Un gabinete de premios Nobel

El presidente electo de EEUU prometió una "nueva era de innovación" y armó un equipo de investigadores consagrados para su gobierno.
La obamamanía pega duro también en ciencias. Desde que en septiembre pasado el ahora presidente electo de Estados Unidos Barack Obama reveló en un texto de once páginas su intención (y promesa) de liderar “una nueva era de innovación científica”, se ganó el apoyo de 61 premios Nobel y del resto de una comunidad activa de físicos, biólogos y otros especialistas hasta ahora menospreciada e ignorada por la Casa Blanca.

Lo siguen en una especie de romance sostenido, que volvió a cuajar desde la semana pasada cuando Obama incluyó en su futuro Gabinete a un equipo estelar de celebridades científicas, de aquellas escuchadas y reverenciadas en congresos y convenciones. Como asesor personal del futuro presidente y director de la Oficina de Ciencia y Tecnología (aquella creada después de que la Unión Soviética lanzara al espacio el primer satélite artificial, el “Sputnik”, hace 51 años), estará el físico de Harvard John Holdren. Por su parte, la bióloga Jane Lubchenco dirigirá la Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera y el Nobel de Física Steven Chu será secretario de Energía, mientras que el genetista Eric Lander y el Nobel de Medicina Harold Varmus completan el tag team.

Para cualquier persona ajena a la escena científica, estos nombres tal vez suenen lejanos, como si pertenecieran a actores de reparto de una película desconocida. Sin embargo, son figuras de peso. Es más, si se tiene en cuenta el campo de acción de cada uno de ellos, se advertirá la nueva dirección que tomará la política científica de Estados Unidos y, por transitoriedad y tradición, del mundo: Holdren, Lubchenco y Chu son expertos en cambio climático y, en clara oposición a los científicos pro-Bush, creen que el calentamiento global responde a acciones muy humanas y, por ende, que algo hay que hacer al respecto.

Varmus y Lander, por su parte, abogan por las investigaciones con células madre, estudios clave para la búsqueda de posibles curas para enfermedades degenerativas, hasta ahora paralizadas por los fundamentalistas religiosos del gobierno de George W., quien, curiosamente, eligió a su equipo científico recién ocho meses después de asumir la presidencia.

Aunque quizás las promesas y las esperanzas infladas luego terminen por estrellarse contra la realidad, lo cierto es que el recambio presidencial auspicia desde el vamos nuevos aires para la ciencia, incluida como nunca en discursos y presentaciones públicas.

En un país en el que el 50% de los científicos se confiesan demócratas y 14% republicanos, los anuncios realizados entusiasmaron fuera y dentro de la web. Obama –el primer presidente negro pero también el primer mandatario verde– comunicó la intención de aumentar el presupuesto de investigación básica, fomentar los programas de la NASA para volver a la Luna en 2020, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y, para disgusto de Sarah Palin, colocar la teoría de la evolución por encima de la teoría pseudocientífica del diseño inteligente.

Hace unos meses, el superacelerador europeo, el LHC, dejó en ridículo a la física norteamericana. Al tanto o no del asunto, Obama lo registró en un discurso: “Es hora de que volvamos a hacer que las ciencias sean una prioridad en nuestra agenda y trabajemos para restaurar la posición hegemónica de Estados Unidos –encomendó–. Se trata de escuchar lo que nuestros científicos tienen que decir, aun cuando sea inconveniente; especialmente, cuando sea inconveniente”.

Manual de física y ciencias duras para presidentes primerizos

Entre los libros que tal vez lleguen a las manos Obama apenas desembarque en la Casa Blanca, seguramente estará Física para futuros presidentes, del científico Richard Muller. Según el autor, Obama debería conocer las diferencia entre fisión y fusión nuclear, el poder energético de los combustibles, el impacto de la tecnología sobre el clima y, obviamente, no confundir “clima” con “tiempo meteorológico”.

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