Gente que busca gente.

Por: Silvio Santamarina.

Elisa Carrió y Néstor Kirchner coinciden en un exilio interior mientras los demás se sacan fotos en mesas de diálogo. Y frotan la lámpara de la gobernación bonaerense. El diputado reelecto de Unión PRO Francisco De Narváez y el vicepresidente, Julio César Cobos, los socios de la desconfianza.

Dos grandes muy golpeados por los resultados electorales de hace un mes están guardando silencio mientras diseñan caminos de regreso al centro de la escena: Néstor Kirchner y Elisa Carrió. Ambos estudian cómo aprovechar la banca que los espera en el Congreso a fin de año. Y cuentan como si fueran porotos los soldados leales que todavía conservan en su tropa. En plena moda del diálogo multisectorial y ecuménico –sincero o puramente protocolar, según los casos–, los dos saben que por ahora son exiliados mediáticos, porque sus estilos confrontativos no encajan con el actual clima de consenso. Un viraje cosmético en sus estilos no sería nada creíble ante la opinión pública, y en lo personal les resultaría fastidioso hacerse los buenitos luego de haber sido cacheteados por las urnas. El problema que Néstor y Lilita enfrentan por estos días es cómo reinventarse, justo en un momento en que sus propios aliados desconfían de ellos e intentan despegarse para llegar vivos a 2011. Tanto kirchneristas como aristas disienten en la intimidad de la resistencia de sus jefes a contribuir a una tregua poselectoral, aunque muchos de ellos siguen obedeciendo en público la orden de no bajar las banderas.

La verdad es que cada vez menos operadores políticos creen en las chances de reconstruir una alternativa de poder alrededor de Carrió o de Kirchner, aunque estas figuras gocen de la magia de los que alguna vez fueron líderes carismáticos: siempre merodea el mito del ave Fénix, siempre queda la chance, al menos en teoría, de que encuentren la fórmula para renacer de sus propias cenizas. Para alimentar esa fábula del eterno retorno, Kirchner agitó en las últimas semanas dos escenarios, que le reservarían un protagonismo inquietante: a) el revival de su experimento "transversal" y b) una candidatura a la gobernación bonaerense. Por otros medios y con otros actores de reparto, Lilita garabatea guiones de la misma película. Desde su fugaz exilio en Cancún, del que volverá el 6 de agosto, manda señales esotéricas para evitar que la den por derrotada, luego del estallido de la alianza panradical, detonado por las diferencias de postura ante la convocatoria al diálogo del Gobierno. Ella también siente la necesidad de barajar y dar de nuevo, para no quedar subordinada a la megainterna de radicales y posradicales, donde ella es una jugadora de peso, pero sin el protagonismo y el voto de oro que supo disfrutar en los últimos años gracias a sus armados cuentapropistas. Carrió extraña las comodidades de su pyme electoral, que oscilaba entre las formas de un partido democrático-pluralista y el verticalismo de una secta esotérica con discurso republicano. La cuestión es con qué argumento enamorar a sus apóstoles desencantados y cómo sumar socios extrapartidarios que le temen a los arranques de divismo mediático de una Carrió que, como Kirchner y hasta como el bolivariano Hugo Chávez, ha cultivado demasiado la manía de tomar decisiones estratégicas en soledad y dejar que sus socios se enteren de las novedades por los noticieros. Como Néstor, Elisa también coquetea con la idea de armarse una candidatura a gobernadora bonaerense. En esa línea interpretan en el Acuerdo Cívico su mudanza de Barrio Norte a Vicente López. Es cierto que el cambio de domicilio estaba charlado desde antes de las elecciones, pero la deslucida performance de Carrió en las urnas confirmó la decisión. En los próximos años, en Capital queda un pasillo muy estrecho para la carrera de Lilita, apretujada entre el batacazo del espacio de Pino Solanas y la continuidad de la propuesta macrista, con Mauricio o con Gabriela a la cabeza en el distrito. Queda, entonces, la lotería de la provincia de Buenos Aires: como un espejo astillado, el distrito refleja la balcanización endémica de la política nacional. Y a río revuelto, salvación de pescadores: llámese Carrió, Kirchner, Stolbizer, Scioli, Duhalde o De Narváez.

Todo el que busca su destino entre las brumas que tapan el horizonte 2011 trata de hacer pie en la provincia, para desensillar hasta que aclare. Claro que no todos los casos son iguales. Por ejemplo, el Colorado De Narváez apunta al sillón de mando que está en la ciudad de La Plata, pero su mayor angustia está en quién será su socio la Casa Rosada. Todo indicaría que Macri es su aliado natural para controlar el panperonismo PRO, pero la lógica política argentina enseña que precisamente ese tipo de certezas suele ser una trampa mortal para los ingenuos. En política, el camino más corto entre dos puntos no suele ser la recta. Y los más hábiles para avanzar en zigzag se quedan con el premio. Por eso en el "coloradismo" que trabaja en horarios de oficina en el búnker de Las Cañitas estudian también la opción Lole Reutemann, que funcionaría como una especie de Michael Schumacher en Ferrari, en el caso de que el piloto actual de la escudería PROperonista quede fuera de carrera por algún accidente que le impida ver con claridad la meta presidencial.

La otra carta en la manga que guarda De Narváez es la alianza con Julio Cobos, con quien se está mostrando muy seguido en los últimos tiempos. Tan seguido que incluso da para desconfiar de que la charla vaya en serio y no sea más que un gesto provocador disuasivo del "Colorado" hacia la multi-interna PROperonista. Mostrándose con el vicepresidente –quien mantiene la mejor imagen en las encuestas que sondean el escenario 2011–, De Narváez se sube el precio ante los armados duhaldistas y de la liga de los caudillos federales del PJ disidente, que ven en Macri un mascarón de proa interesante, pero que ningunean al "Colorado" como un par con derecho a votar en la mesa chica del peronismo.

Un juego disuasivo similar hace Cobos sacándose fotos con De Narváez, sólo que sus gestos están dirigidos a la interna panradical. El vice no se resigna a prestar sus altos índices de aprobación ciudadana a los eternos prestidigitadores del radicalismo, y tampoco a los espasmos tácticos de Lilita. Aunque la coyuntura poselectoral parece haber alumbrado un momento de restauración de la cultura de partidos, sus caras más convocantes siguen desconfiando de que la democracia tradicional esté en vías de recuperación, por eso siguen tejiendo sus propias transversalidades relámpago al calor de las mediciones de rating. Nadie que sienta poseer votos propios desea encadenarse a la laberíntica dinámica de los partidos políticos, y Cobos no es la excepción. Y si De Narváez puede ser un buen socio para la provincia, tal vez Margarita Stolbizer pueda ser –según fantasean en sus asiduas charlas íntimas– una vice ideal para Cobos presidente, que precisa en su proyecto un poco de peronismo pero no tanto (De Narváez) y otro poco de lilismo pero no tanto (Stolbizer). Lo único que no queda claro es quién pagará el costo político y financiero de pacificar al ruralismo amotinado: tal vez sea ésa la última, amarga y paradójica misión histórica del kirchnerismo tardío.

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