"La gente espera un súper juez que sintetice todas las virtudes"

Armando Andruet, vocal del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, visitó Tucumán. El magistrado asegura que, en una democracia, es normal que la tensión caracterice las relaciones con los poderes políticos.
Armando Segundo Andruet (h), vocal del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, aclara a LA GACETA, con algo de ironía, que no pretende incurrir en una suerte de psicoanálisis de la función judicial. No obstante, conjetura: "la sociedad tiene necesidad de creer en alguien, en alguna institución. Entonces, suele cifrar sus expectativas en los poderes judiciales". A partir de esta premisa, insta a los jueces a que, en el momento de resolver una cuestión, nunca olviden esto.

Indudablemente debido a su talante filosófico (enseña Filosofía del Derecho en la Universidad Católica de Córdoba), las charlas con este magistrado suelen ser ricas en reflexiones y en las perspectivas que brindan para entender la realidad judicial, como lo ha demostrado durante su reciente visita a Tucumán, donde participó como jurado en concursos docentes convocados por la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNT.

-La sociedad pareciera esperar demasiado del Poder Judicial...

-Si la función de los jueces consistiera sólo en dictar resoluciones, aun cuando estas fueran las mejores posibles, la sociedad quedaría con una sensación de insatisfacción. Desde la construcción sociológica, aquella tiende a buscar cierto paternalismo en algún ámbito institucional del Estado. Pero a esa mirada no la encuentra en el Poder Ejecutivo ni en el Legislativo, por lo que tiende a reposarla sobre los poderes judiciales. Entonces, los jueces deben tener una visión mucho más generosa no sólo para dictar una resolución ajustada a derecho y justa, sino que también tenga proyecciones que excedan el caso. Cada vez que un juez dicta una sentencia en la causa entre Juan y Pedro, genera un efecto que trasciende a estos. Hay un ciudadano alejado de esa relación que está observando en ese pronunciamiento su propio caso, futuro, eventual o pasado.

-¿Esto implica que se les exige más a los jueces?

-Claro que sí. La ciudadanía aspira a tener no sólo un juez, sino una especie de súper persona que sintetice el conjunto de virtudes: una suerte de juez Hércules que no existe, salvo en el imaginario colectivo. Por eso, cuando los jueces tienen defecciones, estas son rápidamente advertidas por la sociedad, porque el ciudadano pone en esa imagen del juez todos sus sueños y entusiasmos. No sólo quiere un hombre justo, sino alguien que sea omnímodo en las virtudes, alguien que casi no existe.

-¿Los jueces se encuentran, entonces, entre la presión de la sociedad y la frecuente tensión con los poderes políticos?

-La función de los poderes judiciales es la del contralor y esto genera asperezas. No está mal que el vínculo con los poderes ejecutivos consista en relaciones tensionadas, porque siempre hay tensión. El problema es cuando la relación deja de ser de tensión y pasa a ser de torsión. Cuando la realidad está torsionada (sic), indudablemente, hay un equívoco en alguno de los dos polos de este binomio. El Poder Ejecutivo debe saber que el judicial controlará la constitucionalidad de leyes o actos. Así funciona la democracia, como un orden pacífico de la convivencia social pero, al mismo tiempo, como un orden dialéctico de relaciones de poderes, que, si no se manifiestan por estos carriles, lo harán mediante rebeliones. Y a eso nadie aspira.

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