El Gobierno no atina a descubrir las causas de la durísima derrota

Por: Eduardo van der Kooy

Habrá que seguir aguardando, con la paciencia de un buda, para saber cuál ha sido la interpretación cabal de Cristina y Néstor Kirchner sobre la aplastante derrota en las elecciones legislativas del domingo. Nunca una derrota política sabe a dulce. Muchas veces, incluso, sumerge a los actores en estado de conmoción.

Ese estado, tal vez, ayude a entender las señas contradictorias que, acerca de la derrota, derramaron ayer el ex presidente y su mujer, la Presidenta. Kirchner decidió apartarse, en un gesto preñado de realismo, de la conducción nacional del PJ que delegó en Daniel Scioli, el vicepresidente del partido. Cristina deambuló con explicaciones en una rueda de prensa convocada para hablar de los comicios. Habló casi una hora, se colgó varias veces de las ramas, y nadie pudo redondear una conclusión sobre que piensan ella y su Gobierno de la infortunada jornada del domingo.

Kirchner tuvo en su rostro desmejorado las cicatrices de la derrota. Las tuvo en la madrugada de ayer al aceptar la victoria de Francisco De Narváez y también al mediodía cuando, desde un escenario que bien pudo haber sido extraído de esos filmes soviéticos de la época de la Guerra Fría, resignó el timón del peronismo.

Aquellas cicatrices afloraron por una derrota que el ex presidente no esperaba. Le sucedió a Raúl Alfonsín en 1987, a Carlos Menem y a Eduardo Duhalde en 1997: Buenos Aires es siempre una caja de misterios donde los dirigentes creen atesorar para siempre su poder. Kirchner estuvo por momentos desconsolado en la habitación del hotel y se dedicó, por horas, a buscar culpables.

Las primeras víctimas fueron los encuestadores que le habían dado garantías de triunfo, incluso con las boca de urna. Luego desfiló Florencio Randazzo, a quien habría responsabilizado de cuidar sólo la victoria en su ciudad natal, Chivilcoy. Cayó en la desgracia el senador Daniel Filmus por su ausencia en la campaña porteña a favor de Carlos Heller. Muchas sospechas merodearon también a Sergio Massa. El jefe de Gabinete se jactaba de que en Tigre el ex presidente no cosecharía menos de 45 o 50% de los votos. Arañó el 39% a sólo 4 unidades de Unión Pro.

Superada la furia llegó el tiempo del realismo. Los Kirchner necesitan, como mínimo, un peronismo reagrupado para encauzar la gobernabilidad. El ex presidente perdió su dosis final de predicamento cuando, luego de infinidad de artilugios y presiones políticas, debió declinar Buenos Aires frente a una módica embestida opositora. ¿Podrá Scioli reagrupar a un PJ en estado deliberativo?. El gobernador tiene una virtud de la cual carece Kirchner: es paciente para el diálogo y la persuasión. Fue, justamente, la característica que resaltó Carlos Reutemann. La del senador victorioso en Santa Fe resultó un buen augurio para Scioli que es observado con menos confianza en otras provincias del interior. ¿Por qué razón?. Son varios los caudillos que sostienen que la reorganización del PJ debería conducirla algún dirigente que haya salido indemne de la paliza electoral del domingo. Scioli fue vencido en Buenos Aires aunque a esa derrota lo haya empujado el empecinamiento de Kirchner y su propia debilidad para resistirse.

No hay ningún gobernador que el día después haya omitido la cantidad de desaciertos del Gobierno que condujeron al PJ al peor de los mundos. Esos gobernador deben haber escuchado con perplejidad, igual que tantos ciudadanos, las explicaciones que ofreció Cristina.

La Presidenta pareció asemejarse, en algún punto, a aquella pobre imagen de Fernando de la Rúa cuando en octubre del 2001 intentaba persuadir que su Gobierno no tenía ningún vínculo político con las legislativas que significaron el certificado póstumo de la Alianza. Cristina pareció explicar la derrota casi como un hecho mágico provocado, respetuosa y legítimamente, por la voluntad popular.

Pero fue incapaz de explicar por que motivos aquella voluntad mutó de manera tan brusca en apenas un año y medio. Sus propias estadísticas, que leyó con afición de periodista, parecieron condenarla: habló de casi un 30% de votos obtenidos por su Gobierno en el orden nacional como si se tratara de una conquista. Ella misma se coronó hace menos de dos años con el 47%. ¿A qué pudo deberse semejante tobogán?.

Descreyó que haya obedecido al conflicto con el campo, aunque la lectura de las elecciones indica que ese conflicto fue determinante. Reutemann llegó al apretado triunfo por la acumulación de votos en el interior y la ciudad de Santa Fe. La Coalición Cívica disimuló su palidez en Capital con victorias en el interior ¿como Entre Ríos¿ fogoneadas por dirigentes rurales.

También negó Cristina alguna incidencia de la situación económica o de las distorsiones causadas por el INDEC. Dijo, a propósito, que el FMI acaba de elogiar la regularidad de sus informaciones. La regularidad, pero no su veracidad ni su contenido.

La Presidenta interpretó, tal vez, como un error que el Gobierno no haya profundizado algunas de sus políticas. Por esa razón resaltó el gran comportamiento de Fernando Solanas en Capital. El broche lo puso en Santa Cruz: dijo que la derrota pudo obedecer a la ausencia del matrimonio tantos años. La contrastó con el éxito en El Calafate, donde van fines de semana.

El problema ya no empieza a ser para el Gobierno la derrota. El problema, al menos el día después, es su negación para reconocer las causas.

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