacer historia. Porque es el poderoso tren de la historia el que los esperaba en el andén. Tuvieron la primera oportunidad de subirse a él este 28 de junio, porque si se hubieran unido para entonces, Kirchner ya no podría esperar ni siquiera una derrota por puntos que tratará de disimular gracias a la fragmentación de sus opositores, sino una derrota contundente que expresara lo que ya dicen las encuestas: que dos de cada tres argentinos, aún sin saber a quiénes van a votar, ya saben que no votarán por él.

Cuando el tren del 28 de junio se aleje lentamente, sabremos que, por falta de sentido histórico, esta vez la oposición se ha quedado en el andén. Pero habrá otros andenes, porque la hora del poskirchnerismo ya ha llegado.

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