El gesto de Bachelet y las promesas de Piñera

El gesto de Bachelet y las promesas de Piñera
Bachelet invitó al ganador del domingo a acompañarla a fines de febrero a la cumbre de Cancún del Grupo de Río. Acordaron una transición tranquila. El eje principal de la nueva gestión de derecha será reactivar el crecimiento.
A horas de su triunfo electoral, mientras define su gabinete y estudia las primeras medidas de su futuro gobierno, Sebastián Piñera, 60 años, recibió una señal de apoyo a su propuesta de gobernar en base a una política de acuerdos con la oposición. Tal como había prometido, la presidenta Michelle Bachelet ayer desayunó en la casa de Piñera y en ese espacio de 45 minutos la mandataria invitó al presidente electo a acompañarla a fines de febrero a la cumbre de Cancún del Grupo de Río.

"He invitado a Sebastián Piñera para que me acompañe a la gira internacional más importante, la cual es la cumbre de Río, donde podrá tener la posibilidad, dadas las características de esta cumbre, de interactuar y ser presentado al conjunto de mandatarios de la región que participarán", dijo la presidenta. El gesto de Bachelet es especialmente significativo, porque Chile deberá asumir este año la presidencia pro tempore del Grupo de Río hasta el año 2012.

La presidenta y Piñera acordaron una transición tranquila, informó la mandataria. "Lo visité en su casa al presidente electo y a su familia para felicitarlo y saludarlo personalmente. Hemos tenido una conversación muy cordial donde hemos hablado sobre los temas nacionales e internacionales, donde yo le he señalado a Sebastián Piñera que nosotros le podemos asegurar una organización de lo que va a ser el traspaso de mando en el mes de marzo y un fluido intercambio entre el gobierno que va a salir el 11 de marzo y el gobierno que va a ingresar, de manera de que Chile pueda seguir avanzando", señaló Bachelet.

La presidenta hizo el anuncio ayer desde La Moneda, tras promulgar la ley que garantiza la distribución de la píldora del día después, uno de los logros más emblemáticos de su gestión. Piñera había apoyado la ley contra las objeciones de la Iglesia Católica, de fuerte ascendente en su coalición. Pero ayer, mientras la presidenta firmaba la ley, el presidente electo se reunía con líderes de congregaciones religiosas, incluida la católica, que se habían acercado a su casa para felicitarlo por su triunfo electoral.

Mientras tanto empezó la danza de nombres. Para la cartera de Economía se menciona a Felipe Larraín, economista graduado en Harvard como Piñera y coordinador del equipo económico en la campaña, y también a Juan Andrés Fontaine, recibido en la universidad de Chicago. Rodrigo Hinzpeter, el jefe de campaña, sería recompensado con el Ministerio del Interior. Joaquín Lavin, líder del partido derechista UDI, también tendría un lugar importante en el gabinete.

El programa de gobierno fue elaborado por un equipo de dos mil quinientos tecnócratas agrupados en una fundación llamada Grupo Tantauco, igual que la imponente estancia que Piñera posee en la isla de Chiloé. El modelo elegido por Piñera es el gobierno del demócrata cristiano Patricio Aylwin, el primero tras el retorno de la democracia, en 1990, ya que el presidente electo considera que el suyo será una suerte de "segunda transición" tras veinte años de gobiernos de la Concertación de centroizquierda.

El eje principal de la nueva gestión es reactivar el crecimiento. Durante los primeros 19 años de gobierno de Concertación, Chile creció a un ritmo del cinco por ciento anual, casi el triple de promedio regional. Pero el año pasado, por la crisis internacional, la tasa de crecimiento fue negativa y el desempleo creció hasta alcanzar a casi el diez por ciento de la población activa, pese a las políticas anticíclicas que aplicó el gobierno de Bachelet.

Durante la campaña, Piñera prometió crecer a un promedio del seis por ciento anual y crear un millón de puestos de trabajo. Según sus técnicos, esto es posible si se moderniza el Estado para hacerlo más eficiente, se generan oportunidades para los jóvenes y si se invierte más en educación. De lograr semejante crecimiento, Piñera podría cumplir su promesa de mantener el gasto social en alrededor de cinco por ciento del producto bruto interno y no desmantelar la red de protección social creada por la Concertación tras las políticas neoliberales que aplicó la dictadura de Pinochet.

"Lo que haremos es sumar el conjunto de medidas y ver cómo cuadran con la disponibilidad de recursos. En todo caso, lo que más determinará la cantidad será el diagnóstico de cómo va evolucionando la economía mundial", dijo Fontaine en la presentación del programa de gobierno del Grupo Tantauco en abril del año pasado.

Piñera también propone medidas para facilitar la formación de pequeños sindicatos y otras que impulsen el trabajo desde las casas. Aunque no le gusta hablar del tema, no descarta privatizar.

