En el Gobierno buscan culpables y demasiada gente mira a Boudou

En el Gobierno buscan culpables y demasiada gente mira a Boudou
El mecanismo es conocido, y tiene que ver más con la naturaleza humana que con la ideología o el color político: hay problemas y antes que soluciones se buscan culpables.
En el discurso público del kirchnerismo los culpables están afuera: el vicepresidente Cobos, los medios con Clarín a la cabeza, la oposición en general, Redrado, los conspiradores. Pero en privado tratan de detectar los culpables de adentro. Ese camino, recorrido en la residencia de Olivos y en despachos de la Casa Rosada y varios ministerios, lleva hoy de manera coincidente hasta el ministro de Economía, Amado Boudou.

A Boudou se lo señala hoy, discretamente por cierto, como el responsable de haber manejado de manera imprudente y torpe la situación de crisis desatada por la decisión de apropiarse de 6.569 millones de dólares de las reservas del Banco Central, que provocó además el cuestionado despido de Martín Redrado.

Funcionarios del gabinete de Cristina señalan que Boudou le aseguró a la Presidenta que todo estaba bajo control y que la operación por las reservas primero, y el desplazamiento de Redrado después, podrían avanzar sin obstáculos. Como es fácil comprobar, pasó todo lo contrario.

Impiadosos, los curtidos kirchneristas del núcleo duro gobernante recuerdan que algo así le sucedió a Martín Lousteau, primer ministro de Economía de Cristina, cuando le juró a la Presidenta que podía avanzar con la Resolución 125 sobre retenciones móviles, porque ya tenía todo acordado con la dirigencia agropecuaria. No hace falta mucha memoria para recordar cómo terminó aquello: la 125 se derrumbó en las rutas, en las calles y finalmente en el Congreso. Y Lousteau duró poco más de un mes como ministro desde que se desató aquel conflicto.

A Boudou se le achaca también haber hablado de más ante la prensa, mencionando que estaba acordada la llegada de Mario Blejer a la presidencia del Central antes de que la situación de Redrado estuviese resuelta. Lo hizo sin calcular que Redrado podía ofrecer resistencia y así ensució la operación de reemplazo.

Ya se sabe que la salud política de los funcionarios de Cristina y Néstor depende en buena parte de su relación con la prensa. Por eso, la mayoría prefiere que esa relación sea inexistente. Lo que no es, no puede producir daño. A Redrado, entre las muchas cosas que le criticaron, se le cuestionó un almuerzo con periodistas de Clarín, detectado por una elemental operación de espionaje: a manos de la Presidenta llegó una copia de la agenda diaria del titular del Central donde figuraba esa actividad, que no tenía razón alguna para ser secreta.

Bajo estos parámetros, es alto el costo del paso en falso de Boudou dando por hecha la aceptación de Blejer, y encontrándose con que este economista -que ya presidió el Central en tiempo de Eduardo Duhalde- prefirió tomar tiempo y distancia a la espera de que el escándalo se acalle un poco.

Para los que saben decodificar los ritos de la residencia de Olivos, resultó sugestivo que Boudou no tomara parte de la reunión urgente que convocó la Presidenta el viernes por la noche, después de que el Gobierno recibiera como dos mazazos los fallos de la jueza Sarmiento suspendiendo la liberación de las reservas y reponiendo provisoriamente a Redrado en el Banco Central.

En el encuentro estuvo, por ejemplo, el jefe de Gabinete, obligado a regresar desde Villa Gesell una hora después de haber llegado allí. Aníbal Fernández pensaba pasar en la Costa el fin de semana con su familia y festejar -ayer- su cumpleaños 53. Los Kirchner tenían otros planes.

También compartieron aquel encuentro nocturno los dos jefes de la Secretaría de Inteligencia, Héctor Icazuriaga y Francisco Larcher; el empresario kirchnerista Rudy Ulloa y el secretario de Legal y Técnica y hombre clave del carozo del poder kirchnerista, Carlos Zaninni. Con ese grupo se toman las decisiones.

El rumbo elegido ayer pasó por tres ejes: la presión sobre la jueza Sarmiento, la pretendida presentación de la apelación a sus decisiones y las declaraciones, de Kirchner en primer lugar, sobre una supuesta conspiración contra el Gobierno.

Fuentes del Gobierno dijeron a Clarín que la Presidenta está dando algunas señales de fatiga por la sucesión de sinsabores que atraviesa el Gobierno. Este dato, desde ya, será puntualmente desmentido como tantas veces sucedió con tantos otros.

Pero el desagrado de Cristina es un hecho. De allí la frase "arréglenme cuanto antes este escándalo que ustedes me armaron", pronunciada por la Presidenta en un momento de la reunión, según consignó ayer el diario La Nación.

Esa misma noche del viernes, Aníbal Fernández dijo por el canal de cable C5N, transmisor habitual de las declaraciones del funcionariado kirchnerista, que "estamos buscando a la jueza con la Policía" para presentarle con urgencia la apelación a sus fallos.

Parecía un exabrupto, o una manera pintoresca de decir las cosas, muy propia del jefe de Gabinete. El patrullero que apareció ayer por la mañana en la casa de la jueza demostró que lo de Aníbal Fernández estaba lejos de ser una metáfora.

Otro dato, que será prontamente desmentido: hay al menos dos ministros que ya están haciendo cuentas para ver cuánto tiempo queda de gestión. El resultado los agobia: son setecientos días.

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