La gestión ninja

Por Silvio Santamarina

El Gobierno tiene muchos frentes abiertos, pero Kirchner sigue confiando en que a los desafíos hay que contestar subiendo la apuesta.

En las sobremesas del centenar de embajadores argentinos que vinieron a Buenos Aires para un seminario con la Presidenta durante esta semana, la sensación generalizada de los que volvieron a casa por unos días fue la acelerada caída de popularidad del matrimonio Kirchner y el creciente malhumor contra la conducción de Olivos, incluso en las propias filas del peronismo oficialista. “Es increíble: hasta hace un año, era tan fácil ser oficialista, pero ahora Néstor está realmente difícil, y la gente está muy enojada”, se lamentó uno de los diplomáticos.

El Gobierno tiene abiertos demasiados frentes de conflicto, y eso le mete presión personal a quienes todavía siguen jugando del lado kirchnerista. A la responsabilidad K por su estilo ninja de multiplicar sus peleas sectoriales, hay que sumarle un clima de época, una sensación térmica de fin de ciclo, que hace envalentonar a cada sector para plantearle exigencias al Gobierno con una impaciencia desconocida durante los años dorados de la era K. A los Kirchner les entran las balas por todos lados, pero ellos responden poniendo el pecho y replicando con artillería más pesada como hacía Al Pacino en la legendaria escena final de Scarface. De desafío en desafío, de agravio en agravio, la sociedad se desbarranca como una bola de nieve hacia un abismo de conflictividad institucional y económica que no coloca a la Argentina en la mejor posición para aguantar el crac financiero internacional.

Solos contra el mundo: así se resume el rabioso diagnóstico K de la situación. El mundo incluye a todos los argentinos que –según las encuestas– están pensando en no votar al oficialismo, y también incluye a los kirchneristas dudosos que están tentados de contestarle a Néstor como Riquelme a Maradona. Ser K hoy es estar peleado con alguien influyente: puede sonar romántico, pero en términos de gobernabilidad es casi inviable. El campo volvió a las rutas, luego de una tregua esperanzadora. Esta semana, los empresarios se diferenciaron del Gobierno tanto en los pasillos de la UIA como en el Marriott Plaza de Retiro, donde sesionó IDEA. La Corte mantiene una polémica cotidiana en los medios con funcionarios kirchneristas que le reclaman eficacia y celeridad en causas de DD HH y de delitos violentos: el riesgo es que la Justicia conteste mejorando dramáticamente su performance en la lucha contra la corrupción estatal, y que renuncias como la del fiscal Garrido proliferen hasta el escándalo. La Iglesia argentina cuchichea sobre corrupción en el Vaticano. Susana y Tinelli –dos tribunas mediáticas claves en tiempos de campaña electoral– también enojaron al progresismo pingüino. Lula mandó a sus mejores diplomáticos a Buenos Aires esta semana, para calmar los ánimos antes de la cumbre con Cristina en Brasilia; pero el derrumbe imparable del comercio bilateral promete complicar las relaciones entre vecinos. Moyano, hasta ahora alineado, acusa a la Casa Rosada de no tener códigos y masculla represalias. La lista sigue y sigue.

Para detener, congelar o al menos dinamitar esa sangría de aliados tácticos, Kirchner volvió a doblar la apuesta y le pidió al Congreso que le deje adelantar el llamado a elecciones parlamentarias nacionales. Más allá de los motivos estratégicos en distritos como la Capital, la razón profunda parece ser la certeza K de que tanto política como económicamente el 2009 se irá poniendo peor. Para qué esperar hasta octubre para medir fuerzas, entonces: mejor hacerlo ahora, cuando la foto de este instante se ve mejor que la película del año. La movida también desnuda las inconsistencias de una oposición sin propuestas, que venía haciendo la plancha porque desde Olivos le ahorraban el trabajo de limar al Gobierno.

La avivada electoral K explica otro apresuramiento legislativo: la Ley de Radiodifusión que el oficialismo agita contra el Grupo Clarín. Si efectivamente el proyecto afectaría los intereses del multimedio, no se entendía por qué Kirchner querría dejar tantos meses entre el golpe a Clarín y las elecciones. Una carrera electoral larga con “el gran diario” herido en contra no sonaba una estrategia de campaña ganadora. Tampoco así será fácil: votar una ley anti Clarín le costará a cada legislador oficialista tanto o más que la Resolución 125. Y el contexto político es más endeble.

Pero a diferencia de la guerra gaucha, la pelea con la prensa es la sal del proyecto K. El kirchnerismo cree que la guerra contra los medios le ordena todo su frente de batalla, es el denominador común de la cruzada K. Además, perdido por perdido, el resultado electoral de este año pintaba mal, con o sin Clarín. Tal vez Kirchner no sea tan cortoplacista como lo pintan sus críticos, y en lugar de pensar en 2009, ya está enfocado en el 2011: si su Ley de Radiodifusión es aprobada, el sueño K de conquistar el negocio de los medios tiene más chances de tener éxito.

No hay que subestimar la obsesión mediática del kirchnerismo, porque más que una postura ideológica y un plan de negocios, es una fascinación personal. Por eso Néstor lee los diarios lapicera en mano, por eso Cristina coloca la voz como hacían las locutoras de la vieja escuela de Betty Elizalde, por eso Guillermo Moreno tiene colgadas en su oficina todas las tapas que le dedicó Crítica de la Argentina. Los pingüinos son cholulos con navaja.

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