Según el Indec, son alrededor de un millón los chicos de entre 15 y 24 años que no tienen ninguna ocupación. La familia, el sistema educativo, la pobreza y el desempleo son algunos de los factores determinantes.
La situación se agudiza en las clases sociales más marginales, pero el problema no distingue clases.
De acuerdo a datos del Indec, entre el 2003 y el 2012, el segmento de jóvenes que ni estudia ni trabaja incrementó en un 17% y alcanza a casi un millón de chicos de entre 15 y 24 años.
Para el sociólogo Alberto Noé esto ocurre porque hay una gran incertidumbre el torno al futuro. “Los "ni' no estudian porque no ven allí perspectivas laborales y no trabajan porque no consiguen insertarse rápidamente”, dice el profesional.
El núcleo familiar, el contexto socio-económico, los niveles de educación alcanzados previamente y las nuevas competencias en el mercado laboral, también influyen. El tema es amplísimo y puede abordarse desde distintas perspectivas.
La antropóloga María Cristina Bianchetti habla de la falta de proyectos de los jóvenes como el resultado de núcleos familiares disfuncionales. Esto, dice Bianchetti, confluye en la pérdida de metas y motivaciones de cara al futuro. La tendencia, así, es la de satisfacer las necesidades más básicas, resignando, inconcientemente, sus ambiciones.
Educación pública
Argentina corre con una suerte que no se tiene en muchos lugares: en nuestro país hay acceso gratuito a la educación, en todos sus niveles.
La realidad de los “ni” de otros países del mundo, entonces, es bien distinta. Para ellos, en muchos casos, estudiar no es una posibilidad a nivel económico.
Acá, pese a la gratuidad para acceder a una formación académica, el escenario de juego no plantea tanta igualdad de condiciones. Los sectores más marginales quedan excluidos de todas formas.
En ese sentido, Noé dice que la educación tiene que estar en consonancia con las nuevas competencias que exige el mundo del trabajo. “Educación y trabajo deben ir de la mano”, resume.
El trabajo de la generación “ni”
Patricio Galindo, gerente zonal del NOA de la agencia laboral Manpower, señala un cambio de paradigma de los jóvenes en relación al trabajo: “Estos jóvenes buscan la satisfacción a corto plazo, no temen a renunciar a grandes compañías, en las que muchos harían lo que fuera por pertenecer, para irse de viaje, por ejemplo. En las generaciones anteriores, uno hacia una carrera en una empresa, trabajaba toda la vida, ahora no”, sostiene.
Otro de los cambios que se pueden observar en la generación “ni”, dice Galindo, es que son ellos los que ponen las condiciones laborales, antes de que las compañía lo contraten.
Las empresas tienen que cambiar el sistema de incentivos, ahora el dinero no es el incentivo primordial para un joven. “Lo primero que te preguntan en una entrevista de trabajo es qué tareas de responsabilidad social realiza la empresa, si contamina o no el medio ambiente, nadie quiere trabajar es este tipo de empresas. Es muy difícil conseguir personal para las tabacaleras, por ejemplo. Buscan sentirse a gusto, que dentro de la empresa puedan capacitarse, aprender más. Y si bien en un principio cuesta que los jóvenes se comprometan, cuando lo hacen, lo hacen con todo. Está en las empresas incentivar a los jóvenes y poder encontrar los talentos”, explica.
Hoy, también hay una tendencia al trabajo por cuenta propia, estos jóvenes son más emprendedores y les cuesta trabajar en relación de dependencia.
La escolarización no influye en la obtención de un trabajo; lo que sí es primordial es la actitud de la persona y, sobre todo, la responsabilidad.
Galindo dice que hay dos realidades en estos jóvenes “ni”: uno es el que tiene que salir a trabajar sí o sí porque no le queda otra, y el otro grupo es el que vive con los padres y el trabajar no representa una necesidad. También manifestó que hay muchos trabajadores temporales y que la segunda mitad del año hay más postulantes para trabajos temporarios porque idean recaudar dinero para salir de vacaciones.
Es hora de volver a los viejos oficios
Muchos especialistas coinciden en que los oficios son una muy buena salida laboral, que puede insertar a un gran número de personas al mercado y satisfacer las demanda de otro tanto.
En la década del 90 se dejaron de enseñar los oficios y cerraron las escuelas técnicas. Tampoco se transmiten de generación a generación como en otras épocas y muchos ya dejaron de existir.
Paralelamente, la sociedad y la industria necesitan cada vez más esta mano de obra que, actualmente, no se consigue fácilmente y los pocos que hay son caros y están llenos de trabajo. Hace 4 años el municipio puso en marcha la Escuela de Artes y Oficios que tiene como objetivo “enseñarle a la gente que quiera aprender o desarrollar un oficio”, dijo Pablo Copa, director del establecimiento.
“Queremos, también, dignificar el nivel de capacitación. Volver a instalar el aprendizaje de los oficios de una manera más profesionalizada para que se pueda ofrecer un servicio de mayor calidad”, agregó.
Actualmente concurren 400 personas a los 31 talleres que se dictan en las distintas sedes de la ciudad, integradas por los CIC, centros vecinales, salones de usos múltiples y bibliotecas.
“Queremos que la perspectiva de futuro no sea acceder a un plan social, y no todos quieren y pueden acceder a las universidades. Esta, los terciarios y los oficios, garantizan el futuro, pero para eso es necesario una actitud para con el trabajo, la familia y la sociedad. Y la capacitación juega un rol fundamental”, señaló Copa.
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