El "giro copernicano" de nuestra democracia

Por Mariano Grondona
Hasta comienzos del siglo XVI se creyó en la teoría del siglo II d.C. del egipcio Ptolomeo, según la cual los astros giran en torno de la Tierra. Por eso la concepción de Ptolomeo recibió el nombre de geocéntrica. Pero en el año 1532 el astrónomo polaco Nicolás Copérnico sostuvo que el centro de nuestro sistema planetario no es la Tierra sino el Sol, y a su teoría se la llamó entonces heliocéntrica. El impacto de Copérnico fue tal que revolucionó la concepción del mundo y del hombre de la antigüedad. De ahí que cada vez que asistimos a un cambio extraordinario de nuestra percepción colectiva decimos que se ha producido un giro copernicano . El rumbo de la política argentina sufrió en la larga jornada del jueves último, cuando juraron los integrantes de la nueva Cámara de Diputados, un "giro copernicano". Hasta ese día, nuestro sistema político giraba en torno de Néstor Kirchner. Pero desde ese día, la concepción "kirchnercéntrica" quedó tan anacrónica como las ideas de Ptolomeo. ¿Cuál es la nueva concepción "copernicana" que viene a reemplazarla? Que el universo político argentino gira desde el jueves en torno de un nuevo "sol": el que atrae y coordina a las fuerzas de la oposición.

Desde el 28 de junio, cuando sufrió su primera derrota electoral a manos de la oposición, Kirchner, en lugar de adaptarse razonablemente a la nueva situación, dobló su apuesta originaria en busca del poder total y, mientras apretaba sin pausa a los legisladores que todavía le quedaban para conseguir leyes de apuro, hasta pareció que su inflexible voluntad podría convertirlo de "perdedor" en "ganador". Pero los griegos ya sabían que el máximo pecado que puede cometer el hombre es el que ellos llamaban hybris y que nosotros podríamos traducir por "desmesura": creerse un superhombre. Pero así como en la tragedia griega los dioses castigaban impiadosamente a los reyes que "se la creían", también entre nosotros la hybris kirchnerista ha empezado a ser castigada. Cuando se hizo acompañar en la sesión del jueves por incondicionales como Hugo Moyano y hasta por su propia suegra, y por masas escuálidas pese a los subsidios en una plaza que hubo de ser pero no fue tumultuosa, Kirchner confiaba todavía en su victoria. Grande ha de haber sido su sorpresa en el momento en que la oposición, a la que no le asignaba ni siquiera la capacidad de obtener el quórum propio de los 129 votos, se alzó con un apoyo de veinte votos por encima de esta cifra, obteniendo a partir de ahí el control de la Cámara de Diputados.

La "billetera" y el "galán"

La confianza con la cual Kirchner acudió a la sesión del jueves tenía, sin embargo, cierto fundamento. Hasta ese momento, en efecto, el kirchnerismo había podido apostar con éxito al dicho popular "billetera mata galán". Esta corruptela le había permitido asociar a su plan de poder a numerosos políticos hasta ese momento tenidos por opositores, desde el precursor porteño Ricardo Lorenzo Borocotó hasta el flamante gobernador correntino Ricardo Colombi. Si Kirchner acudió a la sesión del jueves con ánimo triunfalista, fue porque la veintena de legisladores que al fin no lo acompañaron le habían dado, al menos, "media palabra". ¿Por qué, en todo caso, no se la cumplieron? Aquí entró a jugar la hybris kirchnerista. Entre los proyectos que el ex presidente había auspiciado en el Congreso anterior, estaba la "reforma política" mediante la cual, aparte de intentar la preservación de su liderazgo en el Partido Justicialista -algo que, bajo los embates de Eduardo Duhalde, ya tampoco le es seguro- pretendió descartar del juego político a los partidos "menores" de la centroizquierda. Estos partidos, sin embargo, le habían dado un apoyo casi incondicional en el tratamiento de sus proyectos postreros. Cuando vieron que Kirchner les pagaba los servicios prestados con el precio de su probable extinción, a los centroizquierdistas los embargó la indignación, un sentimiento explicable que terminaría por alinearlos, el jueves, con el resto de la oposición. Como en otros casos, la avaricia política del ex presidente resultó ser su peor enemiga.

¿Por qué en este jueves la "billetera" no mató al "galán"? La respuesta a esta pregunta apunta a la más reciente de las transformaciones que está experimentando nuestro sistema político. La corruptela de la compra de voluntades a la que había apelado hasta ahora con éxito el kirchnerismo porque se presentaba ante los "borocotizados" y los "colombizados" como el portador de un beneficio inmediato fue perdiendo su atractivo a medida que el costo político que arrastraba consigo iba volviéndose cada día más alto. Fue entonces cuando resurgieron las motivaciones del "galán". Las matemáticas de la votación del jueves manifestaron un factor ya no cuantitativo sino cualitativo porque, a medida que los plazos que corrían hasta el 10 de diciembre e incluso en dirección de 2011 se iban acortando, contra la "ganancia" de algunos pesos los políticos pendulares empezaron a poner en el otro platillo de la balanza la aciaga suerte que podrían correr aquellos que persistieran en asociarse a la imagen de un Kirchner ya no "ganador" sino "perdedor". Si esta percepción es correcta, seguramente a las defecciones que lo sorprendieron el jueves Kirchner tendrá que sumar cada vez más el éxodo de sus partidarios menos convencidos, un éxodo que reflejará además la alicaída intención de voto a su eventual candidatura, que si el 28 de junio ya había bajado del 46 por ciento de 2007 al 25 por ciento, hoy las encuestas más serias la reducen al 18 por ciento.

Convergencia y pluralismo

Otro aspecto nada desdeñable de la nueva situación es que los opositores no vienen de derrotar al kirchnerismo mediante la proyección de un cadidato dominante, de un nuevo caudillo antikirchnerista que podría monopolizar la política argentina otra vez aunque en un sentido inverso al anterior, sino mediante una convergencia que respeta el pluralismo. No pasaremos entonces de un déspota kirchnerista a un déspota antikirchnerista, sino a un conjunto de fuerzas cuya trabajosa armonía respetará su identidad. Este es, al fin y al cabo, el sentido de la democracia republicana. Si las fuerzas opositoras logran firmar una suerte de nuevo Pacto de la Moncloa como el que está postulando Rodolfo Terragno, esto significará que, en el marco de este acuerdo global, ellas podrán competir libremente después entre sí por el favor del electorado a partir de las comunes "políticas de Estado" que hayan firmado y que, sea cual fuere la futura ganadora, todas deberán respetar. Así se instalará entre nosotros el mecanismo de la rotación de las fuerzas políticas en el poder sobre la base de un consenso de largo plazo, que es la nota destacada de las democracias que nos rodean desde Chile hasta Uruguay pasando por Brasil.

Este horizonte de concordia institucional, competencia política y progreso económico-social gracias a la reanudación de las inversiones de largo plazo, ¿no es acaso el que votó el pueblo el 28 de junio? Llevado por su hybris , Kirchner quiso rebelarse contra el pronunciamiento popular en los desconcertantes meses que han corrido desde entonces hasta hoy. Pero en una democracia auténtica y más allá de las trampas y la corrupción, la voz del pueblo es tenida por la voz de Dios. La nuestra es una "república" porque respeta el pluralismo de los partidos y las opiniones, pero también es una "democracia" porque al fin es el dedo del pueblo el que sube o el que baja, y todo lo que les queda entonces a los políticos con futuro es plegarse a él, de una manera consistente y ordenada.

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