Galera de purpurina

La falta de un plan cultural para la ciudad es ya un reclamo histórico. No hay estrategias a largo plazo, no hay experiencia aplicada, y parece que lo bueno siempre viene de afuera. Galera, purpurina, plumas y good show.
Mar del Plata es una ciudad compleja. Personas nacidas aquí o provenientes de distintos puntos del país habitan una aldea crecida, que se gestó mirando al norte, y pendiente de las decisiones de una capital que traía el dinero durante las vacaciones de verano. Antiguas temporadas florecientes terminaban en Semana Santa, con mucha plata dulce. El florecimiento se generaba al brindar unos servicios a cambio de dinero.

Luego el mundo cambió, y el país también. Las casas de la antigua Avenida Colón y las mansiones de la costa se convirtieron en enormes edificios con departamentos mínimos, que dieron cabida al nuevo turismo de medianos recursos: los contingentes gremiales y las familias de todo el país que llegaban buscando el ansiado fin de semana junto al mar.

Pero más allá de lo que muchos piensan, aquí hay gente que sigue viviendo aun después de que pasan los últimos calores, gente que produce y piensa. El movimiento cultural de la ciudad creció a fuerza de sudores propios, con poquísima ayuda y un puñado de vidas ligadas al empecinamiento por lograr un carnet de identidad para la producción artística local que no se diera de patadas con aquello que llegaba de Buenos Aires.

La ciudad gestó su propia cadena de salas poco pretenciosas y realistas, los centros culturales. Sin embargo, siempre estuvo en pie el costado fariseo. A medida que pasaban los años, no solamente había radios que cambiaban raudamente de programación el 31 de diciembre para poner al aire un locutor porteño: el Teatro Diagonal, emblema de acción de los viejos anarquistas locales, desitió de poner en escena la producción provincial "Sacco y Vanzetti", para aceptar una suculenta oferta de Ricardo Fort.

Todos los hombres del Intendente

En los últimos años, la identidad de la cultura local comenzó a ser un tema que cobraba fuerza en los medios, y cada vez eran más quienes reclamaban un espacio propio. Gracias a muchos trabajos silenciosos surgió el hoy Centro Cultural Osvaldo Soriano, antes simplemente Biblioteca Municipal, que durante los ‘90 funcionó como polo de irradiación de la voz local, con un público propio, y algunas inversiones oportunas que llevaron los espacios planteados originariamente como salas de conferencias, a ser salas de teatro.

En los inicios ni siquiera había boleterías. Cada grupo se hacía cargo de vender sus entradas en el mismo hall, y repartía volantes en la puerta para informar al público local y turista, de que allí había arte a gusto.

Ya en el nuevo siglo, la gestión de Marcelo Marán al frente de la Subsecretaría de Cultura -que contaba con la anuencia de los artistas locales- hizo que se generara una nueva estructura para la formación artística de los vecinos de los barrios: los Almacenes Culturales. A partir de fondos ociosos que provenían del área de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires, se gestó un plan que podía brindar formación sistemática en disciplinas artísticas a jóvenes que no habrían accedido de otra forma a una escuela clásica. Baste recordar la orquesta juvenil de cuerdas que Willy Sotelo había formado en el Barrio Centenario. O las escuelas de cine, de artesanías, de telar.

Pero como siempre sucede, pocos son los políticos que pueden dar continuidad a la gestión anterior si no pertenece a la misma estructura partidaria. Y la gestión Pulti no fue la excepción. El área de Cultura parecía que iba a estar en manos de un equipo de personas que el Ejecutivo consideraba conocedoras de cada una de las disciplinas, pero ya más de uno fruncía el ceño: la experiencia política resultaba imprescindible para sostener acciones de gran complejidad, y mantener al personal de su lado.

