El Gobierno y la cuestión de la verdad.

El Gobierno y la cuestión de la verdad.
Por Mariano Grondona.

Uno de los libros que más me han impresionado últimamente contiene el debate entre el cardenal Joseph Ratzinger y el filósofo italiano Paolo Flores d´Arcais sobre la existencia o la inexistencia de Dios ( ¿Dios existe? , Espasa, 2008). En el momento del debate, Ratzinger estaba a punto de convertirse en el papa Benedicto XVI. Flores, en cambio, es ateo.

Las posiciones de ambos no podían ser, en principio, más antagónicas. En el curso del debate, sin embargo, aparecieron sugestivas coincidencias.

Flores destacó, en este sentido, que entre los valores del Evangelio y los valores de la filosofía existe "un terreno común", y dio como ejemplo un pasaje donde Cristo instruye a sus discípulos diciéndoles: "Sea vuestro lenguaje; sí, sí; no, no". A partir de aquí, los dos polemistas coincidieron en que, aunque tengan distintos puntos de vista, la religión y la filosofía, incluidos el catolicismo y el ateísmo, aceptan, como terreno común, la búsqueda sincera de la verdad.

Ambos coincidieron además en exaltar el papel que jugó el papa Juan Pablo II en la derrota final del comunismo, pero, también con el asentimiento de Flores, Ratzinger fue más allá de la definición convencional del comunismo como un sistema que promueve la propiedad colectiva de los medios de producción (una definición "económica") o como un sistema en el que el Estado tiene el poder "total" y por eso también se lo llama "totalitario" (una definición "política"), y agregó que, por haberlo padecido en su Polonia natal, Juan Pablo había experimentado en carne propia que, aparte de sus características económicas y políticas, el totalitarismo comunista "ha destruido las almas mediante la mentira , que fue su verdadera característica".

Mentira y democracia

Cuando descalificaron al totalitarismo comunista ya no por sus rasgos económicos o políticos, sino por su apelación sistemática a la mentira, Ratzinger y Flores dieron un salto analítico de proporciones al atribuir su esencia, y la de todo totalitarismo de izquierda o de derecha, comunista o nazi, a una transgresión moral . Este giro intelectual, esta audacia teórica, nos invita a los que habitualmente buscamos calificar o descalificar a los gobiernos por sus métodos económicos o políticos, a agregar a nuestro cuestionario esta pregunta fundamental: cuando un gobierno determinado se dirige a los ciudadanos, ¿les miente o les dice la verdad?

Este nuevo enfoque pareciera utópico si se toma en cuenta que la mentira es una indeseada pero frecuente compañera de la actividad política. ¿No mienten acaso los políticos en sus campañas electorales? ¿No formulan los gobiernos promesas que no cumplirán? Cuando hacen el balance de su gestión, ¿no exageran sus aspectos favorables mientras minimizan sus aspectos desfavorables? ¿Cómo considerar la mentira entonces una característica propia del totalitarismo cuando ella abunda, asimismo, en las democracias? Si todos mienten, ¿por qué condenar al totalitarismo, pero no a la democracia por la misma falla moral?

En los tiempos del absolutismo monárquico de la Edad Moderna, antes del advenimiento de la democracia, se aceptaba que el rey apelara a lo que dio en llamarse "la razón de Estado" para elaborar sus decisiones. Lo cual quería decir que los reyes, cuando eran absolutos, no tenían ninguna necesidad de contarle al pueblo la verdad. Es que el pueblo, por entonces, era un conjunto de "súbditos" y no de "ciudadanos". ¿Nadie tenía entonces en los regímenes monárquicos la obligación de la veracidad? Sí, la tenían los funcionario ante el rey porque, siendo él el titular de la soberanía, engañarlo equivalía a traicionarlo. La "razón de Estado" no obligaba a los reyes respecto del pueblo, pero sí a los funcionarios con respecto al soberano.

Pero la democracia consiste, por definición, en la soberanía del pueblo. Es éste entonces el que necesita que le digan la verdad. Mentirle al pueblo es traicionarlo porque se le deforma o se le niega la información que requiere para tomar sus decisiones soberanas. La mentira puede abundar en la democracia, pero lo que en tiempos monárquicos era un pecado leve, en la democracia se convierte en un pecado mortal.

El totalitarismo, en este sentido, no es más que la exageración del absolutismo porque también incurre en el método de las dos verdades: una auténtica para los que mandan, que la saben pero la callan, y otra aparente, mentirosa, para el pueblo, convertido otra vez en el conjunto de los súbditos y no de los ciudadanos.

Pero esta definición no afecta la naturaleza del totalitarismo porque éste consiste precisamente, según Ratzinger y Flores, en la sistematización de la mentira. Si ella caracteriza al totalitarismo y no a la democracia, ¿cuál es el grado de mentira que deberíamos tolerar en la democracia para que no se desnaturalice, al fin, como un totalitarismo disfrazado?

Las mentiras, la Mentira

La mentira, por supuesto, es siempre condenable. Suponer, sin embargo, que ella no debiera existir nunca en la democracia sería exigir demasiado. De aquí se deriva que hay dos clases de mentiras en la democracia. Una es aquella a la que apelan con más frecuencia de la deseable los políticos, todos los políticos, sean oficialistas u opositores, durante sus debates y especialmente durante las campañas electorales. Hay un remedio contra esta corruptela. Siendo nuestra democracia todavía pluralista, la única opción que entre nosotros les queda a los ciudadanos es comparar lo que dicen unos políticos con lo que dicen otros para asignarle a cada uno de ellos su nivel de credibilidad.

Pero en la democracia también hay mentiras que son inadmisibles. Esto ocurre cuando el Estado, en vez de argumentar como "gobierno" contra lo que dicen los opositores, informa oficialmente a la masa de los ciudadanos sobre los aspectos más salientes de la vida en común. Si se abusa de las mentiras polémicas, durante las campañas, se cae en el vicio en última instancia "venial" de la propaganda . Pero el Estado, sea quien sea el que ocupe en él las posiciones de poder, les debe a los ciudadanos la veracidad cuando ya no se trata de persuadir sino de informar. Esta es la frontera vital entre la "propaganda" y la información . Mientras aquélla es siempre sospechosa de exageraciones u omisiones, la información oficial que brinda el Estado como tal debe ser veraz so pena de convertirse en propaganda disimulada. Si esta conducta llega a generalizarse, el Estado ya no es democrático, sino "absoluto" y, si ahoga además a los disidentes, se convierte en "totalitario". Aquí es donde entra, como villano de la pieza, no ya las mentiras, sino la Mentira , directamente incompatible con la democracia.

Desde las constantes deformaciones del Indec hasta la catarata de anuncios que nos brinda la Presidenta desde su atril en eso que se ha llamado la "anunciocracia", desde la presentación de las constantes alusiones al campo como si fueran concesiones a un sector privilegiado y no agresiones a un sector discriminado, son muchísimas las denuncias de mentiras que cercan al Gobierno. Cuando se las pronuncia oficialmente desde un Estado que debe ser supuestamente neutro, ¿son ellas mentiras veniales a las que muchas veces conduce la exacerbación de la lucha política o nos hallamos frente a una sistematización de la mentira, frente a un espíritu finalmente no democrático, sino absolutista y peligrosamente próximo al totalitarismo que condenaron Ratzinger y Flores en su inspirado debate?

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