Gigolós 2.0: los "estafadores del amor" se reinventan en las redes sociales

El caso de Javier Bazterrica y una práctica de todos los tiempos que se renueva en la Web. Hablan las víctimas. Claves para reconocer a un farsante sentimental.

“Todo empezó por Facebook. Me hizo creer que era la mujer de su vida”, cuenta a Clarín la hermana de Flavio Mendoza detrás de unas gafas oscuras.

Adriana esconde su mirada mientras que Javier Bazterrica, más conocido como “El gigoló”, se pasea por los canales de televisión y se va libremente de los tribunales de Rosario vestido de polista. Debió pagar una caución de $10.000 para no quedar detenido porque Fernanda Vergara, quien fuera su pareja durante unos meses en 2013, le imputa los delitos de estafa, hurto y abuso de confianza. Con ella, también, todo empezó por Facebook.

Adriana, Fernanda, Carla, Analía, Raquel y una larga lista de “engañadas anónimas” que conocieron a Bazterrica a través de la red social, ¿son despechadas o víctimas de un gigoló serial? La Justicia dará su veredicto. Pero algo que el Código Penal no tiene en cuenta es que, lejos de ser un cliché de los 80, el acecho de los gigoló sigue activo y viene potenciado por el uso de redes sociales y aplicaciones para encontrar pareja.

“Un gigoló es un vendedor de ilusiones. Se presenta bajo el disfraz de una persona atenta. Tiene una máscara polifacética que va cambiando en función de la personalidad de la mujer que se propone embaucar.

Es hábil para detectar mujeres frágiles y ansiosas de encontrar su ‘príncipe azul’”, explica Juan Eduardo Tesone, médico psiquiatra miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Y así de frágil estaba “Anny”, quien pide no dar su nombre real, cuando le llegó la solicitud de amistad de Bazterrica: “Soy viuda y este tipo me envolvió. Estuve 5 meses con él y una vez entró a mi casa cuando no estaba y me robó un montón de cosas. Tengo dos hijos y no hice la denuncia por miedo a perder el trabajo”.

Gracias a ese trabajo que Anny no quiere perder, desenmascaró a Bazterrica tres años atrás. “Me dijo que era nieto de Amalita Fortabat y como yo tenía las herramientas para investigarlo, lo hice y me di cuenta de que era un fabulador”, cuenta. Pero no todas las mujeres tienen esa capacidad investigativa y con aplicaciones para encontrar pareja o sexo como Tinder (más de 400 mil usuarios locales) o Happn (que registra las personas con las que sus usuarios se cruza por la calle) todo se basa en la apariencia y en unos pocos datos que surgen de Facebook. Bazterrica era un verdadero coleccionista de nombres falsos en todas estas redes sociales. 

A los gigoló también los ayuda el anonimato de sitios para infieles como Ashley Madison, que ya tiene más de 60 mil usuarios sólo en Buenos Aires. El hackeo que lo obligó a suspender servicios demostró que la red era refugio de miles de cuentas falsas. 

En el caso de la red social AdoptaUnChico.com que, pese a la polémica por tratar a los hombres como “objetos” en una góndola virtual, tiene más de 60 mil usuarios en el país, hay un “nivel de seguridad” extra ya que “las mujeres pueden chatear entre sí antes de conocer a un hombre”, explica su responsable de marketing, Clara Bizien. “Además, brindamos una gran cantidad de datos que van más allá del nombre, el sexo o la edad. Como la personalidad, los hobbies, los gustos y los deseos”, agrega. 

Pero la mentira está la acecho. La psicóloga Adriana Guraieb, miembro de APA, explica que los gigoló “son profesionales del engaño y muy efectivos. La frialdad que tienen hace que mantengan el control y no se contradigan”. Y aquí entra en escena Raquel, de San Luis, quien tiene un hijo de 3 años con Bazterrica, y cuenta a Clarín que lo denunció por abandono de hogar. “Lo conocí en 2011, por Facebook. Tenía el perfil casi oculto. No podía ver ni una foto y cuando le cuestionaba eso me decía que era para protegerse de los que se interesaban en su herencia. Y esa era su excusa para todo. Estuve 9 meses con él. No volvió a ver a su hijo”, dice y se escucha a una mujer llorando del otro lado del teléfono. 

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