La estructura tributaria no sufriría muchos cambios. El presidente electo mantendría por tiempo indefinido una baja a los impuestos al sello y timbre dispuesto por Bachelet. También estudia una rebaja al impuesto a las ganancias. Por otro lado, anunció nuevos impuestos a la actividad minera.

En lo social, la principal promesa de campaña de Piñera es un desembolso, en efectivo y por única vez, en marzo, de unos 80 dólares a dos millones de chilenos carenciados. También habló mucho de ayudar a la clase media, una alusión muy festejada por sus seguidores, pero no dio muchas precisiones. Su promesa de poner mil policías más en la calle y combatir la delincuencia y el narcotráfico le sumó votantes ricos y pobres por igual.

Sin mayoría propia en el Congreso, Piñera propuso un gobierno de acuerdos como fue el de Aylwin en la primera etapa de la coalición de centroizquierda. Necesitará el apoyo de la Concertación sobre todo para imponer su agenda progresista de derechos civiles, que incomoda a sus aliados naturales en la derecha. Con la Concertación en crisis, es probable que dirigentes de la democracia cristiana sean tentados para sumarse a su gobierno.

En el frente externo, Piñera cuenta como aliados naturales a los gobiernos de Perú, Colombia y México, pero no comparte afinidad ideológica con los de sus vecinos Argentina y Bolivia. El presidente Lula de Brasil lo recibió en el Palacio Planalto en plena campaña y Piñera heredará las excelentes relaciones de la presidenta saliente con el presidente de Estados Unidos y los jefes de Estado de la Unión Europea, y no es arriesgado aventurar que no habrá visitas presidenciales a La Habana en los próximos cuatro años.

En los próximos dos meses el presidente electo deberá resolver el destino de sus propiedades más emblemáticas: la aerolínea Lan Chile, el canal Chilevisión y el equipo de fútbol Colo Colo.

Las acciones de la aerolínea más próspera e importante de la región no han parado de subir desde que Piñera anunció que venderá si es elegido presidente. Hasta qué punto el presidente especulará con las acciones antes de venderlas es uno de las preguntas que quedan pendientes.

Con respecto al canal de televisión, el presidente electo dijo que transferirá el paquete accionario a una fundación. Dijo que no será el presidente de esa fundación, pero no descartó que la dirija alguien cercano a él. En cuanto a Colo Colo, que viene de salir campeón, Piñera invocó argumentos del corazón para anunciar que no venderá, si la ley lo permite, hasta ganar la Copa Libertadores de América, algo que en Chile ocurre cada muerte de obispo. Lo llamativo es que hasta hace cuatro años Piñera era hincha confeso de la Universidad de Chile, archirrival de Colo Colo.

A la hora de los primeros balances, tanto en la coalición como en la Concertación, así como analistas independientes, coinciden en señalar que el domingo, más que ganar Piñera, perdió la Concertación. Al repasar los logros de los veinte años de gobierno de centroizquierda es fácil darse cuenta de que Chile es otro país. Más ambicioso, más emprendedor, y el mensaje de la Concertación y su candidato Eduardo Frei, anclado en el pasado y en los fantasmas de la dictadura, no sintonizó con el nuevo Chile que la Concertación había construido. "En los últimos años la economía creció mucho y muchos chilenos de clase media pudieron costearse por primera vez unas vacaciones en Cancún con un crédito a dos años, o mandar por primera vez a un hijo a una escuela privada, que acá son mucho mejores que las públicas. La Concertación siguió hablando de planes sociales y educación pública, pero no tenía un mensaje para esa clase media que tiene miedo de perder las conquistas de los últimos años", explicó el escritor Juan Pablo Meneses.

Piñera encontró el mensaje para esos sectores medios. El mensaje era él. Rápido, innovador, moderno, sensible a los derechos humanos, encarna el Sueño Chileno, versión vernácula del American Dream.

Estudió en Harvard, trabajó en la Cepal de Prebisch, trajo el negocio de las tarjetas de crédito a su país y se hizo rico con ellas, fue gerente general de Citicorp a los 29 años y sobrevivió a las zancadillas de sus socios conservadores, incluyendo un sonado caso de escuchas ilegales llamado "Piñeragate". Su hermano José, con quien no se habla, fue ministro de Pinochet y diseñó el sistema de jubilaciones privadas. Otro hermano, el Negro, es un tránsfuga simpático que tuvo problemas con la ley.

Dicen que es un gran formador de equipos pero nunca fue un administrador, ni como empresario ni como político. Su habilidad es la especulación. Comprar barato y vender caro al final del día. Así hizo su fortuna, así construyó su carrera política. "Yo creo que se fue a la Alianza después de votar No en el plebiscito del ’88 porque vio una oportunidad que no estaba siendo explotada", dijo su amigo Juan Pablo Díaz en la biografía que pasaron ayer por la televisión.

Ahora que la venta está hecha, Piñera tiene cuatro años para retirarse con sus acciones en alza. Pero Chile no es una empresa, mucho menos un negocio. Si no lo sabe aún Piñera, no tardará en descubrirlo.

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