Carlos Rodríguez llevaría las riendas, y estarían detrás Mauricio Espil, Carlos Aletto, Marcelo Gobello y Pupeto Mastropascua. De entrada, mucha gente. Lo que aseguran los empleados municipales es que en aquel momento había un ejército de recién llegados dando órdenes superpuestas a empleados que, en algunos casos, llevan más de veinte años en instituciones oficiales. Los funcionarios pecaron de arrogancia, creyeron que alcanzaba con un nombramiento -que ni siquiera estaba firmado- para aprender de golpe. Muchos empleados se reían de los tropiezos y los comentaban en la red. Otros aprovechaban el revuelo para no hacer nada y esconder su propia ineficiencia.

La historia

Pasaron unos días, Aletto y Gobello ya estaba "freezados", destinados a funciones que nadie terminó de entender. Espil quedó luego a cargo de la biblioteca, con un cargo intraducible: Director de Coordinación. Muchas quejas de todos, pero se dice por lo bajo que nadie ayudó demasiado.

Los fondos de los Almacenes Culturales se convirtieron en una especie de botín de guerra que todos se disputaban. Los contratos de quienes daban clase allí -algo así como 40- caducaron el 31 de diciembre. Entonces, el sindicato de empleados municipales reclamó que los docentes debían pasar a planta permanente en virtud del tiempo que llevaban trabajando allí; una locura. La Provincia prometió que enviaría plata para insumos que permitan continuar el proyecto, pero que no pagaría sueldos. En medio, Vilma Baragiola dijo que nadie se podía quejar, porque ese dinero "apropiado" por Cultura, era en realidad de Desarrollo Social: ¿cual será el concepto que la diputada tiene del desarrollo social? ¿Solamente comprar zapatillas y cajas de alimentos? ¿Poner al alcance de un chico de un barrio periférico el aprendizaje de un instrumento clásico no es desarrollo social?

La catarata fue de arriba hacia abajo, de causas para consecuencias.

Espil quedó al frente de la programación estival de las salas del Soriano: se dice que el caos comenzó porque le había dicho a todo el mundo que sí, sin priorizar la grilla que realiza cualquier jefe de programación, donde se consideran los tiempos de armado y desarmado de cada espectáculo, más los turnos de los técnicos, sin los cuales la función no se hace. Trató de salir del trance contratando la sala de Centro Médico para crear una especie de anexo para los espectáculos que se le caían de la hoja. No se concretó: ningún empleado municipal pensaba trabajar un minuto más de lo que le correspondía. En eso son férreos, y acá no hay proyecto que valga.

En las últimas semanas, Liliana Paniagua -personal histórico de planta del área de Cultura, con amplia experiencia en programación- ha venido a tratar de arreglar una madeja insalvable casi a finales de enero. Pero los artistas se reunieron con el Intendente para reclamar por las condiciones de trabajo: las salas son subterráneas, no funciona el aire acondicionado, no tienen agua en los camarines, se inundan los baños, los actores se cambian chapoteando. "Parece que nos dieran las salas de favor, para conformarnos" dicen algunos, "pero nosotros, pagamos".

Es un problema de gestión, que no se soluciona mirando las lucecitas de colores de Buenos Aires. Hoy, la figura del jurado del premio Estrella de Mar, que alguna vez fue serio, es Jorge Lafauci. La gran proyección del Bicentenario que se llevará a cabo este mes sobre imágenes antiguas de Mar del Plata, está siendo procesada en capital por Esteban Sapir, un realizador experimental interesante, a partir de fotos e imágenes que aportaron los cineastas locales, que seguramente no figurarán en los créditos sino en los agradecimientos. Eso quiere decir, dentro de los que no cobran.

Cada vez que se habla de tercerizar, en realidad se ha contratado a alguien de Buenos Aires para hacer una tarea que bien podrían hacer especialistas locales, si les pagaran por hacerla. Si recurren a trabajadores locales sólo cuando se desempeñan ad honorem, nunca accederán los verdaderamente profesionalizados que pueden competir en primera línea. Pero para la gestión municipal, que se regocija en amontonar espectáculos sin criterio ni selección aun cuando predica algo bien distinto, el artista local no merece siquiera el respeto de un baño aseado. Promedia enero, saltan las térmicas, y hay mucha galera con purpurina.

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