Gobernadores y sindicalistas agitan otra vez cambios en el Gabinete

Entre los primeros se pide el relevo del ministro de Economía. En los gremios, el sillón de Ocaña.
Planteada como un plebiscito por el propio Gobierno, la elección del 28 de junio no sólo definirá la conformación futura del Congreso. Tendrá efectos decisivos sobre el gobierno de Cristina Fernández. Las especulaciones sobre cambios en el Gabinete han vuelto a rondar los pasillos de la Casa Rosada.

Una salida que se da por segura en todos los despachos, empezando por los del Ministerio de Salud, es la de Graciela Ocaña. La ministra, que libra una batalla desigual contra los eslabones más oscuros de la asistencia médica, se marcha asfixiada. Siente que la dejaron sola mientras la atenazaba Hugo Moyano y el brote de dengue. Reconoce que siempre tuvo el respaldo de la Presidenta, pero eso no parece suficiente. Su último servicio será permanecer en su puesto hasta después de las elecciones.

A pesar de que esta semana Elisa Carrió le abrió las puertas para un vuelta a su espacio, Ocaña ha dejado saber que no desea volver bajo el ala de Lilita. Se sentiría más cómoda acompañando a otros desencantados del oficialismo como Alberto Fernández, Luis Juez o Hermes Binner.

La CGT ya le ha hecho saber a Néstor Kirchner que quisiera a un hombre propio, o con su venia, en ese puesto decisivo para el manejo de los fondos de las obras sociales. Pero podría ser demasiado, incluso para Kirchner. Quizá el camino intermedio esté en un referente de salud de prosapia peronista, sin ataduras sindicales.

Si la salida de Ocaña será por voluntad propia, el resto de los movimientos dependerá mucho del resultado electoral.

Diversas fuentes con acceso cotidiano a Olivos consultadas por Clarín coinciden en que si el oficialismo obtiene una victoria holgada a nivel nacional (más de 10 puntos), la Presidenta y su marido se sentirán fortalecidos y los cambios serán pocos o ninguno.

Si en cambio el kirchnerismo no supera el 30 por ciento de los votos en todo el país y la distancia con la oposición resulta más corta, se hará difícil resistir las presiones por una renovación en el elenco.

Los primeros en exigirlas serán los gobernadores y caciques peronistas del interior del país que, a cambio del apoyo para transitar los últimos dos años de Cristina, exigirán gestos de buena voluntad hacia su electorado descontento.

Algunos gobernadores creen que, en medio del tsunami financiero internacional, es perentorio volver a dotar de peso específico al Ministerio de Economía. "No puede ser que el ministro sea un secretario de Hacienda", ningunea un gobernador a Carlos Fernández. También los industriales y empresarios reclaman un recambio en Economía.

Lo cierto es que Kirchner se siente muy cómodo con este esquema en que él mismo maneja los principales resortes de la Economía desde Olivos. Mantiene línea abierta con Amado Boudou y Ricardo Echegaray, que le reportan las disponibilidades de la AFIP y la ANSeS, y los ministros Julio de Vido y Débora Giorgi son los ejecutores de su política económica.

Con todo, parece difícil que, aún ante la eventual debilidad, Kirchner acepte alguien con más poder e independencia en Economía. Tampoco que entregue la cabeza de sus siempre fieles Guillermo Moreno o Ricardo Jaime. Este último se hizo cargo de la estrategia K en Córdoba, donde el kirchnerismo marcha hacia el desastre electoral.

Un caso aparte es el del jefe de Gabinete, Sergio Massa, que vivió desde su asunción una relación tumultuosa con Kirchner. Hoy transita por la vereda del sol y cumple tareas destacadas en la campaña en la Provincia, de las que se ven y las que permanecen en las sombras.

No se sabe cuánto durará en estado de gracia con el "primer caballero". Pero si es por él, no se moverá del sillón que ocupa. "A mí me apasiona la gestión", repite entre los suyos. Hace tiempo que les confió que su sueño es la Gobernación bonaerense.

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