El Gobierno no advirtió la crisis

Por Joaquín Morales Solá

Estaríamos ante un problema nuevo si lo que dicen es lo que piensan. ¿Cree realmente el matrimonio Kirchner que la crisis es producto de que los medios "quieren quebrar la esperanza de los argentinos"? Cristina y Néstor Kirchner han repetido ese concepto hasta el cansancio en los últimos tiempos. Los periodistas y los medios no necesitan que los defiendan. Sólo están cumpliendo -y nunca como ahora- con su deber de contar las malas noticias; la brutal crisis económica internacional también afecta en todo el mundo a las empresas periodísticas y a los propios periodistas.

Sin embargo, parece que prevalece en ellos esa idea de que la convulsión del mundo y de la economía fue creada por los periodistas. Hasta ahora, sólo es perceptible un gobierno más preocupado por la ensaladera electoral del lejano octubre que por las consecuencias más inmediatas de la crisis. Para peor, también hay malas noticias con miras a las elecciones: la ruptura de Carlos Reutemann del bloque de senadores oficialistas es algo más que un problema de matemática parlamentaria; es el adiós a Kirchner por parte de la estratégica provincia de Santa Fe.

La administración ha hecho -es cierto- algunos anuncios para incentivar aisladamente el consumo, pero ningún funcionario tuvo en cuenta una lección de la historia: las sociedades pesimistas no consumen, aunque algunos sectores de ellas puedan hacerlo. El Gobierno preparó, en cambio, un ambicioso plan de obras públicas, el más grande de la historia según la definición del ex presidente Kirchner. Otros países, incluso los Estados Unidos, también han recurrido al viejo Keynes para zafar de la encerrona. El conflicto argentino consiste en que aquí han hecho coincidir lo útil con lo agradable.

Pero esa combinación podría ser el agujero negro del propio plan. ¿Podrá ser efectivo un programa de obras públicas concebido sólo como una herramienta electoral? ¿Podrá, si se interpone, como seguramente se interpondrá, el método tan kirchnerista de premiar y castigar?

Ningún Kirchner y ninguno de sus ministros advirtieron la inminencia de la crisis, su profundidad y sus alcances en la economía local. Ha quedado muy lejana, aunque pasaron apenas cuatro meses, aquella Cristina Kirchner que proclamaba desde Nueva York, casi triunfante, que en los países desarrollados se había desatado el "efecto jazz". La Argentina estaba vacunada contra el virus que afectaría sólo a las naciones desarrolladas, deslizaba la Presidenta. Todavía su gobierno gastaba casi 10.000 millones de dólares anuales en subsidios al consumo de servicios públicos. No hay medida más "procíclica" que ésa, contrariando el discurso de un gobierno que habló siempre de una política "contracíclica".

La economía de los países, según los estudios académicos más recientes, necesita para progresar no sólo las condiciones propias, y naturales si las tiene, sino fundamentalmente solvencia institucional. Kirchner no cesó nunca en su política de tratar a empellones a los potenciales inversores. Sigue concibiendo a los empresarios (salvo a los propios) como una estirpe con la que hay que batallar para arrancarle un peso todos los días.

Instituciones decadentes, cambio constante de las reglas del juego, maltrato a los inversores y un plan de obras públicas diseñado de acuerdo con la necesidad electoral exponen un mal diagnóstico de la crisis y muestran remedios aún peores. El valor de las instituciones cobra un particular relieve cuando las vacas andan flacas. El propio presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, debió reclamar ayer, con las sutilezas propias de su cargo, que el Poder Ejecutivo deje de darles órdenes a los jueces. En el inconfundible mundo de los Kirchner, los jueces también son propiedad política del que manda.

El G-20

Vamos a las cuestiones más sensibles que tocan al país. ¿Qué posición llevará la Argentina a la reunión del G-20 en Londres, el próximo 2 de abril, o a la cumbre americana (con Obama incluido) de Trinidad y Tobago, diez días después? Nada se sabe. Tres naciones latinoamericanas irán a Londres (Brasil, México y la Argentina) y no hay, hasta ahora al menos, un intercambio de opiniones para acordar posiciones comunes. Es una lástima que la relación con Brasil pase solamente por los diferendos comerciales entre los dos países, por problemas, en fin, vecinales.

Lula es casi el único líder del mundo que ha levantado su voz contra el proteccionismo y el único, quizás, que promueve con fuerza la vigencia del libre comercio, que le ha dado al universo largos períodos de paz y de progreso. No es un mérito menor en un mundo donde comienza a percibirse, aun en los países más desarrollados, el peligroso embrión del proteccionismo. Lo único malo es que Lula está solo y que la Argentina no lo acompaña, sobre todo porque la estructura económica local necesita desesperadamente del libre comercio. Nunca, por ejemplo, se terminará de resolver el conflicto con el campo si sólo se miran las pequeñas grescas argentinas y, sobre todo, si no se analiza el mundo como una oportunidad.

¿Cuál será la relación de Cristina Kirchner con el Washington de Obama? El Gobierno se ha sorprendido y excitado porque el subsecretario de Estado para América latina, Thomas Shannon, le concedió una larga reunión al vicecanciller argentino, Victorio Taccetti. La reunión fue pedida por el gobierno argentino y se realizará hoy en Washington. Shannon se ha convertido, con todo, en la única puerta de Washington que el gobierno argentino puede golpear.

Shannon es un diplomático experimentado y una persona cordial y simpática. Pero es un subsecretario designado por un gobierno que ya se fue. Miremos un ejemplo contrario. Lula no sabe quién es Shannon y nunca lo vio en su vida. El propio canciller brasileño, Celso Amorín, debió cruzarse con él en alguna oportunidad causal. Las reuniones de Shannon en Brasilia se realizan con importantes secretarios de la cancillería. Las relaciones de Brasil con Washington pasan por la máxima jerarquía del Departamento de Estado y por el influyente Consejo de Seguridad de la Casa Blanca.

La Argentina podría tener el mismo estatus que Brasil. Pero el problema aquí consiste en que el Gobierno ha decidido pelearse con los presidentes y arreglar con los subsecretarios.

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