El Gobierno busca acercarse al Fondo, sin pagar costos políticos

Por: Alcadio Oña

Las vueltas que da la vida. El Gobierno le pagó al Fondo Monetario, de un plumazo, casi 10.000 millones de dólares para sacárselo de encima, y hoy busca abrir alguna vía para recuperar el financiamiento del organismo.

Con la crisis internacional de por medio, la idea que impulsa la Casa Rosada se pretende para todos los países emergentes -víctimas no propiciatorias del terremoto- y es planteada como parte de un rediseño global del sistema: "estructural", en palabra de la Presidenta. Bajo el supuesto muy supuesto de que la propuesta arrojase algún resultado, la aspiración implícita es que la Argentina recobre el crédito externo. Justamente, el del FMI. Y además, gratis de costos políticos.

Según la iniciativa ya esbozada por el presidente del Banco Central, el Fondo debería abrir una ventanilla de financiamiento rápido y de corto plazo para naciones expuestas a la crisis pero con posiciones macroeconómicas sólidas; en clave, la Argentina. Sería condición necesaria, a la vez, que el organismo disponga de una capacidad prestable considerablemente mayor a la actual -"poder de fuego", se le llama aquí-, sea porque tome préstamos en el mercado internacional o porque las potencias aumenten sus aportes.

Se pretende, además, que el FMI actúe como garante en la refinanciación de deudas con los acreedores, lo cual, de acuerdo con la propuesta oficial, "reduciría los riesgos de default". Está sobreentendido que se alude a los riesgos de todos los emergentes, y no sólo a los propios.

La idea fue presentada por Martín Redrado durante una reunión del Grupo de los 20 -las potencias y las naciones consideradas emergentes-, preparatoria de la que hoy tiene lugar en Washington con la presencia de Cristina Kirchner. Y se completa con otras dos piezas: que el financiamiento y las garantías sean otorgados a "costos razonables" y todo, "sin condicionamientos".

Ya existen, en principio, algunas respuestas a mano para el planteo argentino:

Precisamente por la crisis, el FMI acaba de desempolvar una línea de desembolso rápido creada en 1995, en tiempos del "efecto tequila". Ya entraron Hungría, con US$ 15.700 millones, y Ucrania con US$ 16.400 millones. A la Argentina podría corresponderle una cifra parecida, pero no figura en la lista de candidatos: en la grilla están Islandia y Pakistán.

El jefe del Fondo, Dominique Strauss -Kahn, ha señalado lo que es norma en cualquier operación del organismo: que el costo de esta línea de crédito es menor al del mercado.

También dijo que este financiamiento tiene "condiciones simples", sobre metas de programas económicos "focalizadas" hacia la emergencia. Pero queda claro que requisitos habrá: "Dado que el FMI es una institución financiera, sus préstamos no pueden estar exentos de condiciones", remachó Strauss-Kahn hace bien poco.

Salvo por alguna excepcionalidad que no aparece a la vista, suena a inevitable que si el Gobierno aspira a un financiamiento del Fondo Monetario deberá aceptar compromisos de política económica.

Ni más ni menos que eso a lo que Néstor Kirchner le escapó cuando, de un solo golpe, pagó toda la deuda. Y presentó, a tambor batiente, como una gesta contra las condiciones que imponía el organismo.

Hoy mismo la Argentina resiste un requisito de rigor, casi una formalidad, para cualquier país socio del FMI: una revisión anual de sus números económicos, conocida en la jerga como el "Artículo cuarto".

Y si por esas vueltas de la vida hay que volver a tocar las puertas del Fondo, existe otra cosa también previsible. Que después de todo lo que aquí se dijo, y así haya sido con motivos sobrados, los técnicos de Washington no se la van a hacer fácil al Gobierno. Empezando por las estadísticas del INDEC, claves en cualquier programa que se pretenda acordar y descalificadas por todo el mundo.

Tampoco parecen existir muchas chances de que el FMI actúe como garante en la refinanciación de las deudas, sea la nuestra o la de cualquier otro país emergente. Especialistas locales dudan que las potencias que lo gobiernan vayan a aceptar un sistema así.

Y por lo que le toca estrictamente a la Argentina, hay un antecedente poco propicio. En tiempos de Carlos Menem, el Banco Mundial prestó garantía a una línea de títulos públicos, que después, como otras obligaciones, quedó presa del default. Según ex funcionarios, incumplida durante la era kirchnerista.

A su manera y sin las estridencias de aquí, Lula también pagó para sacarse la tutela del FMI. Ahora recibió US$ 30.000 millones de la Reserva Federal de Estados Unidos. Por más de una razón y por muy justo que sea alegar autonomía en las decisiones, no resultará fácil que esa misma gracia del mundo financiero toque al gobierno argentino.

Así son las reglas del juego. Seguramente, el papel del Fondo será acomodado a un nuevo orden que llevará tiempo construir: por primera vez, atendiendo otras voces que no sean sólo las de las potencias. Lo que suena a vidrioso es un FMI como el que imagina el Gobierno.

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