A gatas, una democracia

Por Mariano Grondona

Lo que estamos viendo en esta campaña electoral confirma la impresión de que la nuestra es una democracia que, en vez de caminar, "gatea". Dicho de otro modo, que es una democracia "a gatas". La nuestra continúa siendo una democracia porque el próximo día 28 el pueblo votará de nuevo, como desde hace veinticinco años. Desde el momento en que la democracia se basa en la soberanía del pueblo, todavía podemos afirmar que tenemos un mínimo de democracia.

Pero cuán mínimo es este mínimo! ¿Qué quiere decir por lo pronto que los partidos de la oposición estén buscando casi con desesperación las decenas de miles de fiscales que necesitan para controlar las mesas donde se emitirán los votos? ¿Que allí donde faltare un fiscal, asomaría la trampa? ¿Pero qué clase de democracia es ésta en la que sólo el alerta de los fiscales promete aventar la sospecha del fraude, que no es otra cosa que un simulacro de democracia?

El anhelo de todo partido democrático debiera ser, empero, no ya "ganar" sino ganar "limpiamente". ¿Es ésto lo que busca el Gobierno? Basta enumerar los ardides a los que ha echado mano hasta ahora, desde el adelantamiento irregular de la fecha de las elecciones hasta las tristemente famosas candidaturas "testimoniales", desde la "creación" de un nuevo Narváez hasta la actuación de jueces electorales que al perseguir a candidatos opositores bordean el prevaricato como los doctores Blanco y Faggionato Márquez, desde el empleo masivo de los recursos de un Estado que debiera ser neutral en favor de las listas gubernamentales hasta el vuelco de los fondos que pertenecían al campo o a las AFJP hacia las arcas de gobernadores e intendentes con el objeto de alinearlos con el oficialismo, para llegar a la conclusión de que a Kirchner no le importa ganar "limpiamente" sino "como sea" esta carrera donde él actúa como "el caballo del comisario"

Esto que estamos viendo ¿es entonces una verdadera democracia? No y sí, al mismo tiempo. Imaginemos que, al percibir a la distancia una figura humana, nos damos cuenta de que, en vez de caminar, gatea, ¿la daremos, en tal caso, por enferma? Lo haremos si, cuando nos acercamos a ella, comprobamos que es una persona adulta. ¿Pero qué pasaría si, al acercarnos, comprobáramos que es sólo un bebe? Que entonces no le diagnosticaríamos una enfermedad quizá terminal por comprobar que su carencia, por ser temporal, deja un lugar a la esperanza. Nuestra infantil democracia, en verdad, gatea. Pero su mal no es en todo caso "terminal" sino "inicial", lo cual deja un lugar a la esperanza. Algún día, la democracia argentina madurará. Una experiencia irrefutable nos ha demostrado en todo caso que, en situaciones como ésta, hay un remedio peor aún que la enfermedad: la impaciencia.

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